Análisissábado, 22 de febrero de 2025
En una hora y media, Donald Trump logró lo que a Vladimir Putin le ha tomado años: debilitar la unidad de Occidente frente a la invasión rusa en Ucrania. Con una llamada, el presidente estadounidense ha dejado claro que su visión del conflicto dista mucho de la política que Washington ha sostenido hasta ahora, posicionándose a sí mismo como el único intermediario capaz de solucionar una guerra que parece no tener fin.
Más allá del revuelo que causaron sus palabras en Washington y Bruselas, la realidad es que esta llamada es el síntoma de un cambio mayor en el equilibrio global. Durante los últimos tres años, la estrategia occidental hacia la guerra ha sido clara: aislamiento de Rusia a través de sanciones, así como apoyo financiero y militar a Kiev. Al tiempo que la Unión Europea fue más allá al conceder a Ucrania el estatus de candidato a la adhesión, un movimiento que reforzó el vínculo entre el bloque y el país en guerra. Pero ahora, tras una simple conversación telefónica, la posición estadounidense parece tambalearse.
Lo anterior, toda vez que si algo ha quedado claro con este episodio es que Europa está cada vez más sola en la defensa del orden que había construido con Estados Unidos. Mientras el Reino Unido, Alemania y Francia discuten cómo redefinir su postura frente a la guerra, Trump demuestra que Washington ya no está dispuesto a seguir el guión. El problema, sin embargo, es que Kiev no ha sido incluida en las conversaciones para poner fin a la guerra en Ucrania.
La historia ha demostrado que lograr la paz sin la participación de los involucrados rara vez ha tenido éxito. Desde los Acuerdos de Múnich, cuando se decidió el destino de Checoslovaquia sin su participación, hasta las negociaciones de Dayton en la guerra de los Balcanes, la exclusión de los actores principales suele conducir a soluciones inestables. En estos casos la paz fue efímera, y las consecuencias de esos acuerdos se siguen pagando en la actualidad.
En ese marco, hoy, los líderes europeos advierten lo mismo: sin Ucrania en la mesa, cualquier acuerdo será endeble y servirá más a los intereses de Moscú que a la estabilidad del continente. En ese sentido, es evidente que el nuevo panorama estadounidense no sólo afecta la estructura de su propio gobierno, sino que también está redibujando el tablero global. Y aunque la respuesta de Europa ha sido inmediata, su capacidad de presión es limitada, más aún con una OTAN cada vez más dependiente de la voluntad política de Washington y un Trump con tintes pro-rusos.
En definitiva, el precio de la paz se está convirtiendo en un dilema cada vez más complejo, donde las decisiones tomadas sin la participación de los actores clave no sólo son arriesgadas, sino que podrían perpetuar el conflicto bajo términos que no garanticen una solución duradera. De modo que si algo ha quedado claro en este proceso es que el futuro de Ucrania no sólo depende de su lucha en el campo de batalla, sino también de su presencia en las mesas de negociación; pues sin ésta, la paz no sólo será incierta, sino insostenible.
¿O será la paz lo que no nos define?