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Eran las tres de la tarde con cincuenta minutos del 20 de diciembre de 1903 cuando el amplio bigote blanco de don Porfirio asomó por la puerta del vagón del tren presidencial. Fue entonces cuando se escucharon las salvas de artillería y las campanas de la ciudad, todas, replicaron a fiesta. Era una multitud la que esperaba al mandatario; las damas agitando sus pañuelos blancos y los hombres, todos con la cabeza despojada de cualquier sombrero, lanzando vítores.
El día anterior había quedado listo un arco de madera de estilo romano, revestido artísticamente, que la empresa del Ferrocarril Central había construido por el acontecimiento. No era el único instalado en los alrededores: a la entrada de la Calzada de Colón, en el lado poniente de la Alameda, había otro de grandes dimensiones, y en la conclusión de la vía, otro adornado de canastillas de vara, elaboradas por artesanos de Tequisquiapan. Más adelante, a la atura de La Academia, estaba el mandado construir por los queretanos residentes en la capital del país, que estaba revestido de musgo, camelias y gardenias, y ya casi frente a Santa Clara, uno más, que contenía símbolos patrios.
La ciudad entera era una fiesta, y los balcones y las calles estaban profusamente adornadas con festones y mástiles coronados con gallardetes con los colores nacionales. Los vecinos por donde pasaría don Porfirio, entre confeti y flores, hasta los aposentos que se le habían acondicionado en el Palacio de Gobierno, en lo que hoy es Madero 70, habían competido, ¿y cómo no?, por atraer la mirada del líder de la nación.
Aquella visita de don Porfirio fue especialmente festiva. Apenas había llegado a su residencia temporal, ya se verificaba un desfile de tropas, y tras él, el traslado del presidente y su copiosa comitiva para visitar el Hospital Civil y el Hospicio Vergara, y luego su visita al jardín Zenea para ser homenajeado con una gran serenata amenizada por la banda del regimiento de infantería número 14.
No sería lo único que el presidente tuviera que disfrutar (o tolerar, a saber) aquel día, pues éste estuvo rematado por un banquete con menú en francés, otorgado por el gobernador, don Francisco González de Cosío, en un salón del Palacio de Gobierno, coronado con sendos bustos de tamaño natural de don Porfirio y su esposa, doña Carmen Romero Rubio. Ahí sí sólo cupo la más pulcra crema y nata de la sociedad queretana.
Al día siguiente, un tanto desvelado, el presidente visitó por la mañana el claustro de San Agustín, hoy magnífico Museo de Arte; el edificio de La Academia, en la esquina de las actuales calles de Madero e Independencia; el convento de La Cruz, el Colegio Civil (hoy U.A.Q.), donde fue homenajeado por estudiantes y maestros, y fue a parar hasta la fábrica textil El Hércules, visita de la que, seguramente, procede la tan conocida fotografía que muestra a don Porfirio atravesando el patio de la bella construcción. Ahí fue donde, por primera vez y quizá única, el presidente tomó la palabra para augurar un futuro industrial para Querétaro. Después regresaría a comer hasta el Palacio de Gobierno, donde por cierto también se había mudado el gobernador del Estado y su esposa, por aquello de que había que darle un trato cercano al primer mandatario nacional.
Por la tarde, un desfile épico recorrió las calles queretanas con la participación de unos nueve mil integrantes, entre trabajadores de diversas empresas e industrias, funcionarios de los municipios y niños, entre otros personajes de la cotidianidad. Varios fueron también los carros alegóricos y las orquestas que acompañaron la marcha.
Por la noche llevaron a don Porfirio hasta el Teatro Iturbide, también debidamente adornado para la ocasión, donde se organizó una kermesse con puestos de flores, dulces, licores, carnes frías, perfumes y hasta juguetes japoneses. No podía faltar, desde luego, otro busto del presidente, adornando aún más el adornado inmueble.
Aquellos dos días quedaron marcados imborrablemente entre los recuerdos de los queretanos que los vivieron. Acaso se resumen en aquellas palabras expresadas por un pequeño, transformado en el personaje de “la patria” durante el desfile, aludiendo a la fecha de nacimiento del jefe de estado: “Fecha venturosa, surgida en los anales de México, como surge del iris la idea de la esperanza; ella significa la del nacimiento de un héroe, el principio de la redención nacional”.