La Catedral de San Marcos presentó el programa de la Feria de San Marcos, una de las celebraciones más antiguas de Chiapas que combina tradición, fe y cultura
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En un mundo que enfrenta crisis climática, desigualdad social y presión regulatoria, las organizaciones —públicas, privadas y de la sociedad civil— ya no solo compiten por innovar en productos o servicios: compiten por transformar las capacidades de su talento. La pregunta es directa y necesaria: ¿qué tan en serio estamos trabajando esa transformación para crear valor social, económico y político que, al mismo tiempo, mejore la salud de las personas y del entorno?
Desde hace años, varias compañías en México hablan de “valor compartido”: iniciativas que buscan beneficios sociales y ambientales mientras crean ventajas de negocio; pero con frecuencia ese discurso se queda corto si no se ancla a una visión integral de la salud que reconozca la interdependencia entre lo humano, lo animal y lo ambiental. Ese es, precisamente, el corazón del enfoque Una Salud (One Health), que llama a “equilibrar y optimizar la salud de las personas, los animales y los ecosistemas” porque comparten riesgos y determinantes. No es un matiz menor: cerca de 60% de las enfermedades infecciosas emergentes reportadas provienen de animales –responsables de las pandemias mas grandes de la historia–, y en las últimas tres décadas se han detectado más de 30 patógenos humanos nuevos, alrededor de 75% de origen animal. El estrés ecosistémico y nuestras actividades amplifican esas amenazas (OMS).
Cuando llevamos esa mirada a tierra mexicana, vemos luces y sombras. Hay esfuerzos empresariales que ponen el listón más alto. El Informe de Creación de Valor Compartido 2021–2022 de Nestlé México, por ejemplo, documenta metas en abastecimiento sostenible, empaques y salud alimentaria, y muestra un marco de compromisos verificables. En 2024, esta misma compañía junto con Cargill y United Way lanzó Vida Saludable, con acciones en seguridad alimentaria, captación de agua y huertos familiares para comunidades rurales y urbano-marginadas en varios estados; un caso de articulación que combina nutrición, agua y educación ambiental. Si queremos irnos a algo mas cercano, en Chiapas, iniciativas académicas como las de ECOSUR han empezado a experimentar One Health en comunidades campesinas ganaderas de Ocosingo, integrando salud comunitaria, sanidad animal y cuidado del ecosistema; lo anterior, no es un boletín más: es la prueba de que el enfoque puede aterrizarse con participación local, investigación aplicada y vínculos intersectoriales.
Aun así, la foto nacional sigue fragmentada; hay programas que promueven nutrición o reciclan materiales, pero si no miden calidad de agua, no vigilan zoonosis, no consideran cambios de uso de suelo ni impactos del clima, económicos, de sostenibilidad y el de las comunidades se quedan cortos. La salud pública lo demuestra con rudeza: la contaminación del aire sigue siendo uno de los mayores riesgos ambientales para la salud; a escala global causó 8.1 millones de muertes en 2021 y hoy es el segundo factor de riesgo de muerte, con cargas importantes en enfermedades cardiacas y respiratorias. México no es ajeno: los reportes de calidad del aire del INECC y las series del Global Burden of Disease documentan la persistencia de exposición a partículas finas y ozono por encima de estándares saludables, con impactos sanitarios y económicos. Ignorar estas conexiones —entre territorio, producción, contaminación y salud— es un riesgo que ninguna empresa responsable debería permitirse.
Aquí entra a cuadro un concepto que ha ganado tracción: los green skills (habilidades verdes). No son una moda: son el conjunto de competencias (técnicas y transversales) para integrar la sostenibilidad en el quehacer profesional y en la toma de decisiones. Hablamos de medir huella ambiental, diseñar procesos circulares, gestionar riesgos climáticos, pero también de dialogar con comunidades, leer datos, escalar soluciones y rendir cuentas con métricas claras. La conversación reciente en ExpokNews lo resume bien: no se trata solo de “reciclar”, sino de la capacidad de diseñar, implementar y escalar soluciones con impacto positivo social y ambiental. La demanda por estas habilidades crece más rápido que la oferta: las vacantes “verdes” están aumentando casi al doble de la velocidad con que crece la población con habilidades verdes; apenas una de cada ocho personas tiene hoy destrezas relevantes para mitigar la crisis climática, con brechas de género que exigen política y formación intencional (WEF o FEM).
Primero, métricas significativas: no basta con contar árboles o likes; las compañías que operan en territorios específicos deberían reportar, junto a sus indicadores ESG, variables de salud ecosistémica y pública: calidad de agua y suelo, biodiversidad local, vigilancia de vectores, residuos peligrosos, y correlacionarlas con metas sociales y económicas del negocio –ese tipo de datos ya existe en sistemas oficiales y académicos (INECC)–; el reto es integrarlos en tableros de decisión.
Segundo, consorcios locales: empresa, academia, gobierno y sociedad civil sentados a la “misma mesa” para diseñar prevención, restauración y educación sanitaria desde el territorio, como muestran las experiencias de la mesa interinstitucional e intersectorial del bien común que se estableció en Chiapas desde el 2023 y hoy es un referente de colaboración social–.
Tercero, talento preparado: formar a juventudes rurales y urbanas en habilidades verdes vinculadas a salud pública —monitoreo de fuentes de agua, manejo sanitario en granjas, gestión de residuos, lectura de riesgos climáticos, entre muchos otros— es más barato que remediar daños. Ahí los datos de LinkedIn y el WEF son inequívocos: las economías que cierren a tiempo la brecha de habilidades verdes y de voluntariado serán más competitivas y resilientes.
