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En cada escuela hay un bully. No es solo el más grande ni el más fuerte, sino el que ha aprendido a jugar con el miedo de los demás. No necesita golpear a todos, basta con que uno se doblegue para que el resto entienda quién manda. Su estrategia es simple: amenaza, esperas, cedes, y él te mantiene en su cancha, donde las reglas siempre le favorecen. Estados Unidos, con Donald Trump de regreso en escena, sigue aplicando esa lógica, y México está en la mira.
Colombia ya pasó por ahí. Gustavo Petro intentó desafiar el orden impuesto y se negó a recibir vuelos de migrantes deportados desde Estados Unidos. ¿La respuesta del bully? Aranceles del 25% y un golpe directo a la economía colombiana. Petro aguantó unos días, pero al final no tuvo opción: ofreció el avión presidencial para traer a los deportados y Trump levantó el castigo. La lección quedó clara: no hay margen para dudar, o cedes rápido, o lo pagas caro.
Ahora, Trump está repitiendo la jugada con México y Canadá. Esta vez, la amenaza fueron aranceles del 25% a todas las importaciones si no se hacía algo “urgente” sobre el tráfico de drogas y la migración. Y, como en la escuela, los compañeros se movieron rápido para evitar el golpe: 10,000 tropas mexicanas y 10,000 canadienses fueron desplegadas en sus respectivas fronteras para calmar al bully. ¿Resultado? Trump reculó y pospuso los aranceles por 30 días. Pero el mensaje ya está sobre la mesa: él impone la agenda, él dicta los términos, él decide cuándo y cómo termina la crisis.
Y ahí está la trampa. No es solo el castigo, sino el control. Si le juegas a desafiar al bully, te mete en su cancha y te obliga a responderle bajo sus reglas. La presión de Trump obligó a Sheinbaum y a Trudeau a reaccionar, a moverse según sus exigencias. No hubo negociación, no hubo un plan alternativo, solo una respuesta directa a su amenaza. Y aquí es donde México debe preocuparse: si cada decisión importante depende de lo que dice Washington, estamos condenados a jugar siempre bajo sus condiciones.
Este no es un tema nuevo. Ya pasó en 2019, cuando Trump amenazó con aranceles si México no frenaba la migración. En menos de dos semanas, desplegamos la Guardia Nacional en la frontera sur y nos convertimos en su muro de facto. Trump retiró la amenaza, pero dejó en claro que podía usar el mismo método cuantas veces quisiera. Ahora lo hizo con Colombia, lo hizo con México y Canadá, y si le funciona, lo hará de nuevo.
La gran pregunta es: ¿cómo salimos de su cancha? Porque si cada vez que Trump amenaza, corremos a resolverle el problema, nunca dejaremos de ser su jugador suplente. Y la única forma de evitarlo es adelantándonos, no esperando el castigo para reaccionar. México necesita autonomía real en sus decisiones, lo que implica diversificar su comercio, fortalecer su economía interna, combatir con firmeza el crimen organizado y, sobre todo, aprender a negociar sin esperar hasta que la soga esté en el cuello.
El bully no deja de serlo porque un día se aburra. Deja de tener poder cuando los demás dejan de necesitar su aprobación. Si seguimos reaccionando a sus amenazas en lugar de construir una estrategia propia, Trump –o cualquier otro presidente estadounidense– seguirá manejando nuestra política con un simple tweet. Y en el patio escolar de la geopolítica, el que siempre cede, nunca deja de ser el sparring, el saco donde el bully se desestreza.