Integrantes del sindicato Fidel Velázquez cerraron la vialidad en el centro de la ciudad para exigir acciones sobre el servicio de transporte por aplicación
¿Te quedas fuera de la conversación? Mandamos a tu correo el mejor resumen informativo.
La sostenibilidad empresarial dejó hace tiempo de ser un concepto aspiracional para convertirse en una exigencia del mercado, de los inversionistas y de la sociedad. En la última década, términos como responsabilidad social empresarial (RSE), ESG (Environmental, Social and Governance), GRI (Global Reporting Initiative) y Agenda 2030 se incorporaron al lenguaje cotidiano de las organizaciones, acompañados de reportes, compromisos públicos y narrativas cada vez más sofisticadas. A nivel global, el 96% de las 250 empresas más grandes del mundo ya publica objetivos de reducción de emisiones de carbono, frente al 80% que lo hacía apenas en 2022, de acuerdo con el informe Survey of Sustainability Reporting de KPMG publicado en 2024. El avance es innegable, pero la pregunta incómoda persiste: ¿estamos midiendo para cumplir o midiendo para transformar?
En México, la brecha entre el discurso y el impacto es particularmente evidente. Según el estudio Panorama ASG 2025 de KPMG México, solo el 49% de las empresas considera que los criterios ESG forman parte integral de su visión de negocio, lo que revela que, para muchas organizaciones, la sostenibilidad sigue siendo un tema periférico y no un eje estratégico. Esta falta de integración se refleja también en los reportes: de acuerdo con información publicada por Expansión ESG en 2025, apenas el 32% de las empresas mexicanas divulga de manera sistemática sus prácticas ESG, una cifra menor en comparación con otros países de América Latina como Brasil, Chile o Colombia.
Estos datos no solo muestran un rezago, sino una confusión de fondo; se ha avanzado en la adopción de marcos y estándares, pero no necesariamente en la construcción de capacidades internas para gestionarlos, se mide lo que es fácil de medir, no lo que realmente importa; se reporta lo que luce bien en un informe, pero no siempre lo que genera cambios estructurales en las condiciones laborales, en el bienestar de las personas o en los territorios donde operan las empresas.
El problema no es menor, a nivel global, más de 12,900 empresas publican hoy información de sostenibilidad, frente a las 9,600 que lo hacían en 2022, según datos del Global Sustainability Disclosure Database; sin embargo, la cantidad de reportes no siempre se traduce en calidad. Una encuesta global de PwC publicada en 2024 señala que el 94% de los inversionistas considera que muchos informes corporativos de sostenibilidad contienen afirmaciones que no están suficientemente respaldadas por evidencia verificable. Este desfase alimenta el escepticismo y pone en riesgo la credibilidad de la sostenibilidad como herramienta de transformación.
En el centro de esta discusión se encuentra el eje social del ESG, históricamente el más débil y, paradójicamente, el más determinante. No puede hablarse de sostenibilidad mientras las personas trabajadoras sigan siendo la variable de ajuste. El trabajo digno, la salud física y mental, la seguridad laboral y la calidad de vida no son temas accesorios ni filantrópicos; son la base sobre la cual se construye cualquier estrategia responsable. La Organización Internacional del Trabajo ha advertido que los entornos laborales inseguros y la precarización del empleo no solo afectan a las personas, sino que generan costos económicos significativos y pérdidas de productividad a largo plazo.
A pesar de ello, muchas empresas siguen tratando la sostenibilidad como un asunto de reputación y no como un sistema de gestión. A nivel internacional, menos de la mitad de las grandes compañías vincula sus objetivos de sostenibilidad con la compensación de sus altos directivos, de acuerdo con un análisis de ESG Investing publicado en 2024. En México, esta desconexión se traduce en una percepción persistente de la sostenibilidad como un gasto y no como una inversión estratégica, lo que limita el desarrollo de estructuras internas sólidas para medir, evaluar y mejorar el desempeño ESG.
Este escenario se vuelve aún más complejo ante la evolución del marco regulatorio. A partir de 2025, las empresas que presentan estados financieros deberán también divulgar información de sostenibilidad que incluya indicadores ambientales, sociales y de gobernanza, conforme a las Normas de Información de Sostenibilidad emitidas por el Consejo Mexicano de Normas de Información Financiera (CINIF), las cuales establecen nuevos criterios para la revelación de riesgos, impactos y prácticas ESG en los informes corporativos. Sin embargo, reportar por obligación no equivale a comprender, gestionar ni transformar. Sin capacidades técnicas, sin métricas bien diseñadas y sin sistemas de seguimiento, el riesgo es que el cumplimiento se convierta en un ejercicio meramente administrativo.
Medir para transformar implica un cambio profundo de enfoque; Ssignifica pasar del indicador aislado al sistema integrado; del reporte anual a la mejora continua; del discurso aspiracional a la evidencia verificable. Significa vincular KPIs y OKRs con decisiones estratégicas, con presupuestos, con procesos operativos y, sobre todo, con impactos reales en la vida de las personas. Significa reconocer que la sostenibilidad se aprende, se gestiona y se acompaña, y que no todas las empresas cuentan hoy con las herramientas necesarias para hacerlo.
No es casual que, según una encuesta internacional citada por ESG Post en 2024, el 97% de los ejecutivos considere que el reporte de sostenibilidad será una ventaja competitiva en los próximos dos años. La sostenibilidad bien gestionada genera confianza, reduce riesgos, mejora la relación con las personas trabajadoras y fortalece la legitimidad social de las empresas; pero para que esto ocurra, la medición debe tener sentido, coherencia y profundidad.
México tiene frente a sí una oportunidad relevante; profesionalizar la sostenibilidad empresarial permitiría cerrar la brecha entre la intención y el impacto, y convertir los compromisos en resultados demostrables. Esto exige alianzas, formación especializada, marcos claros y herramientas que acompañen a las empresas más allá del discurso. Exige también reconocer que el cumplimiento no puede depender únicamente de la buena voluntad, sino de la construcción de capacidades reales.
La sostenibilidad que no se mide con rigor difícilmente transforma; y la que no transforma, tarde o temprano, pierde legitimidad. Tal vez ha llegado el momento de dejar de sumar compromisos y empezar a construir, de manera seria y colectiva, la capacidad de cumplirlos. Medir no es el objetivo. Medir para transformar sí lo es.