La cuarta pieza es gobernanza y transparencia. El riesgo de disfrazar acciones sin cambios de fondo existe; todos hemos visto intentos de greenwashing; evitarlo exige tres cosas: metas verificables (qué indicador se moverá y en cuánto tiempo), trazabilidad (cómo se obtuvo ese resultado) y auditoría social (quién lo valida); cuando la narrativa corporativa —mejor llamarla relato institucional— cuenta historias verdaderas de transformación, conectadas con datos públicos y con la experiencia de las comunidades, deja de ser marketing y se convierte en reputación sólida; sin embargo, el riesgo es caer del lado opuesto que también es real: la ausencia de métricas y apertura puede derivar en crisis reputacionales y regulatorias (Economist Impact).
Desde Fundación RedSalud Internacional y el Día de las Buenas Acciones proponemos Chiapas que el voluntariado corporativo deje de verse como un “extra simpático” y se convierta en plataforma de formación en green skills y Una Salud. Un programa de voluntariado bien diseñado no solo mejora el clima laboral: entrena equipos en lectura de indicadores, gestión de proyectos, diálogo intercultural y ética pública; todo eso eleva productividad, reduce riesgos y abre oportunidades de innovación, pero, sobre todo, crea una cultura que entiende que la salud y la sostenibilidad no son costos, sino cimientos de competitividad.
¿Y el costo? Sí, formar talento y medir con rigor cuesta, pero a largo plazo representa una inversión mucho menor que el costo de enfrentar las consecuencias de no hacerlo. Los datos globales sobre contaminación del aire y los patrones de riesgo sanitario lo confirman: posponer la prevención multiplica la carga de enfermedad y de asistencialismo, comprime la productividad y aumenta el gasto público. En términos de negocio, es una ecuación simple: la empresa que anticipa riesgos ambientales y sanitarios protege su flujo de caja, fortalece su relación con reguladores y gana licencia social para operar (IHME).
El paso siguiente es tan práctico como ambicioso. Desde Fundación RedSalud Internacional hemos diseñado, a través de una plataforma informática, hojas de ruta territoriales donde cada empresa trace, junto con autoridades locales, academia y organizaciones de la sociedad civil, metas anuales que crucen variables económicas con indicadores de salud, sociales y ambientales. Esta visión se complementa con la capacitación a través de las Aulas de Alfabetización Digital, enfocadas en las necesidades de las poblaciones en situación de mayor vulnerabilidad; con la sensibilización comunitaria a través de Muros que Narran; con la generación de evidencia en los Observatorios de Pobreza Farmacéutica, la Equidad Sanitaria y la Exclusión Social; con los Comercios y Médicos Solidarios que acercan apoyos a las familias; y con el Fondo Solidario de Medicamentos (FSM) que da respuesta a miles de personas que no pueden costear sus tratamientos.
Además, proponemos mecanismos de cofinanciamiento donde las mejoras medibles en salud ambiental y comunitaria liberen incentivos fiscales o de compras públicas. No es una utopía: hay precedentes y capacidades instaladas en México para hacerlo. Pero, sobre todo, lo que lo hace posible es la cultura colaborativa, la suma de esfuerzos entre personas de distintos ámbitos de la sociedad que comparten responsabilidades y experiencias.
Nuestro deseo más grande, con el que hemos caminado estos años, es formar un equipo sólido, diverso, incluyente y solidario, que trabaje por la inclusión social a través de la mejora de la salud y la consolidación de la Mesa Interinstitucional e Intersectorial del Bien Común. El reto es enorme y exige múltiples compromisos, pero ese es justamente el sentido de nuestro trabajo: asumir los desafíos para transformar realidades. Porque solo así, juntos decidimos, juntos construimos y juntos transformamos, para edificar comunidades y municipios verdaderamente saludables.
Conviene recordar por qué todo esto importa. En treinta años, emergieron más de treinta patógenos humanos nuevos; la gran mayoría son zoonóticos. Esa cifra, por sí sola, debería bastar para entender que cada programa de “bienestar social” desconectado del territorio y de la ecología es, en el mejor de los casos, incompleto; en el peor, un espejismo que pospone soluciones y nos expone a crisis futuras (OMS).
Si seguimos operando el valor compartido cómo campañas aspiracionales de “beneficio social” –sin mover indicadores de salud humana, animal y ambiental en el modelo de una sola salud– estaremos pintando de verde un modelo que perpetúa la fragmentación. La apuesta real es construir valor compartido con Una Sola Salud: rigor de datos, alianzas intersectoriales, talento con green skills, voluntariados corporativos y profesionales y transparencia radical. Lo contrario saldrá demasiado caro: la factura la pagaremos en morbilidad, mortalidad y pérdida de confianza, afectando la economía no sola de las empresas, si no del país. Si te interesa formar parte de esta transición –desde tu empresa, institución, comunidad o desde la parte personal– súmate. Conversemos, diseñemos y midamos juntos.
P.D. Para quien necesite un motivo adicional: el mercado laboral ya está cambiando. La demanda por habilidades verdes crece más rápido que la oferta y será un criterio de empleabilidad en los próximos años. Prepararse hoy no es una opción; es una ventaja competitiva y una responsabilidad con el territorio que habitamos (WEF).