Francisco llegó en un momento crucial y desconocido para la Iglesia, que no había escuchado -en los tiempos actuales- de la renuncia de un pontífice. El Papa que, en detalles muy simples, quiso enseñarnos a volver a lo esencial ya al salir al balcón con zapatos negros y pidiendo la oración de su Iglesia.
El Papa que insistió que nos encontramos en una emergencia evangelizadora y que hoy es preciso evangelizar desde el gozo, con alegría misionera, involucrándonos, “primereando”, festejando y saliendo al encuentro de todos con la certeza que llevamos un mensaje que nos llena de alegría y que tiene la capacidad de transformar el mundo y todas las realidades sociales.
El Papa de la familia y de los jóvenes, que puso su mirada en las situaciones que viven las familias de todos los tiempos y llamó siempre a vivir la alegría del amor en el hogar. Insistió, tanto como pudo, en el amor agradecido por los mayores, en el cuidado y atención de los abuelos y en el respeto por la sabiduría que los años les han dado. Ha sido el Papa que ha dedicado un documento a los jóvenes, mostrándoles que Cristo siempre es joven y que Él es el centro de toda la vida, el que renueva nuestra juventud.
Francisco ha sido el Papa que ha hecho un llamado lleno de ímpetu para el cuidado de la casa común, a ser responsables del cuidado de la tierra que Dios nos ha concedido, haciendo compromisos serios y dedicados para reducir la contaminación y la dura cuota que debe asumir el mundo con el descuido de todos.
Nos ha recordado que la santidad no está en poses, adornos ni erudiciones, que hay santos incluso en “la puerta de al lado”, y que todos estamos llamados a vivir con emoción el sueño grandioso que Dios tiene con nuestras vidas.
Francisco nos ha recordado que la misericordia es un antídoto que puede calmar el mal que hay en el mundo, que la misericordia nos permite parecernos a Jesús, el rostro de la misericordia. Ha sido el Papa de la paz. Con un llamado incansable por la paz, con acciones y emisarios que siempre estuvieron en los lugares azotados por la locura de la guerra, el Papa cercano a los que sufrían en tantos sitios golpeados por la absurda violencia que envenena el alma.
Murió el Papa de la Sinodalidad, que ha luchado enfático contra el clericalismo y todas las formas malolientes de gobierno autoritario al interior de la Iglesia. Murió dejándonos el gozo del año de la esperanza, para que todos crezcamos como peregrinos de esperanza.
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