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La historia de la política está plagada de promesas espectaculares, de discursos vibrantes que ofrecen soluciones instantáneas a problemas complejos, de líderes que se presentan como salvadores providenciales, capaces de enderezar el rumbo de una nación con una sola idea revolucionaria. Y, sin embargo, la realidad siempre se encarga de recordar que si algo suena demasiado bueno para ser verdad, no es cierto. Javier Milei, el presidente argentino que construyó su imagen sobre la demolición del statu quo, ha aprendido esta lección de la peor manera posible: envuelto en un escándalo de criptomonedas que ha costado millones a miles de personas. Su aval implícito a la moneda $LIBRA, que en cuestión de horas pasó de la euforia a la ruina, expone un problema más profundo que va más allá del colapso de un activo digital. Es el reflejo de una irresponsabilidad política que, en la era de la inmediatez, puede causar estragos con un solo tuit.
Milei no es el primero ni será el último político que subestima el peso de sus palabras. En un mundo donde los mercados financieros se mueven al ritmo de las declaraciones de los líderes, la línea entre la influencia y la manipulación es cada vez más delgada. Lo que Milei vendió –o “difundió”, como él mismo intentó matizar cuando la crisis explotó– no era solo una criptomoneda, sino una idea seductora: que cualquier ciudadano podía desafiar el sistema financiero tradicional y multiplicar su dinero en un abrir y cerrar de ojos. La realidad, como suele suceder, se encargó de desmentirlo con brutalidad.
El presidente argentino, que ha hecho de la desregulación su bandera, parece haber olvidado que la confianza en los mercados no se construye con discursos incendiarios ni con el puro entusiasmo libertario. Se necesita responsabilidad, se necesita rigor, se necesita, sobre todo, entender que hay decisiones que no pueden tomarse con la ligereza con la que se lanza una opinión en redes sociales. ¿Cuántos de los que invirtieron en $LIBRA lo hicieron no por la solidez del proyecto, sino porque creyeron en la palabra de un presidente? La respuesta está en los miles de afectados que hoy exigen explicaciones, en las denuncias que han llegado hasta el FBI, en la sombra de un juicio político que empieza a asomar en el horizonte.
La política, en su mejor versión, es el arte de gobernar con responsabilidad. Pero en su peor versión, es la capacidad de hacer que la gente crea en espejismos, de construir ilusiones con material inflamable y luego lavarse las manos cuando todo arde. Milei ha construido su carrera sobre la ruptura de paradigmas, sobre la idea de que todo lo establecido está podrido y debe ser destruido. Pero incluso en el caos, la responsabilidad no es opcional. No puede escudarse en la falacia de que los inversores debían saber a lo que se metían, del mismo modo en que un piloto no puede culpar a sus pasajeros por no prever la tormenta en la que él mismo los metió. Un presidente no es un comentarista de la realidad, es un actor que la moldea con cada una de sus decisiones. Y cuando esas decisiones afectan el patrimonio de miles, la rendición de cuentas es ineludible.
En política, como en los mercados, la confianza es un bien escaso y frágil. Se tarda años en construirla y segundos en destruirla. Milei no solo ha erosionado la credibilidad de su gobierno, sino que ha dado un golpe de gracia a la ya golpeada confianza en las criptomonedas, un sector que de por sí carga con un historial de fraudes y desplomes espectaculares. Su mensaje implícito era claro: si yo lo menciono, vale la pena. Pero la realidad, implacable, demuestra que un político no puede jugar a ser influencer sin asumir las consecuencias de su influencia.
El escándalo de $LIBRA no es solo un episodio más en la volátil historia de las criptomonedas, es una advertencia sobre los riesgos de la política irresponsable. En tiempos donde la velocidad de la información supera a la capacidad de reflexión, los líderes tienen una obligación aún mayor de medir sus palabras y sus actos. No todo lo que brilla es oro, y no toda promesa de riqueza instantánea es legítima. La historia nos ha enseñado que cuando algo parece demasiado bueno para ser verdad, casi siempre es una trampa. El problema es que, cuando es un presidente quien ayuda a tender la trampa, las consecuencias son incalculables.