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Aquella su imagen recogiendo libros, uno a uno, y después los pequeños cuadros que adornaban el salón de clase de quinto de primaria, ha permanecido para siempre en mi memoria. Eso sucedía de vez en vez, cuando su histrionismo natural abordaba el problema de los excesos de aquellos niños que apenas habían vivido una década y miraban el mundo como un juego.
Mostraba su enojo como si estuviera sobre el escenario de frente a Santa Rosa de Viterbo, donde, también una década atrás, había sido copartícipe del nacimiento de un grupo teatral que marcaría a una comunidad entera. Resaltaba la falta de conducta de los jovencísimos alumnos, regañaba en voz alta, sostenía que aquella situación era ya insoportable y que se iba; recogía los libros del pequeño estante junto al escritorio, y luego los cuadros, almacenándolos en una pila, para luego cargarlos rumbo a la salida, siempre a la espera de un grito de disculpa por parte de los niños, ya para entonces muy callados por el susto.
Aquella mañana, acaso de marzo de 1968, fue Jiménez - “Chime”, le decíamos- quien alcanzó con su súplica a Ignacio Frías y Godoy cuando ya estaba en el pasillo. “Perdónenos, maestro”. Y el profesor regresó, aún con la recriminación en los labios, sosteniendo que un perdón de nada valía si las cosas siguieran igual, y mientras su perorata continuaba, volvía a colocar, con parsimonia, los libros y los cuadros en su lugar. Después, como si nada hubiera pasado, ordenaba: “Abran sus libros en la página 26”.
No son aquellas muestras de teatralidad las únicas que recuerdo del gran Nacho Frías, a quien le caracterizaba unas barbas puntiagudas que le merecían el apodo con el que sus alumnos lo habían rebautizado: “el chivo”. También lo recuerdo vívidamente en las inmediaciones de las canchas de básquet, en donde, entre dos frondosos árboles, se descubría una barra de hierro. Igualmente, de vez en vez, Frías se despojaba de su viejo saco oscuro, se arremangaba la camisa blanca y trepaba a la barra haciendo en ella una serie de rutinas de equilibrio dignas de los gimnastas que tomarían parte, unos meses después, en las olimpiadas celebradas en México. Por qué hacía aquello y qué lo motivaba a escoger el momento para realizarlo, es un misterio nunca desentrañado por mí.
Frías y Godoy tenía también una práctica, un gusto personal, que rayaba en la tortura para con sus alumnos. Esperaba la llegada de los sudorosos y cansados niños tras el segundo recreo -el más largo de los dos que el día tenía-, en donde habían corrido incansablemente tras una pelota; sacaba de la caja llena de coca colas que mantenía en el salón una botella y se dedicaba, por minutos, a beber aquel líquido negro, con placer manifiesto, frente a los ojos de una audiencia con la garganta seca.
Nuestro maestro de quinto de primaria, que también lo había sido de segundo, tenía igualmente un vicio al que daba rienda suelta durante el día, en tiempos en los que otras eran las costumbres sociales: fumaba incansablemente aquellos cigarros baratos que llevaban el nombre de “Faros”.
Treinta años después lo volvería a encontrar cuando me nombraron titular de la institución cultural del Estado y él era director del Museo Histórico de la Sierra Gorda; es decir, la vida me convirtió, así y sin más, en el jefe de mi maestro de primaria. Por entonces era ya un hombre cansado; mantenía su barba, aunque ya cana, al estilo del Siglo de Oro español, pero su salud no era, ni remotamente, la ideal. Una mañana se presentó en mi oficina y me pidió que lo ayudara a jubilarse. Algunos años después, no demasiados, murió.
No sé porqué cada quince de mayo recuerdo aquella su tos característica, admiro la capacidad histriónica de sus eternas despedidas, extraño sus piruetas sobre una barra entre dos árboles, me pregunto sobre el sabor de los “Faritos”, y añoro beber, a pico de botella, una Coca Cola fría.