“Me llaman mis hijos. Yo los dejé en buenas manos. No eran bebecitos, eran grandecitos. El mayor tiene 28, la más chiquita 20. La más grande vive sola, estudia y trabaja. Los más chicos se quedaron con su madrina, ella gana bien”, indicó.
Ahora, Rebeca vive de su trabajo en el campo, limpia monte, siembra frijol, lleva leña, vende gallinas y patos. También es maestra de inglés autodidacta y escritora.
"Hago libros de inglés, también libros con dibujos para niños. Los niños aprenden mejor con dibujos. También hago libros para adultos, mitad en inglés, mitad en español", exclama.
En un rincón olvidado de Chiapas, una gringa encontró su lugar en el mundo. Y ese lugar la abrazó como una de las suyas.
María Isabel Juárez, la madre adoptiva de Rebeca
Aunque ya no la acompaña a misa, la relación no se ha roto. “Le digo: ‘¿vas a poder ir a la iglesia ahora que ya murió la abuelita?’, y me contesta: ‘sí, pero si entro a trabajar otra vez, ya no voy a poder estar’. Ah, bueno, le dije”.
María Isabel también se ocupa ayudando en casas de la comunidad. A veces, su ausencia preocupa a Rebeca. “Cuando no me ve, piensa que estoy enferma, y ya por eso no estoy saliendo. Pero no, es que yo también salgo a trabajar”, explicó.
Su llegada fue discreta. “Algunos la apreciaban, pero muy poco… ya con el tiempo, cualquiera la conocía, ya con cualquiera se llevaba”, dijo. Sin embargo, destacó: “No muy de lleno como está conmigo”.
Al final, resume con cariño: “Así fue cómo surgió el cariño con ella. No sé si ella me comprende o cómo es, pero ella se apegó mucho a mí… y yo también”.
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Rebeca se ha ganado el cariño de los habitantes de Zacalapa / Thiaré García / El Heraldo de Chiapas
Rebeca Aline Fernández nació en Knoxville, Tennessee, en el corazón del sur de Estados Unidos. Desde pequeña supo que su alma pertenecía a otro lugar. Mientras crecía junto a su abuela —la única figura amorosa de su niñez— soñaba con México. Aquellos sueños infantiles se tejían frente a la televisión, viendo programas con paisajes y gente del sur. “Yo hablaba con mi abuela y le decía: ‘yo quiero ir a México, yo quiero enseñar inglés a la gente pobre’”, recuerda. Desde entonces, México se convirtió en su esperanza.
Pero el camino hacia esa esperanza no fue fácil. Rebeca creció en un hogar donde en sus propias palabras, “no hubo el amor correcto”. Su padrastro abusó sexualmente de ella, una herida profunda que marcó su vida. También fue víctima de violencia familiar, abandono y racismo, incluso dentro de su propia familia. “Mis propios parientes eran racistas”, dice.
A pesar de haber completado la preparatoria y trabajar en un restaurante, sentía que su vida en Estados Unidos no era digna, señala mientras habla con dolor del país que la vio nacer. No solo por el abuso que vivió, sino por lo que considera un sistema frío, individualista, que no protege a los más vulnerables.
“Allá no ayudan a los pobres, cuánta gente vive en la calle, cuántos niños. No es como piensan. Solo quieren más paga, más casa bonita. Yo digo, Estados Unidos no es la tierra libre, es la tierra de los esclavos”, afirma sin titubeos.
Con siete hijos a su cargo —el mayor de 28 años, la menor de 20— Rebeca decidió tomar una decisión que cambiaría su vida por completo. En abril de 2015, con apenas una mochila al hombro, dejó atrás su país, sus hijos, su pasado y emprendió sola el viaje hacia México. No hablaba español, no conocía a nadie.
Llegó a Monterrey, Nuevo León, y fue allí donde empezó su vida como migrante. Sin conocer a nadie, dormía en las calles, comía de lo que podía. En una terminal de autobuses, una mujer le robó sus papeles migratorios, dejándola en total indefensión. Pero en ese momento de oscuridad, Rebeca encontró luz: conoció a Dios en la fe de quienes la ayudaron. “Aquí conocí a Dios”, dice. Desde entonces, su fe se convirtió en guía.
