La bandera que ondea por edificios y plazas en este México, recuerda que somos una tierra amable, fraterna y de arraigadas tradiciones. Es la bella síntesis que expresa la grandeza de nuestra historia, los rostros y escenarios tan emblemáticos, así es como inspira en nosotros el anhelo de soñar con una patria que dé la cara firme y se defienda del extraño enemigo, siempre y en cada nueva ocasión de conquista.
Con el verde nos hace tomar conciencia que nuestra tierra se muestra generosa. Que es la esperanza que se abre a nuestras manos. Nuestro suelo es pródigo, nos abraza, nos sostiene y nos alimenta. Nos ofrece los frutos verdes y nobles que alimentan y nutren a los hijos de este pueblo. Y no solo a los propios, sino que esta es una tierra tan amable que alimenta incluso a quienes están fuera de ella.
Con el blanco nos recuerda que estamos llamados a hacer germinar la paz en cada una de las esferas y calles de esta gran nación. Esa paz por la que han dado su vida los celebérrimos personajes de nuestra historia. Esa paz que se construye con la colaboración de todos y con el consistente esfuerzo de cada uno. Haciendo fondo y contraste con el Escudo Nacional que nos permite sintonizar con la fundación de esta nación.
Con el rojo nos hace valorar la sangre de quienes nos han precedido en este suelo y se han mostrado como verdaderos ciudadanos, que no amando tanto su vida han preferido la muerte con tal de defender la soberanía de esta tierra. La ofrenda de tantos mártires que ha fecundado esta tierra. Celebrar el día de la bandera nacional es ocasión de agradecer a Dios las proezas que ha hecho con nosotros, bajo el amparo amoroso de la Virgen de Guadalupe.