Posadas de antaño: arrullo de la nostalgia
El día 16 de diciembre comienzan las celebraciones y en el Querétaro antiguo las celebridad comenzaba con villancicos, faroles y la ilusión de la llegada del Niño Dios
Tamara Medina
El ritual de nueve días
La calle que le tocaba el privilegio de ser anfitriona se inundaba de alegría para dividirse en dos coros: el de “afuera” (los peregrinos) y el de “adentro” (los anfitriones).
“En nombre del cielo, os pido posada, pues no puede andar mi esposa amada…”
La voz de los vecinos, creaba un ambiente de profunda solemnidad. Tras la negativa inicial y la súplica final, las puertas se abrían de par en par, simbolizando el acogimiento. La alegría era palpable.
Acto seguido, venía la algarabía. El patio central o la vecindad se iluminaban con cientos de lucecitas y risas. Los cohetes de vara anunciaban a todo el barrio que la posada había sido concedida, y la música se apoderaba de la noche.
El plato fuerte para los niños, y el clímax de la noche, era la piñata. No eran figuras de personajes de moda, sino las clásicas estrellas de siete picos, cada uno representando un pecado capital a vencer.
La “bola” que se hacía en el suelo para recoger la fruta era una hermosa anarquía que terminaba con las bolsas repletas y los rostros felices.
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“Aquí en el barrio (La Cruz) se ponían bien bonitas (…) las mejores eran las de 16 de Septiembre, las de Tres Guerras, porque los vecinos eran bien jaladores”, recuerda José Becerra.




























