Esta semana, el próximo 19 de marzo, será la estimadísima fiesta de san José. Que goza de tanto aprecio y estima tanto en las comunidades, así como en la devoción particular. José es uno de los personajes de la Historia de la Salvación que apenas y es presentado en la Sagrada Escritura. Y, por si fuera poco, se le muestra como el hombre que tiene dudas. No alcanza a comprender el plan de Dios.
Sin embargo, el mérito de san José está en que, en su humanidad se abrió a la divinidad, él tenía sus pensamientos, sus dudas, sus inquietudes, pero dejó que sus dudas se bañaran de la Palabra de Dios. No dejó que sus dudas lo consumieran y le arrebataran en discursos o en huidas, en abandono, o en enojos callados que consumen por dentro. Es el hombre del silencio. De la contemplación. Un contemplativo, un místico que se deja conducir por Dios, en medio de las dudas propias de la vida, en favor de su familia, y desde luego, de la humanidad.
Él enseña que el verdadero activismo está en dejar que Dios lo haga todo, que sea según su voluntad. En dejarlo a Él ser Dios y colaborar con lo que Él mismo ha dado, para que siga derramando su amor en el mundo. Lo mejor que podemos hacer es permitirle Dios que los haga.
José enseña a soñar, a tener esperanzas, deseos, motivaciones, ilusiones. En su sueño muestra que no hay razón alguna para el temor. “No temas José”, fue lo que él escuchó de Dios (cfr. Mt 1,20) los sueños hacen vencer la terrible enfermedad del miedo que paraliza.
Estos sueños ponen en marcha, no detienen a decir o planear, no entretienen. Él escuchó la voz del Padre que le dijo “levántate, vete a Egipto” (cfr. Mt 2,13). Los sueños hacen volver, permiten regresar. Dios conduce. Dios quiere levantar, no ha soñado con sus hijos recostados, tirados, postrados, enfermos. José escuchó que Dios lo levantó y le llamó a volver: “Levántate y vuelve a la región de Israel” (cfr. Mt 2,19). Ese es el gran testimonio que en él se ofrece, un hombre bueno, que dejó que Dios lo condujera según su voluntad. Celebrar a san José, es reconocer su humilde disposición a dejar que Dios lo condujera, es reconocer su entera disposición y su discreta colaboración con el plan de Dios.