Zoon politikón / ¿Cómo le explicas a un niño por qué no tuvo clases el lunes?
No es una duda pedagógica, es una pregunta política. Ese lunes no hubo lluvia, ni temblor, ni falla eléctrica: hubo miedo.
Miedo suficiente para que el Gobierno ordenara cerrar escuelas en varios estados del país, después de la captura y muerte del criminal más buscado de México.
Lo inquietante no es solo el tamaño de la amenaza, sino la facilidad con la que aceptamos que el Estado suspenda el derecho más cotidiano, ir a la escuela, porque ya no puede garantizar el camino entre la casa y el salón.
El problema nace cuando esa renuncia parcial se nos presenta como ejemplo de buena gobernanza, cuando empezamos a ver como virtud lo que en realidad es confesión de impotencia.
Ahí empieza la normalización. Aplaudimos la suspensión de clases como si fuera una decisión heroica, casi un gesto de cuidado maternal del gobierno hacia sus ciudadanos.
Pero en el fondo hay algo torcido: estamos celebrando que el Estado, en lugar de garantizar condiciones para ejercer una libertad, opta por cancelarla temporalmente.
El riesgo no es teórico. Si hoy aceptamos sin rubor que se cierre la escuela por un operativo; mañana, ¿qué más estaremos dispuestos a conceder?
Manifestaciones pospuestas “por posibles enfrentamientos”, elecciones locales reprogramadas “por no haber condiciones de seguridad”, reuniones públicas desalentadas para “evitar riesgos”.

















