El amor es ciego; la ley, no
Ejemplos rápidos, si una pareja decide casarse, pues lo hará porque a partir de ese momento, se desea compartir todo, la vida entera y hasta el final de los días; entonces, cómo le dices a tu futura esposa que no estás de acuerdo en que se casen por sociedad conyugal.
Si la respuesta rompería el corazón de la amada, o terminaría con las ilusiones del depósito absoluto del amor, y la confianza en ser dueños de lo mismo y hasta donde tope.
Si tienes un amigo de la infancia, de esos de toda la vida, y alguna vez, presionado por algún apuro, se compromete en un negocio o en una deuda y te pide que seas su aval, ¡pues como le dices que no!
Máxime si eres su mejor cuate, la única persona con que cuenta y además pues no te va a quedar mal. Pues de ese tipo de historias están llenos los juzgados de lo familiar y de lo mercantil, bueno, peor aún, también de lo penal.
Es verdad, todas las relaciones de avales por lo menos, están delineadas por la misma guía, el amor o la amistad sincera. Y no se concibe sociedad conyugal, sin amor genuino.
Recién casados y construyen el domicilio conyugal en la casa de los suegros (tierra ajena), por qué no prever que en caso de alguna desavenencia pasará lo del sembrador que pierde hasta la semilla.
O se “juntan” sin casarse, la suerte les sonríe; y al comenzar a adquirir bienes, se decide que sea uno de ellos, el titular del derecho en la escritura. Total, ¿qué puede salir mal?
Al cabo de un tiempo, el que carece de principios o valores, voltea la espalda y dice, “lo mío es mío, y lo tuyo es tuyo”, ¡oh, gran decepción! Y vaya pleito.
Acceder a la justicia hoy es igual de difícil que hace setenta años. Tampoco se trata de no creer en el amor, en la amistad, o en la justicia, porque las tres existen, me consta.
Si lo mismo da con papel, que sin papel, ¡pues mejor con papel! De lo contrario piérdele el amor a tu dinero, a tu esfuerzo y a tu certeza jurídica.
El amor y la amistad, si son sinceros, deben brindarnos la apertura para hablar de lo que sea con generosidad y entereza, hasta de los dineros; no lo olvide, el amor es ciego, pero la ley, no.
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