Historias peregrinas | Del brazo de su padre al paso de su hijo: una vida marcada por la peregrinación al Tepeyac
A los cinco años, su papá lo cargaba para cruzar los arroyos; hoy, con 40, hace el recorrido completo y transmite a su hijo de 17 años la misma herencia que recibió.
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Aunque su padre ya no peregrina, lo espera en casa y llora cuando lo ve volver. / Foto: Iraís Sánchez / Diario de Querétaro
Édgar Zea Uribe camina hacia la Basílica por el camino que le enseñó su padre, quien lo cargaba en brazos cuando tenía cinco años; hoy, con 40, vuelve a recorrerlo como parte de la herencia que recibió, mientras su papá (que ya no peregrina) lo espera en casa y llora al verlo llegar.
Zea Uribe forma parte del decanato Nuestra Señora de Guadalupe, que agrupa a comunidades de Pedro Escobedo, principalmente, así como de El Marqués y San Juan del Río. Inicio su participación en la peregrinación en 1989.
En esa fecha, con cinco años de edad, su padre lo llevó por primera vez. Caminó junto a él hasta 1996, cuando por motivos de escuela y trabajo dejó de asistir. Regresó en 2012 cuando logró establecerse en un empleo y retomar el trayecto que aprendió de niño.
“Mi padre me enseñó el camino, mis hermanos no quisieron, yo seguí viniendo, es la herencia que nos dejó. Primero te llegan los recuerdos cuando te llevaba alzado al pasar un arroyo en la Cañada o te despertaban con la lámpara de pila a las 3 de la mañana”, explicó.
Desde entonces, cada año hace el recorrido completo. Ahora su padre ya no camina con él, pero lo espera en casa. Al llegar, dice Édgar, lo recibe con lágrimas por haber cumplido otro año más.
Édgar ahora ha replicado esa relación con su propio hijo, quien ha caminado junto a él durante los últimos ochos años. Tiene 17 años de edad. En la actual edición de la peregrinación, repitieron la ruta. Padre e hijo han compartido las caminatas, los descansos, las madrugadas y las jornadas bajo el sol, igual que lo hizo Édgar con su padre. “No vengo por una manda, pero me gusta caminar y pedirle gracias a la virgen por todo el año que nos da, las ganas de vivir”, dijo. “Tengo un hijo, viene mi único hombre. Él tiene 8 años viniendo, tiene 17 años. Ahora me toca a mí, lo bueno que le agradó, le gustó este caminar, se siente bien”.
La transmisión generacional del peregrinar es parte de la práctica para muchas familias queretanas. Algunos adultos que hoy forman parte de los contingentesiniciaron cuando eran niños, cargados por sus padres o acompañados de otros familiares mayores. Otros han regresado después de años de ausencia para reintegrarse con sus hijos a una costumbre que les fue mostrada desde pequeños.
“Hasta el más valiente se le salen las lágrimas, recuerdas tu infancia, tu peregrinar, es inexplicable”, comentó Zea. Su padre, aunque ya no camina, revive el trayecto cada año a través del regreso de su hijo, quien conserva las rutas, las memorias y la experiencia compartida. El vínculo se sostiene a través de los pasos repetidos, los descansos a la intemperie y la llegada a la Basílica.