Tú encontraste muy rápido esta pasión. Tenías apenas ocho años. ¿Qué estabas viviendo en ese momento cuando dijiste: “Yo quiero ser payaso”?
Tuve la suerte de que mi papá era un gran artista, de los mejores en su género. Trabajaba en los mejores circos, así que yo veía a los mejores payasos de la época. ¿Me entiendes? Yo disfrutaba muchísimo. A veces estábamos todos los niños jugando afuera de la carpa, pero apenas escuchaba la música de los payasos, salía corriendo para verlos. Estaba completamente fascinado por su poder.
¿El poder de hacer reír?
El poder positivo. Porque el poder puede ser positivo o negativo. Y este era un poder que algunas personas tienen para entretener a los demás, para regalarles una sonrisa, una carcajada, o incluso emocionarlos hasta las lágrimas. En mis espectáculos, la gente también se emociona. Y eso era lo que más me llamaba la atención.
¿Y tú también hacías reír desde niño?
Siempre fui muy alegre, y eso me llevaba a hacer reír a todos mis compañeros. Tenía muchas ocurrencias. Pero eso también me trajo problemas en la escuela. La frase que más escuché en ese tiempo fue: “Lo que hiciste fue muy divertido, pero ahora tienes que salir del salón”. Me la pasaba en los pasillos.
Los primeros días, el director venía y me preguntaba: “¿Qué hace usted aquí, Larible? ¿Qué pasó?”. Yo le contaba lo que había hecho y empezaba a reírse. Trataba de disimular, pero se reía. Luego ya llegaba directamente al pasillo y me decía: “Oye, ¿qué hiciste hoy?”. Le contaba, se reía y se iba contento.
Todos me querían. ¿Sabes por qué? Porque mis chistes nunca eran ofensivos. Nunca hice bullying, nunca me burlé de nadie. Ni de un gordito, ni de un flaco, ni de un bajito. Nada. Siempre chistes sanos, blancos, limpios. Y así sigo hasta hoy.
Hacer reír no es fácil…
No, no es fácil. Es más fácil hacer llorar. Si tú haces una película en la que una niña pobre pierde a su madre, la gente llora. Da igual si los actores son buenos o malos, la gente llora. Pero hacerlos reír de verdad… reír hasta las lágrimas, eso es mucho más difícil.
Yo siempre digo que la risa es lo único que nos diferencia de los animales. Porque al final, también somos animales. Tenemos los mismos instintos: comer, beber, hacer el amor, ir al baño. Pero reír… eso no lo pueden hacer los animales.
David, ¿y a ti qué te hace reír?
Muchas cosas. Me río fácil. Me gustan las películas viejas, el teatro, ver a algún buen comediante. Muchos piensan: “Ay, David debe ser difícil de hacer reír, pobre del payaso que actúe frente a él”. Pero no, al contrario, yo me río y disfruto mucho. No soy complicado.
¿Tienes algún payaso favorito en México?
No conozco mucho la escena aquí, pero cuando estaba en México, solía ver a uno que era completamente distinto a mí. Yo era el Polo Sur y él, el Polo Norte. Totalmente opuestos, pero me hacía reír muchísimo. Se llamaba Polo Polo.
En tus shows es clave la participación del público, romper la cuarta pared. ¿Cómo surgió esa idea?
Fui el primer payaso en hacerlo, en 1981. Me inspiré en un mimo que vi en la calle, él interactuaba con el público y dije: “¡Qué padre! Esto hay que llevarlo al circo y hacerlo como payaso”.
Al principio los productores se oponían. Me decían: “David, el público pagó un boleto, no puedes molestarlos”. Pero el éxito fue tan grande, que hoy no existe un payaso que no lo haga. Ser el primero me hace sentir muy bien.
¿Y qué cambió en el circo con eso?
Cambió la manera de hacer circo, entedieron que los tiempos habían cambiado por que a la gente le gusta la interactividad. No quieren ser solo espectadores. Quieren participar, cantar, aplaudir. Por ejemplo, hago un número con campanitas, y dependiendo del país cambio la canción. Aquí en México puse Cielito lindo… y de repente ¡todo el circo está cantando! Es hermoso.
Has viajado por todo el mundo y hablas varios idiomas. ¿Cómo los aprendiste?
Hablo seis idiomas como hablo el español. Los aprendí viajando. Desde pequeño viajaba con mi papá. Aprendí español en España, alemán en Alemania, francés en Francia. Nunca los estudié. Me gusta mucho la gente, y creo que eso me ayudó a acercarme aún más al público.
En Querétaro, después de la pandemia, vimos que mucha gente volvió al teatro como una forma de “desintoxicarse” de las pantallas. ¿Pasó lo mismo con el circo?
Sí. Antes, al final de la función, la gente te decía: “Lo felicito, es usted increíble”. Ahora te dicen: “Gracias”. Y eso dice mucho.
La pandemia nos enseñó –a quienes quisimos aprender– que lo material se puede perder en un segundo: tu trabajo, tus cosas. Pero tus emociones, tus sentimientos, tu cabeza… eso es lo único que no puedes perder.
¿Cambió algo en tus shows después de la pandemia?
No, no mucho. Yo sigo actuando siempre. Algunos me dicen: “Tómate un año sabático”. Pero no puedo. Si me tomo un año, el público me saca ventaja. Yo crezco junto con el público, noche tras noche. El humor también cambia.
¿Cómo cambia el humor?
El humor es diferente para cada persona. Lo que te hace reír a ti, tal vez no le causa gracia a otra persona. Incluso dentro del mismo país, cambia de ciudad a ciudad. Aquí, una función el jueves por la noche no es igual a la del sábado por la tarde. Cada público es distinto. Tu deber como artista es adaptarte. Siempre lo digo: cuando entras en la pista, tienes 100% posibilidad de fallar y ni una excusa.
¿Qué nos hace reír a los mexicanos?
Al mexicano le gusta lo simple. Y lo simple es lo más difícil de hacer. En la simplicidad está la dificultad. El público mexicano es muy noble.
Estás de regreso en México con este circo, después de muchos años. ¿Cómo se dio este reencuentro?
Hace 14 años que no venía. Y estoy aquí por una razón muy bonita. Los dueños de este circo eran unos niños cuando los conocí. Yo era muy amigo de su mamá, Eva, una mujer maravillosa. Trabajábamos con los espectaculares Fuentes Gasca, en Buenavista, y ella estaba ahí porque el dueño era su papá. Un día ella me dijo: “David, prométeme algo. Si algún día tengo mi propio circo, uno bonito y grande, ¿vendrías a trabajar con nosotros?”. Le dije: “Te lo prometo”. Y estoy cumpliendo mi promesa.
¿Cómo has sentido al público en estos días?
Muy bien. Muy prendido. Me sorprende, porque casi todas las noches tengo standing ovation. Y me dijeron que eso no es común en México. Que la gente se levante de su asiento por un acto… no pasa todos los días. Por eso digo que México es mi segunda patria. Lo adoro.