Por eso marchamos
Para ser franca, no recuerdo cuándo fue la primera vez que asistí a una marcha del 8 de marzo. Seguramente fue en Xalapa, capital de Veracruz. Lo que sí recuerdo es la Marcha nocturna por la defensa de los Derechos Humanos de las Mujeres.
La organizamos en 2009 cuando Fidel Herrera Beltrán, gobernador de aquella época, quería reformar el artículo cuarto de la Constitución local para otorgar derechos desde el momento de la “concepción” hasta la “muerte natural”.
De entonces a la fecha hemos marchado más veces de las que podemos recordar. Por nuestros derechos hemos salido a las calles, de nuestro monedero hemos puesto los recursos con los que contamos para las mantas, las cartulinas, los altavoces y lo que haga falta.
Hemos puesto la garganta para gritar. Las más chavas siguen brincando porque si no te conviertes en macho o en facho. Espero que en 2025 las rodillas y los tobillos no me traicionen. Ya me tocará fingir el salto.
Al pasar por la calle Clavijero, justo frente a Radio Universidad Veracruzana, hicieron un alto. El contingente paró y muchas de ellas, empuñando martillos y otro tipo de herramientas parecidas, comenzaron a romper la puerta de la radiodifusora universitaria.
Quedé en shock. No era la única docente de esa Casa de Estudios que acompañaba al contingente, pero ninguna de nosotras supo qué hacer. La escena fue transmitida en vivo a través de las redes sociales de medios noticiosos que daban cobertura a la movilización.
Una gran lona impedía que se enfocara a las jóvenes, pero como había que cuestionar y señalar a alguien se enfocaron en las caras y los nombres de las docentes que alcanzaron a reconocer: ¿cómo era posible que nosotras les permitiéramos hacer eso? Se preguntaban.
*Coordinadora del Observatorio Universitario de Violencias contra las Mujeres. Universidad Veracruzana
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