Cambio climático obliga a transformar la agricultura del maíz en Chiapas
El cultivo se ha transformado en los últimos años, productores han debido aplicar saberes ancestrales con herramientas modernas para soportar sus cosechas
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La cosecha de maíz en Chiapas ha obligado a los campesinos a transformar sus métodos de cultiv / Ángel Canseco / El Heraldo de Chiapas
En las llanuras de la Frailesca, las laderas de Los Altos y las planicies del Soconusco, el maíz —símbolo de identidad y sustento en Chiapas— ya no se siembra como antes. Las lluvias impredecibles, el calor extremo y los altos costos de producción han obligado a los campesinos a transformar sus métodos de cultivo, combinando saberes ancestrales con herramientas modernas que, en muchos casos, requieren inversión y capacitación.
Tradicionalmente, el maíz en Chiapas dependía del temporal: sembrar en junio con las primeras lluvias y cosechar en noviembre. Pero el cambio climático ha roto esa certeza. Hoy, los productores recurren cada vez más al riego por goteo o microaspersión para optimizar el uso del agua, a la captación de lluvia en bordos y pequeñas represas que permiten guardar agua para sequías intermitentes, y a la siembra escalonada para reducir el riesgo de perder toda la cosecha en un solo evento climático. “Antes sembrabas y esperabas que la lluvia hiciera lo suyo; ahora tienes que planear como ingeniero y meteorólogo a la vez”, comenta un agricultor de Villaflores.
Pese a ello, muchos productores no cuentan con la infraestructura o el recurso necesario para hacer frente a la sequía. La Confederación Nacional Campesina (CNC) estima que alrededor de mil 500 productores se vieron afectados por las altas temperaturas. Destacó que fue un golpe duro a los agricultores, ya que el producto estaba en el proceso de jiloteo (mazorca aún inmadura).
El encarecimiento de los insumos es otro de los grandes retos. Los fertilizantes químicos, que antes aseguraban altos rendimientos, han aumentado hasta 70 % en solo tres años, lo que ha llevado a muchos a buscar alternativas más asequibles y sostenibles.
Hoy, cada vez más productores elaboran su propia composta con residuos orgánicos y estiércol, o aplican biofertilizantes elaborados con microorganismos que mejoran la disponibilidad de nutrientes en el suelo.
En la actualidad los maiceros recurren cada vez más al riego por goteo o microaspersión para optimizar el uso del agua - Ángel Canseco / El Heraldo de Chiapas
Antes el maíz en Chiapas se sembraba en junio y se cosechar en noviembre; hoy el cambio climático ha roto esa certeza - Ángel Canseco / El Heraldo de Chiapas
Un estudio de la UNACH en Villaflores evaluó el uso de consorcios microbianos como biofertilizantes en el agroecosistema del maíz, concluyendo que estas prácticas son una alternativa más sostenible frente al uso intensivo de fertilizantes químicos, que degradan las propiedades del suelo y elevan los costos de producción.
En un estudio más a profundidad, una tesis de doctorado realizada en la Frailesca por Iliana Arias Yero, coordinada por la UNACH, identificó que la sustentabilidad de las unidades de producción familiar que cultivan maíces locales depende tanto de factores económicos y ambientales como culturales. Se analizaron 80 unidades productivas en 20 comunidades, concluyendo que los maíces locales no solo son viables desde lo productivo, sino fundamentales para fortalecer los modos de vida sustentables en la región.
Paralelamente, un trabajo conjunto entre la UNACH y la UNICACH se enfocó en la diversidad genética de los maíces locales en la Frailesca. Evaluaron características morfológicas de diversas variedades tradicionales, identificando una variabilidad fenotípica notable, vinculada a razas como Tuxpeño, Olotillo y Comiteco. Esta diversidad genética es clave para conservar resistencia ante plagas, variabilidad climática y asegurar adaptabilidad en sistemas agroecológicos.
Con temperaturas más altas, plagas como el gusano cogollero y la roya se han vuelto más persistentes. Los productores, para enfrentarlas, utilizan trampas de feromonas para detectar y controlar poblaciones, recurren al control biológico mediante insectos benéficos y aplican agroquímicos de forma focalizada, en vez de fumigaciones generalizadas, con el fin de reducir costos y daños ambientales.
Frente a un escenario de insumos caros y clima incierto, la organización colectiva ha cobrado relevancia. Cooperativas y asociaciones de productores permiten acceder a mejores precios comprando fertilizantes y semillas al mayoreo, compartir maquinaria costosa como sembradoras de precisión o trilladoras, y acceder a programas de capacitación técnica. Algunas incluso han logrado convenios con instituciones financieras para ofrecer créditos blandos destinados a modernizar los sistemas de riego o adquirir maquinaria. Sin embargo, no todos los campesinos pueden integrarse a estos esquemas, ya sea por falta de información, desconfianza o por las distancias geográficas que aíslan a muchas comunidades.
El maíz en Chiapas está en una transición forzada: adaptarse o reducir su presencia en los campos. Los cambios ya visibles —desde la adopción de riego tecnificado hasta el rescate de variedades criollas— muestran que el productor chiapaneco no es ajeno a la innovación, pero la sostenibilidad dependerá de combinar inversión, conocimiento técnico y políticas públicas acordes a la diversidad del estado. “Sembrar maíz en Chiapas hoy es como jugar ajedrez contra el clima y la economía. Cada movimiento cuenta”, resume un joven productor de Ocosingo.
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