Locallunes, 9 de diciembre de 2024
"El sueño de llevarla a la playa no se cumplió”: Elfega recolectaba PET y acabaron con su vida
Recolectaba PET para darle un mejor futuro a sus hijas
Thiaré García / El Heraldo de Chiapas

Los sueños de Elfega Hernández, una mujer de 54 años, dedicada a la recolección de PET, terminó truncada junto a los sueños de sus hijas al serle arrebatada la vida a orilla del río Sabinal en la colonia Mirador II.
María Isabel Jiménez Hernández, hija de Elfega, revive con dolor y precisión los últimos momentos antes de la desaparición de su madre. "El día sábado, a las 14:50 horas, me despedí de mi mamá como siempre. Le dije ‘nos vemos’. No imaginé que sería la última vez que la vería con vida", señaló.
Elfega, una mujer trabajadora y dedicada a la recolección de PET, nunca regresó a casa esa noche. Habitualmente, llegaba antes de las ocho, pero las horas comenzaron a avanzar sin noticias de ella.
"Cuando llegué a las 20 horas, todo estaba en silencio. Mi hermana y mi papá estaban en casa, pero no mi mamá. No me preocupé al principio; pensé que tal vez había salido a un mandado. Era muy activa y siempre andaba de arriba para abajo", relata María Isabel.

A las 21 horas la inquietud se convirtió en miedo, su hermana se acercó con los ojos rojos, con la voz temblorosa, y comentó que le dijo que su mamá no había llegado. Su horario nunca se extendía más allá de las ocho, porque el camino era demasiado solitario. María Isabel decidió pedir ayuda a un vecino. Juntos comenzaron un recorrido lleno de incertidumbre por la zona del río Sabinal. Fue allí, cerca de un puente, donde encontraron las primeras señales: las bolsas de PET de Elfega y sus tenis negros.
“No sabía qué sentir. Me invadió una mezcla de miedo, confusión y desesperación. ¿Qué había pasado con ella? ¿Por qué sus cosas estaban ahí y ella no?”, dice entre sollozos.

Con la ayuda de más vecinos, la búsqueda continuó por horas. Linternas en mano, revisaron cada rincón cercano al puente y las zonas oscuras de la colonia. María Isabel realizó una primera llamada al 911 alrededor de las 21:15 horas para reportar la desaparición de su madre.
"La patrulla nunca llegó. Hice una segunda llamada cerca de las 10:00 de la noche y aún así tardaron demasiado. Sentía impotencia, como si estuviéramos solos en esto", lamenta. Mientras tanto, los vecinos se organizaron para hacer nuevas rondas de búsqueda.
La madrugada trajo la noticia que María Isabel y su hermana temían escuchar. María Isabel recuerda que los vecinos llamaron a las autoridades, mientras acordonaban el área donde yacía el cuerpo. Su madre estaba boca abajo, sin blusa y con signos de violencia. Las bolsas de plástico y los tenis negros que llevaba puestos fueron testigos mudos de los últimos momentos de una vida dedicada al esfuerzo y al amor por su familia. "No pude acercarme, no quise reconocerla en esas condiciones", dice con la voz quebrada.
La noche se volvió interminable. Las patrullas y los peritos tardaron en llegar, y el cuerpo de su madre no fue retirado hasta la madrugada del domingo. La escena quedó grabada en su memoria como un recordatorio cruel de lo sucedido.
Su madre, de 55 años, había comenzado a recolectar PET y botes durante la pandemia. Antes de eso, no lo hacía, pero las circunstancias económicas, sumadas al sueldo insuficiente de su esposo, la llevaron a buscar ingresos extras para sostener a su familia. Su esposo, lubricador automotriz en un taller local, nunca se hizo cargo de los gastos, mucho menos de sus hijas, María Idabel comentó que para el mejor que no estudiaran.

“Ella siempre fue muy trabajadora. Salía temprano y regresaba tarde, siempre con algo para nosotras. Decía que quería ayudarnos a cumplir nuestros sueños, aunque tuviera que sacrificarse”, cuenta María Isabel, entre lágrimas.
María Isabel y su madre tenían muchos planes juntas. “Yo le había prometido que cuando me graduara, le dedicaría mi título. Quería que estuviera sentada ahí, viéndome lograr algo que ella no pudo porque su vida no le dio esa oportunidad. También le prometí que viajaríamos en avión, que conoceríamos el mar juntas. Nunca salió de la ciudad, y quería darle esa experiencia... Pero ahora esos sueños ya no podrán cumplirse”.
El motivo de su arduo trabajo era claro: quería ver a sus hijas graduadas y felices. María Isabel estudia Contaduría, mientras que su hermana, Trabajo Social. Ambas sienten que su madre fue su mayor pilar, la fuerza detrás de sus aspiraciones.
La hermanas Jiménez ahora enfrenta un dolor irreparable y exige justicia. María Isabel pide que este caso no quede en el olvido, que las autoridades actúen con diligencia para castigar a los responsables. “Me quitaron a la persona más importante de mi vida, uno de mis pilares. Es un proceso muy doloroso. Nadie debería pasar por esto”, lamenta.
El camino hacia la resignación será largo, pero María Isabel no pierde de vista los valores y enseñanzas de su madre. Su memoria vivirá en los corazones de quienes la amaron, y su legado de esfuerzo y dedicación será el motor que impulse a sus hijas a cumplir los sueños que un día compartieron.