Mi papá es un lobo es tu tercer libro, pero el primero de cuentos publicado formalmente. ¿Qué lo hace distinto?
Lo que puede hacerlo diferente creo que tiene que ver con mi madurez emocional. La verdad es que los cuentos como tal son una recopilación de varios textos que he escrito alrededor de unos 12 años y que he ido depurando, corrigiendo y editando, y que creo que encontraron un nivel de maduración personal que a mí me agrada.
También les permití descansar lo suficiente para que, al final, cuando vieran el mundo, pudiera sentirme satisfecho con su escritura y con su proceso emocional, porque creo que es un libro muy emocional en sus historias.
El título del libro es muy potente. ¿De dónde surge Mi papá es un lobo?
El título viene de un cuento del libro que lleva el mismo nombre y está muy vinculado al epígrafe, el cual está basado en una película de Mamoru Hosoda llamada Los niños lobo.
A mí me gusta mucho el animé y la cultura japonesa, y Hosoda es un director con el que conecto profundamente porque habla de la familia, de lo fantástico y de lo extraño. Los niños lobo es mi película favorita de él, y Mi papá es un lobo funciona como un homenaje, como un espejo con esa obra.
¿Hay elementos autobiográficos en estos cuentos?
Creo que a eso me refería cuando hablaba de cierta madurez: he aprendido a transitar mejor mis emociones y a trasladarlas también a la literatura y a la narrativa. Por eso hay muchas cosas mías en estos textos.
De entrada, la mayoría de los cuentos hablan sobre la familia, los vínculos con la madre, la figura del padre ausente y la importancia de la hermana, figuras que son fundamentales en mi vida.
Mi madre, mi hermana, mi abuela, mi abuelo y, por supuesto, la figura de mi padre ausente aparecen en varios de estos cuentos. Es una presencia que nunca se va; curiosamente, el padre ausente es una figura que permanece.
En el cuento que da nombre al libro, ¿qué representa esa búsqueda?
El cuento trata de un niño que le pregunta a su mamá quién es su papá y ella le dice que su papá es un hombre lobo. El niño piensa que, si su papá no está con ellos, es porque ha decidido no ser un hombre y quedarse como lobo, y entonces inicia una búsqueda.
En esa búsqueda encuentra a un lobo que decide cuidarlo y paternarlo. Esto tiene mucho que ver con partes de mi infancia, con preguntarme qué era tener un padre y cómo era una familia tradicional, cuestiones que con el tiempo también he ido remidiendo.
No tener un padre en mi familia como tal me permitió conocer otros modelos de familia que valoro mucho: las familias no normativas. Yo me crié con mis abuelos, con mi madre y con mi hermana , y con otras formas de entender los vínculos.
Creo mucho en la idea de que la familia no son solo las personas con las que compartimos vínculos sanguíneos, sino las personas que elegimos como familia. Justamente en Mi papá es un lobo, el niño, en su búsqueda, encuentra a un lobo que quiere paternarlo, que quiere cuidarlo, y él elige que sea su padre.
Este ejercicio de entender una figura ausente, cuya ausencia permite otros modelos de vida, es algo que quise plasmar en este libro y en los cuentos que seleccioné.
En casi todos los cuentos aparece un animal como protagonista, ¿por qué?
Bueno, a mí de entrada me gustan mucho los animalitos. Me encantan los gatos, los perros; todos los animales me parecen seres maravillosos, preciosos.
La verdad es que hubiera preferido ser veterinario antes que terminar escribiendo, pero me daba mucho miedo que les pasara algo a los animales en mis manos, así que no me animé a entrar al mundo de la medicina animal.
Además de ese amor por los animales, creo que esto también tiene que ver con mis referentes de la infancia. Soy un niño que creció viendo televisión, y muchos de los protagonistas de las películas de Disney o de las películas animadas eran animales. Todo eso hace que los animales estén muy presentes en mi vida.
Esto se vincula con la necesidad de que haya algún animal o alguna personificación animalística habitando los cuentos. Además, la idea del bestiario sigue siendo una tradición bastante fuerte en la narrativa mexicana: ya sea a través de criaturas fantásticas, animales marinos o animales domésticos.
Creo que el enriquecimiento de estas figuras permite desarrollar diferentes visiones de nuestro mundo, y por eso me gusta utilizar animales que puedan interactuar con nosotros, que puedan hablar, porque para mí, obviamente, los animales tienen sentimientos.
En cuentos como Las culebras de mamá abordas la violencia desde la mirada de un niño. ¿Fue intencional?
No fue algo pensado directamente desde una intencionalidad concreta, pero creo que es un tema que roza mucho todo lo que sucede en nuestras vidas y en el país. Hace un tiempo hablaba con un amigo que escribió una novela sobre un lago y, en algún momento, alguien dijo que estaba buscando hacer ecoliteratura. Él respondió que no: que mientras escribía alrededor del lago aparecieron de manera natural cuestiones relacionadas con el ecosistema y su cuidado, pero que no era una idea principal. Son cosas que, cuando uno está escribiendo, suceden alrededor.
Algo similar ocurre con el cuento de Las culebras de mamá. Te mentiría si dijera que buscaba directamente abordar una situación específica. Lo que quería era hablar desde la visión de un niño sobre la violencia que vive y cómo la percibe en su realidad.
Muchas de las cosas que aparecen en esa violencia que observa el niño —la muerte de su madre, la violencia del padre, el abandono, el alcoholismo— son temas que están cerca cuando se piensa o se habla de violencia en nuestro país. Estaban en el camino y, de manera natural, fueron alimentando la construcción del cuento.
El libro tiene muchas voces distintas. ¿Es un reflejo del tiempo en que se escribió?
Estamos hablando de un periodo que va más o menos del 2000 al 2012. En ese contexto (con Las culebras de mamá, el más antiguo), yo estaba iniciando mis ejercicios de escritura y, de alguna forma, emulaba ciertos temas y cierta prosa de muchos escritores mexicanos que estaba leyendo en ese momento. El cuento se alimenta mucho de El llano en llamas, de Juan Rulfo, y aborda, indudablemente, las violencias que existen alrededor de México y de ciertas personas.
Con el tiempo fui teniendo otras ideas y moviéndome más hacia el absurdo, lo especulativo y, tal vez, la ironía.
Hubo varios momentos en mi vida y distintos experimentos de lectura y escritura que me permitieron desarrollar estos cuentos. Los campeones no se precipitan es un texto que se acerca mucho a la tradición del cuento mexicano y lo escribí alrededor de 2015. Un hombre simple se aproxima más a la literatura norteamericana que estaba leyendo en ese momento y lo escribí por ahí de 2017.
Las abejas de Ozymandias lo escribí en 2019 y está más relacionado con la idea del encierro, en un contexto cercano a la pandemia, a partir de una situación de ataques de abejas asesinas, que dialoga con la experiencia de la cuarentena por el Covid-19.
Todos estos textos reflejan los distintos momentos de lectura y escritura a lo largo de esos doce años, con influencias principalmente de la literatura mexicana, estadounidense y japonesa.