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Localjueves, 19 de febrero de 2026

La mujer de blanco que ronda el bulevar de Tapachula

Entre el bullicio nocturno del bulevar y la soledad de la carretera, persiste la leyenda de la mujer de blanco, que sube a los vehículos y desaparece sin dejar rastro

Carlos Mejía

En una ciudad donde el calor aprieta incluso de noche y el ruido de los motores nunca se apaga del todo, hay historias que se cuentan en voz baja, como si nombrarlas pudiera invocarlas.

Una de ellas es la de la mujer de blanco que aparece —dicen— sobre el bulevar, a la altura de donde hoy se encuentra Soriana, y que desde hace años inquieta a taxistas, traileros y trasnochadores.

Algunos aseguraban que hacía la parada con la mano; otros, que simplemente aparecía de pronto en el asiento trasero al voltear por el retrovisor.

La versión más repetida habla de un hombre que la invitó a tomar unas copas en un bar que acababa de abrir sus puertas en la zona. Conversaron, pidieron bebidas y, según el testimonio, ella se levantó con naturalidad para ir al baño.

—“Ahorita regreso”— habría dicho.

Pero no volvió.

Intrigado por la demora, el hombre pidió apoyo al personal del establecimiento. Revisaron los sanitarios, tocaron puertas, preguntaron a los guardias apostados en la única salida. Nadie la vio salir. No había otra puerta. No había explicación.

La silla donde ella había estado permanecía intacta, como si jamás hubiera sido ocupada.

A partir de entonces, los relatos comenzaron a multiplicarse. Conductores del turno nocturno relatan encuentros similares. La mujer aparece sobre la carretera, especialmente en tramos poco iluminados.

Al detenerse, la ven claramente: tez pálida, cabello oscuro, vestido largo que se mueve apenas con la brisa cálida del Soconusco. Suben al vehículo. Conversan. Algunos dicen que habla poco; otros, que sonríe con una cortesía antigua.

Pero al mirar por el retrovisor, en algún punto del trayecto, el asiento trasero ya está vacío.

Pidió que la llevara hacia la zona del Panteón Jardín, por una calle larga y casi desierta. El conductor recordó que, contrario a lo que imaginaba, el ambiente no era lúgubre; había un aroma suave, casi agradable.

Al llegar, ella descendió con calma. Él intentó seguirla con la mirada por el espejo retrovisor. No vio hacia dónde se dirigió. No había casas cercanas, ni portones abiertos, ni recovecos donde pudiera ocultarse en segundos. Solo la calle recta y silenciosa.

Lo único tangible que quedó fue el pago: un billete nuevo, inusualmente terso, que el conductor describió como “de seda”. Aquella noche no continuó trabajando. El miedo lo acompañó hasta su casa.

Antes de descender, deja un anillo como garantía de que el conductor la visite algún día. Cuando el trailero regresa, curioso, a la dirección indicada, una familia lo recibe con desconcierto. Reconocen el anillo. Lo conducen a una fotografía de boda colgada en la sala.

Es ella.

Pero murió hace dos años, precisamente en el sitio donde él la recogió.

Algunos más la integran al catálogo de leyendas urbanas que definen la identidad de la ciudad.

Y mientras el tránsito fluye frente a las vitrinas iluminadas y el bullicio comercial intenta borrar el pasado, la mujer de blanco sigue caminando —al menos en la memoria colectiva— por ese tramo del bulevar.

Nadie ha podido comprobar su existencia. Nadie ha logrado fotografiarla.

Pero en una ciudad donde el calor y la bruma nocturna distorsionan las luces, basta un reflejo en el retrovisor para que el corazón se acelere.

Porque en Tapachula, dicen, hay presencias que no necesitan ser vistas dos veces para quedarse para siempre.

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