La SSP junto a Fuerzas Armadas y Fiscalía detuvo a siete personas armadas en Jiquipilas vinculadas con una agresión a policías el 1 de abril, asegurando armas y narcóticos durante un operativo coordinado
En el primer trimestre de 2026, 23 personas permanecen reportadas como desaparecidas en Tuxtla Gutiérrez. Las autoridades mantienen activas las investigaciones en diversas zonas de la capital chiapaneca
Un camión de la empresa Avimarca volcó y cayó a un barranco de 40 metros en Jiquipilas, resultando nueve personas lesionadas, dos en estado grave, y movilizando a cuerpos de emergencia y autoridades locales
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Vivimos en una era donde un solo video puede alcanzar a más personas en 24 horas que una política pública en un año. Las redes sociales moldean opiniones, hábitos, emociones y decisiones colectivas; lo que antes dependía de periodistas, académicos, activistas o instituciones, hoy puede surgir de la voz espontánea –y a veces improvisada– de un influencer de veinte años con un teléfono en la mano. Frente a una realidad tan poderosa, surge una pregunta inevitable: ¿qué responsabilidad ética tienen quienes concentran la atención, la admiración y la credibilidad de millones?, porque hoy la sociedad ya no necesita más influencers exitosos: necesita influencers responsables, capaces de usar su voz para transformar realidades, no solo tendencias.
El fenómeno no es menor; de acuerdo con DataReportal (2024), más de 5.3 mil millones de personas usan redes sociales en el mundo, y el 64% de la Generación Z admite que sus decisiones –incluidas las relacionadas con salud, alimentación, causas sociales o consumo– están influenciadas por creadores de contenido. A la par, el mercado del “influencer marketing” superará los 32 mil millones de dólares en 2025, según Influencer Marketing Hub. Ese modelo, basado casi totalmente en contratos, patrocinios y publicidad, explica lo que hoy vemos: un ecosistema donde la influencia se ha convertido en mercancía, pero no necesariamente en conciencia.
Y, sin embargo, fuera de ese ruido comercial, el mundo grita por causas que sí importan: la crisis climática, la pobreza, la violencia, la ansiedad y depresión juvenil, la desigualdad, la pobreza farmacéutica, la desinformación médica, la epidemia de odio digital y el deterioro de la salud pública. Tan solo la OMS advierte que 1 de cada 8 personas vive con algún trastorno de salud mental; UNICEF recuerda que más de mil millones de niños y adolescentes enfrentan privaciones graves, y la OPS señala que al menos 30% de las familias en América Latina no puede costear tratamientos o medicamentos esenciales. Nunca habíamos tenido tantos problemas urgentes, ni tantas voces con el poder de mover corazones y voluntades. Pero esas dos realidades –la necesidad y la influencia– aún no se están encontrando de manera ética, sostenida y transformadora.
Lo que abunda, lamentablemente, es el activismo exprés: el “post” del día mundial, el hashtag de moda, la foto perfectamente ensayada en catástrofes ajenas, el discurso de ocasión antes de volver al mismo contenido vacío de siempre. Es el activismo de catálogo: el que emociona, pero no transforma; el que se comparte, pero no se sostiene; el que se siente, pero no se vuelve compromiso; porque apoyar una causa no es publicar una plantilla y seguir con la agenda; apoyar una causa es involucrarse, comprender, aprender, escuchar, incomodarse, donar tiempo, arriesgar reputación, tocar realidades que no producen likes, acompañar procesos y sostener la esperanza cuando ya no es tendencia.
Por eso el cambio necesario no es que las ONG sigan contratando influencers, ese modelo ya está agotado; en muchos casos, desgasta la credibilidad de las organizaciones y reduce las causas a espectáculos; el cambio profundo es cultural y ético: los influencers deben asumirse como actores sociales, no solo como creadores de contenido; como embajadores reales de las luchas que pronuncian, no como voceros rentados. Deben entender que su influencia genera también deberes, no solo privilegios. Las empresas ya tienen Responsabilidad Social Empresarial (RSE). Los gobiernos tienen obligaciones constitucionales. ¿Y los influencers? Ha llegado el momento de hablar de Responsabilidad Social del Influencer (RSI): elegir una causa, no por contrato sino por convicción; no por monetización, sino por humanidad.
El mundo laboral ya entendió esta lógica; cada vez más empresas miden el voluntariado con KPIs, reportes de ESG y requerimientos de RSE, y hoy muchas solicitudes de empleo ya consideran la participación social como un elemento diferenciador. El mensaje es claro: servir también construye reputación, liderazgo y habilidades. Para los influencers y para los jóvenes, involucrarse en causas reales no solo transforma la vida de otros: fortalece la propia. No hay mejor “ganar-ganar” que ese; la diferencia es profunda: unos buscan fama; otros, sentido; y el sentido todo lo dignifica.
Hay referentes inspiradores en el mundo: figuras públicas que han utilizado su plataforma para impulsar reformas legales, financiar fondos humanitarios o sostener campañas de salud y educación durante años; entendieron que su voz es un puente, no un espejo. El futuro exige más historias así y menos marketing disfrazado de altruismo. Si un influencer puede lograr que millones bailen la misma canción o compren el mismo producto, también puede lograr que millones conozcan una causa, firmen una iniciativa, donen, se informen, se vacunen, cuestionen, participen, exijan o se organicen. No es un tema de capacidad: es un tema de voluntad.
Las ONG no necesitan influencers con millones de seguidores: necesitan aliados con millones de coherencias. La sociedad no necesita más celebridades que inspiren consumo: necesita ciudadanos visibles que inspiren conciencia. Y las juventudes no necesitan más ídolos que brillen: necesitan líderes que sirvan. Influir es un privilegio, pero sobre todo es una responsabilidad ética. Alcanzar pantallas es fácil; tocar realidades es otra cosa. Cambiar historias, transformar comunidades, defender causas, tender puentes entre quienes sufren y quienes pueden ayudar… eso no se paga: se abraza.
Hoy, más que fama, el mundo necesita propósito; más que campañas pagadas, necesita compromisos voluntarios; más que tendencias compartidas, necesita convicciones sostenidas. Porque quien tiene una voz que millones escuchan no puede seguir hablando solo de sí mismo. Influir no es solo un arte ni un negocio: es, o debería ser, un acto profundo de humanidad; y cuando esa humanidad se vuelve acción, entonces sí, la influencia deja de ser tendencia y se convierte en legado.