Los últimos guardianes de la noche: el oficio del velador se extingue en Tapachula
La falta de reconocimiento oficial, la inseguridad, el desgaste físico y la escasa retribución están llevando a su desaparición
La falta de reconocimiento oficial, la inseguridad, el desgaste físico y la escasa retribución están llevando a su desaparición

Miguel Rojas
Mientras la ciudad duerme, hay quienes pedalean entre sombras, silbato en boca, machete en mano y una linterna como única aliada. Son los veladores, esos guardianes anónimos de la madrugada que durante décadas protegieron hogares y comercios.
Hoy, su figura se desvanece como la niebla al amanecer. En una ciudad de más de 350 mil habitantes, apenas sobreviven unos 150. La falta de reconocimiento oficial, la inseguridad, el desgaste físico y la escasa retribución están llevando a la desaparición de uno de los oficios más antiguos y valientes de Tapachula.
Mauricio Rivadeneira, de 64 años, es uno de esos resistentes. Desde hace 12 años recorre en bicicleta la Central Norte y sus alrededores, vigilando con más vocación que herramientas: un par de radios, un tolete, gas pimienta, y un machete que guarda como último recurso.
“No tenemos patrullas que nos respalden. Cuando llamamos, dicen que ese sector no les corresponde. Estamos solos”, relata. Su rutina inicia a las 10 de la noche y termina a las 6 de la mañana, cuando la ciudad comienza a despertar y él vuelve a casa, donde la vida sigue con sus propias exigencias.
“Tengo conmigo dos radios, uno de ellos con la frecuencia de Servicios Auxiliares y de Emergencia (SAE), ya que también ocupamos tener comunicación con los demás compañeros. La gente se encuentra muy alegre con mi servicio, lastimosamente no tenemos ese apoyo de inmediato con las patrullas”, recalcó.
Ha cumplido con tiempo en forma sus actividades, y reconocido por los mismos locatarios por ser responsable, sobre todo que también ha participado en ayuda en accidentes e incendios.

Por medio de una amistad logró saber que en un punto de la Central Norte y 15ª Poniente requerían de un “velador”, aquella persona que protege las cosas de valor de otros, principalmente el ingreso de casas habitación o de locales. Después procedió a llevar su documentación a la base de Seguridad Pública municipal, en donde lo aceptaron.
“La gente se da cuenta que nuestra labor no es nada fácil y a la vez corremos peligro. Hace tiempo tuvo a mi madre enferma, derivado de un cáncer en la zona del pecho. Con lo poco que ganaba, pero con la ayuda de todos, logramos apoyar”.
El trabajo del velador no está regulado. No hay contratos, prestaciones ni seguridad social. Muchos, como don Mauricio, sobreviven gracias a las cooperaciones voluntarias de vecinos que valoran su servicio. Gana alrededor de 1,400 pesos a la semana, y en diciembre, si bien le va, recibe una despensa de agradecimiento.
“Ni uniforme nos dan. A veces los mismos vecinos me regalan algo: una chamarra, botas, una lámpara. Esto lo hacemos por necesidad, pero también por amor al barrio”, cuenta.
Otro rostro de esta historia es Fernando Ancheita, de 56 años, quien patrulla en motocicleta las colonias 5 de Febrero y Galaxias. Es conocido por su característico silbido, un sonido que los vecinos identifican como sinónimo de seguridad.
“Una vez me enfrenté a un ladrón con cuchillo. Terminé con una herida, pero si no actúas tú, ¿quién?”, dice con resignación. Él también se unió al gremio porque, debido a su edad, ya no lo contrataban en ninguna empresa. Hoy, sobrevive con lo que le den los colonos, sin tarifa fija.
“Te comento que yo solo tengo mi silbato y un tolete, no tengo más armas para poder enfrentarlos y lo más triste es que cuando se llama al número de emergencias 911 tarda demasiado para poder llegar el apoyo de los policías, me ha tocado esperar un par de horas”, dijo.

El perfil del velador está marcado por la edad, el desgaste físico y la falta de oportunidades. Ya no hay jóvenes que quieran continuar este legado. No hay relevo generacional. No hay incentivos.
“Cada día somos menos. Muchos se han ido por el miedo, por el frío, por las noches sin comer. Este trabajo ya nadie lo quiere”, dice don Mauricio con tristeza.
La extinción de los veladores no solo significa la pérdida de un oficio, sino también la desaparición de un símbolo de confianza comunitaria, de cercanía vecinal, de protección sin burocracia.
Desde hace años, los veladores de Tapachula piden lo mínimo: apoyo institucional, uniformes, botas, impermeables, radios, y sobre todo, respeto. Pero sus voces aún no alcanzan los oídos del poder.
Mientras tanto, siguen ahí, en la oscuridad, con sus silbatos, su valentía, y la esperanza de que alguien —además de los ladrones— sepa que aún existen.