Representantes del transporte de carga señalaron que no hay condiciones para instalar la infraestructura y pidieron reforzar vigilancia y coordinación vial.
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Encadenados de pies y manos, todos con cubrebocas, llevados como un rebaño de ovejas hasta las entrañas de algún avión militar; atrapados como si fueran ratas, sacados de sus casas sin compasión. Algunos irán a parar a Guantánamo, porque serán considerados delincuentes peligrosos en juicios más sumarísimos que los franquistas de la postguerra española.
Las imágenes me llegan, justamente, en los alrededores de la muerte de mi hermana América, quien a los cinco años cruzó la enorme frontera del Atlántico acompañada de unos padres que pensaron que aquí, en estas tierras de América, como su mismo nombre, encontrarían una vida mejor. Y entonces, por eso, por el contexto, las imágenes se tornan más dolorosas, incomprensibles y absurdas.
El absurdo, sin embargo, no es privativo de este lado del mundo, pues ejemplos de él, de la incomprensión humana, llegan a extremos como para pensar, y ejecutar, la construcción de campos de concentración fuera de las fronteras propias. De Estados Unidos a Venezuela, de Rusia a Argentina, pasando por Italia, el mundo vive una de sus peores crisis de humanidad y sentido común.
La foto famosa aquella de un niño de bruces en una playa, que tanta conmoción causó en su momento, parece haberse olvidado en las alas de un tiempo que vuela sin memoria y sin corazón. La imagen de las familias que se reencuentran entre barrotes, apenas con la posibilidad de tocarse las manos y verse los ojos en el límite entre la tierra del pesar y la de la esperanza, es apenas un momento para rellenar los noticieros televisivos y pronto pasará de moda.
Y, por supuesto, aquí, en estos lares donde tantas familias sufren la ignominia de su origen, no estamos exentos de lo mismo, de casi idénticas demostraciones de odio y maldad, que van desde la vileza de encerrar y dejar morir calcinados a un grupo de migrantes, hasta el trato despectivo, indiferente a la necesidad de los extranjeros que, vaya que me consta, practican algunos servidores públicos (es un decir) del Instituto Nacional de Migración.
El mundo, y como digo, no somos la excepción, vive una calamidad humanitaria inusitada y cruel, y todos algo tenemos que hacer al respecto antes de que nos digan, o nos convenzan, porque también se da el caso, de que el encadenarnos de pies y manos, cazarnos como ratas o mantenernos en campos de concentración de altísi-mos muros, es por el bien de los buenos de la historia.