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La situación actual del mundo exige una gran transformación de la educación para reparar las injusticias del pasado y mejorar nuestra capacidad de actuar juntos por un futuro más sostenible y justo. Debemos garantizar el derecho al aprendizaje a lo largo de toda la vida, proporcionando a todos los alumnos -de todas las edades y en todos los contextos- los conocimientos y las competencias que necesitan para desarrollar todo su potencial y vivir con dignidad.
La educación ya no puede limitarse a un único periodo de la vida. Todo el mundo, empezando por las personas más marginadas y desfavorecidas de nuestras sociedades, debe tener derecho a oportunidades de aprendizaje a lo largo de toda la vida, tanto para el empleo como para la acción personal. Un nuevo contrato social para la educación debe unirnos en torno a los esfuerzos colectivos y proporcionar el conocimiento y la innovación necesarios para dar forma a un mundo mejor arraigado en la justicia social, económica y medioambiental, expone la UNESCO.
Juan Pablo Roldan de la Universidad del Norte. Santo Tomás de Aquino expresa que “La educación en la actualidad se encuentra condicionada por un pesado lastre cultural que influye de alguna forma en todos sus actores (padres, autoridades educativas, docentes, alumnos). Se trata de una concepción del cambio y del tiempo de tipo “progresista”: todo debe cambiar, porque el cambio es sinónimo de calidad, mientras que la permanencia es estancamiento.
Esta mentalidad, encarnada en nuestro país en las últimas décadas en la sucesión de reformas educativas, alcanza resultados opuestos a los esperados: descenso de nivel educativo, indiferencia generalizada respecto de la educación, desprestigio de los educadores. Se produce así una especie de dialéctica excluyente entre progreso y conservación, que es indispensable trascender”.
Los cambios en educación son, en consecuencia, inevitables y necesarios. El problema radica, entonces, en cómo se perciben, cómo se aceptan y cómo adquieren significado real y objetivo para los agentes que deben propiciarse, o, por el contrario, cómo muchas veces se quedan en meros pseudo-cambios o cambios aparentes que no benefician en nada a las instituciones o a las personas.
Para implementar los procesos de cambio, es menester que quienes tengan el poder de fomentar y liderar el cambio pudieran entre otros fines: Construir una visión, una perspectiva y una prospectiva, con el fin de hallar un para qué y un cómo de los cambios. Planear evolutivamente, combinando la iniciativa, tanto de las autoridades educativas, como de los maestros, alumnos y padres de familia, siguiendo un plan y fomentando un ambiente de riesgo calculado. Ejercer liderazgo que apoye a las personas para que actúen e interactúen en direcciones específicas, mediante la comunicación constante y el trabajo conjunto, a fin de lograr lo que nos proponemos. Capacitar al personal y brindarle asistencia mediante recursos para aprender nuevas formas de pensar y actuar, y permitir que las personas desarrollen nuevas habilidades, conocimientos y actitudes.
“La implementación –dicen Fullan & Stiegelbauer– ya sea voluntaria o impuesta, no es más que un proceso de aprendizaje de algo nuevo. Y una base de aprendizaje nuevo es la interacción” propone “En los cambios educativos y su significado real” José Duván Marín Gallego.
En el caso concreto de México y la Nueva Escuela Mexicana (nuevo modelo educativo propuesto por la SEP) Manuel Gil Antón de El Colegio de México en “Los límites del cambio en educación” especifica que la experiencia humana advierte que, en la vida misma, y en los procesos sociales y naturales que procura comprender o explicar, hay una tensión constante entre lo que se modifica y lo que se conserva.
Una manera genial de dar cuenta de esta intrincada relación, la ofrece el lingüista Ferdinand de Saussure: “Lo que domina en toda alteración, es la persistencia de la materia vieja: la infidelidad al pasado es sólo relativa”. Cambiar es complicado. “Estas consideraciones, en apariencia tan abstractas o lejanas a las políticas y la actividad educativa, juegan un papel crucial y cotidiano. Es propio del ejercicio del poder en general, y de quienes lo detentan en el campo educativo, enunciar proyectos de cambio: palabras como reforma, transformación, o el cada vez más frecuente empleo del verbo innovar, dan cuenta de ello”.
No es baladí, más bien es necesario, que, al ocupar un alto cargo en la gestión pública, un grupo que comparte una cosmovisión se proponga cambiar las cosas. Pero tampoco está de más, es imprescindible, que considere que no basta tener buenas razones para ello, habida cuenta de la dificultad que toda persona enfrenta para hacer o pensar de otro modo lo que ha concebido o realizado durante años, y no se diga si a este escollo natural se añadiera una actitud de resistencia al sentido de la mutación.
Continúa Gil Antón: Aún sin oposición a lo que se proponga transformar, tiene razón el sabio: la infidelidad al pasado es sólo relativa. Hay algo parecido a la inercia en la acción social: se nutre de las costumbres, las tradiciones, lo que seguro sucederá porque así ha sido antes y sabemos movernos, y qué esperar, dentro de los márgenes de determinada convención: no se logra el cambio sin entender que se actúa en el denso terreno de las concepciones, de las ideas consolidadas, más difíciles de mover que los elementos materiales. Quien no comprenda las bases en que descansa la orientación de un modo de actuar que requiere ser modificado, está destinado a fracasar o, si acaso, logrará que parezca que ocurrió la transformación sin que realmente suceda.
Por ejemplo, comenta, Jorge Zenteno en Educando Diferente: Uno de los mayores errores que la Nueva Escuela Mexicana ha cometido es minimizar la importancia de las competencias docentes en el éxito del nuevo currículo. El desconcierto docente ante el Aprendizaje Basado en Proyectos ABP se da porque es un enfoque que requiere que el maestro adopte un rol de facilitador, lo cual suena bien en teoría, pero en la práctica, es un desafío monumental. El ABP implica que los estudiantes trabajen en proyectos complejos, que requieren investigación, análisis crítico y colaboración. El maestro ya no es la fuente de conocimiento, sino el guía que orienta a los estudiantes en su proceso de aprendizaje.
Esto suena transformador, pero si el maestro no tiene las herramientas ni la formación adecuada para facilitar este tipo de enseñanza, el resultado será el habitual. Y eso es exactamente lo que ha sucedido en la mayor parte de las escuelas. El error de la NEM ha sido suponer que todos los maestros podrían adaptarse fácilmente a este nuevo rol sin haberles proporcionado una formación adecuada. Las competencias necesarias para facilitar el ABP, como el manejo de técnicas de investigación, análisis del contexto escolar, habilidades tecnológicas y estrategias de evaluación formativa, no son algo que todos los docentes hayan adquirido en su formación inicial.
“Por eso el cambio social, salvo en situaciones límite, es gradual, y si es impulsado por el poder, no podrá ocurrir sin estudiar y comprender los cimientos en que descansa aquello que intenta que se lleve a cabo de otra manera. Son esas raíces, esas columnas estructurales las que es preciso considerar para abrir la avenida por donde transite otro curso de acción”.