Héctor Mendoza ha demostrado su vocación talabartera más de 70 años elaborando arte con piel
Actualmente es un adulto que elabora productos de piel más como un pasatiempo, y solamente vende bajo pedido previo de sus clientes.
Laura Cruz
Su formación fue completamente artesanal, aprendió en talleres rudimentarios, sin maquinaria profesional, lo que lo llevó a desarrollar técnicas propias y a imprimir su sello distintivo en cada pieza.
A lo largo de los años, ha perfeccionado su arte con dedicación y sensibilidad, convirtiendo cada trabajo en una muestra de maestría y tradición.
Héctor comenzó ganando un sueldo como empleado de 5 pesos a la semana, luego, pero una vez que se sintió listo para independizarse, pudo obtener mejores ganancias, llegó a comprar máquinas nuevas y de uso y aprendió a arreglarlas.
Encuentra aquí nuestra página de Facebook y entérate de las mejores noticias
“Yo traté de hacer todo lo que fuera piel, viendo a los demás maestros como lo hacían, observándolos, porque eran unas personas muy retrogradas que no le enseñaban las cosas a uno, pero entonces yo empecé a ver cómo se hacía, que maquinarias, preguntando en otros lados que no fuera donde yo trabajaba”.
Sus creaciones han conquistado a clientes
Anteriormente su catálogo incluía la elaboración de maletas para viaje, no obstante, dice que la introducción de otras marcas, incluso de productos chinos, terminaron innovando el mercado de viaje y dejando obsoletas las maletas de piel, pese a tener una mejor calidad.
Además de elaborar su propia línea de productos, Héctor se encargaba de realizar los dibujos a mano, según el pedido de su cliente, para mostrar un trabajo preliminar de cómo luciría su creación.
“Los artículos que yo fabrico, vienen desde 1960, hasta la fecha. Mi artículo que empecé a usar y a trabajar, era la fabricación de este maletín clásico de médico antiguo, que nosotros le llamamos recuerdo”.
En su taller tiene muestrarios de cada una de las piezas que conforman cada creación y modelos de carteras, bolsos, mochilas y portafolios, que elabora para entretenerse y tener como muestra de su impecable trabajo.
“Antes teníamos que preparar la piel, para usarla. Hacíamos un trabajo que se llama cincelado, que era grabado en la propia piel, no era troquilero, era cincelado. Se le llama cincel porque se hacía a base de cortes con un cincelito pequeño al tamaño de un desarmador, para ir cortando la piel e ir haciendo las figuras”.
Actualmente es un adulto que elabora productos de piel más como un pasatiempo, y solamente vende bajo pedido previo de sus clientes, que por generaciones han confiado en su delicado y preciso trabajo.




























