Sabores del éxodo: cocinas migrantes en riesgo de desaparecer en Tapachula
Los restaurantes de comida africana, haitiana, cubana y venezolana en Tapachula enfrentan una fuerte caída en ventas ante el descenso del flujo migratorio
Las mujeres pudieron, entrevistarse y convivir con cada uno de los internos, con el objetivo de identificar si entre ellos se encontraba algún familiar
Familiares firmaron un contrato y realizaron los pagos correspondientes a la mensualidad de 2 mil pesos, así como otros insumos solicitados por el establecimiento
La baja afluencia de migrantes afecta negocios / Manuel Núñez / Diario del Sur
En una ciudad marcada por el paso constante de personas migrantes, las cocinas internacionales emergieron como un reflejo del tránsito humano. Platos de origen haitiano, africano, cubano o venezolano formaban parte del panorama urbano, instalados en locales cercanos a clínicas, estaciones o plazas. Hoy, esa diversidad gastronómica empieza a desvanecerse.
El flujo migratorio que antes sostenía estos negocios se ha reducido drásticamente. Las políticas de contención, los cambios en la movilidad y el endurecimiento en las rutas han afectado directamente a quienes vieron en la cocina una forma de subsistir.
En Tapachula, la comunidad haitiana ha sido una de las más activas en términos de emprendimiento. Según Islugardo Escobar, directora de Relaciones Internacionales y Desarrollo Transfronterizo del Ayuntamiento, Haití encabeza las estadísticas de solicitudes de refugio. Desde esa oficina se han atendido a más de 15 mil personas, de las cuales 9 mil son haitianas.
Escobar menciona que muchos migrantes han abierto pequeños negocios como restaurantes, talleres de serigrafía o peluquerías, pese a las barreras del idioma o los trámites legales. “Atendemos semanalmente a unas 1,500 personas, de las cuales 600 suelen ser haitianas. Una parte importante de ellas busca integrarse mediante el autoempleo”, detalla.
Disminución del flujo migratorio ha impactado severamente a los pequeños negocios impulsados por personas migrantes / Manuel Núñez / Diario del Sur
La oferta gastronómica, sin embargo, ha sido una de las más golpeadas por la baja afluencia de migrantes. Una mujer mexicana, quien junto a su esposo africano administra un restaurante de comida típica, describe la situación actual: “Teníamos buena venta hasta enero, después todo bajó. Ahora solo hacemos una decena de comidas por día. Llegamos a vender hasta 80”.
Los platillos, como la sopa de maní o el arroz con sardina, ya no tienen la demanda de antes. El restaurante, ubicado frente a una clínica, solía atender a migrantes que esperaban atención médica. Hoy, la mayoría de las sillas están vacías.
“Las fronteras se cerraron y ya no entra gente africana. Las ventas bajaron un 90%. Solo queda una empleada. Antes teníamos más chicas trabajando. Nos está afectando mucho. Pensamos cerrar”, cuenta la mujer.
En otros casos, los migrantes han optado por diversificar sus oficios. Etienne, originario de Haití, dejó atrás su profesión de profesor de informática para abrir un taller de serigrafía. Con conocimientos adquiridos durante su tránsito por Brasil, Chile y Perú, montó su negocio en México: Grafitec Servicio.
La sopa de maní y otros platillos migrantes desaparecen, reflejo de un cambio en la movilidad humana / Manuel Núñez / Diario del Sur
“Aprendí a diseñar tazas y camisetas. Trabajo desde mi casa y tengo apoyo de amigos haitianos y mexicanos. Es difícil mantenerse solo, pero sigo con el proyecto”, relata Etienne. Lleva cinco años separado de su familia, pero ha decidido no continuar hacia Estados Unidos y establecerse en México.
La realidad que enfrentan estos negocios refleja una adaptación forzada. Algunos migrantes siguen luchando por mantenerse en pie, cambiando de rubro o apostando por nuevas habilidades. La serigrafía, el diseño, la peluquería o los oficios manuales se presentan como alternativas frente a una economía que ya no depende de comensales en tránsito.
Las autoridades locales buscan tender puentes de apoyo. En las oficinas municipales, se ofrece orientación legal, vinculación con albergues y, cuando es posible, acceso a oportunidades laborales. Sin embargo, la incertidumbre sobre el flujo migratorio y las políticas migratorias persiste.
Mientras tanto, en los barrios de Tapachula, los aromas de la sopa de maní o del arroz con plátano van quedando atrás. La presencia de estas cocinas fue una señal visible de la movilidad humana. Su posible desaparición, un indicador silencioso de cómo cambia el paisaje migrante en la frontera sur de México.