A través de un amigo que trabajaba con ella en un restaurante, supo de Chiapas. Él partió antes, y poco después Rebeca llegó a Tuxtla Gutiérrez, de donde partió rumbo a un pequeño poblado en las montañas: Zacalapa, en el municipio de Copainalá. Llegó con la intención de enseñar inglés a niños y adultos, y también para ayudar a cortar leña, limpiar milpas y sembrar frijol. “Soy pobre, pero estoy feliz porque estoy libre”, dice.
Llegó a Copainalá huyendo de la violencia familiar en Estados Unidos - Thiaré García / El Heraldo de Chiapas
Creo sus propios libros para niños en inglés - Thiaré García / El Heraldo de Chiapas
Su sueños se han terminado, vive el día a día - Thiaré García / El Heraldo de Chiapas
Zacalapa ha sido su refugio de donde no quiere salir nunca - Thiaré García / El Heraldo de Chiapas
Su alimentación ha mejorado; dice que en Estados Unidos comía mucha comida chatarra y eso la tenía enferma. Aquí, en cambio, come más sano y camina mucho, aunque eso le duela."Me duele el pecho, las rodillas, la espalda, pero me siento mejor. Aquí todo es caminar, no se usa carro, eso me ayuda."
Cuenta que al principio, la gente del pueblo la miraba con recelo. “Tenían miedo, nunca habían visto una gringa quedarse aquí”, recuerda entre risas. Pero Rebeca no se dejó intimidar. Aprendió a hablar español, se adaptó a las costumbres del lugar y fue ganándose el corazón de las personas. Hoy es conocida en toda la comunidad como la gringa de Zacalapa.
No tiene pareja ni esposo. Vive sola, en una pequeña casa de madera. Pero no está sola del todo. Tiene dos madres adoptivas, “mamá Herminia” y “mamá Chave”, mujeres mayores del pueblo que la han cuidado como a una hija y le han enseñado a vivir con la tierra. “Ellas me enseñaron todo: rezar el rosario, sembrar, limpiar el monte...”, dice agradecida.
Rebeca no ha olvidado a sus hijos. Los recuerda todos los días, y habla con ellos cuando puede. “Mi celular está roto, pero hablamos seguido”, dice, mostrando su teléfono con la pantalla estrellada. Aunque le duele no verlos, confía en que están bien. “Los dejé en buenas manos”.
Su vida en Zacalapa es sencilla, pero digna. Camina largas distancias todos los días para llegar a las parcelas donde trabaja. A veces, el dolor en la espalda o en las rodillas la obligan a descansar, pero no se queja. “Aquí todo es caminando, pero eso me ayuda”, comenta. También vende libros ilustrados que ella misma elabora, con dibujos y palabras en inglés y español, para enseñar a los niños. “Los niños aprenden mejor con dibujos. Y como yo no sabía español cuando llegué, así aprendí yo también”, dice.
Rebeca se ha integrado tanto a la vida del pueblo que ya forma parte de su identidad. Con cariño y humor, recuerda cómo una vez confundió un trapiche con el nombre de una persona. “Yo pensaba que era un señor, el señor Trapichi”, cuenta entre risas, recordando cómo lo buscaba por todo el pueblo sin saber que era una máquina para sacar jugo de caña.
Su alimentación también ha cambiado. “Antes era bien gordita porque allá comía pura cosa chatarra. Aquí todo es natural: frijolitos, verduras, gallina… aunque me da lástima matarla”, dice considerando que la vida en el campo la ha fortalecido, tanto física como emocionalmente.
Cuando se le pregunta si regresaría a Estados Unidos, su respuesta es tajante: “No lo siento, Donald Trump, pero no. Yo no soy un esclavo”. A pesar de las carencias, del trabajo duro y del dolor que ha vivido, Rebeca ha encontrado algo que nunca tuvo allá: libertad.
“Para mí, la vida vale más que la paga”, resume con sabiduría. En Zacalapa ha encontrado un hogar, una comunidad que la respeta y una misión de vida: Enseñar, servir y aprender. Su historia es la de una mujer que escapó del infierno para encontrar paz en la montaña, una mujer que lleva sobre sus hombros las marcas del pasado, pero también la luz de quien ha elegido sanar.
Con voz pausada y llena de nostalgia, María Isabel Juárez González relata la historia de su vínculo con Rebeca. Aunque no comparten lazos de sangre, el cariño que las une se forjó a través del tiempo, la convivencia diaria y la fe. “Yo me llamo María Isabel Juárez González y aquí fue mi hija, Gringa. Yo soy la madre adoptiva de ella, porque pues ella se halló mucho conmigo y más me buscaba a mí en cualquier cosa”, expresó.
La relación se estrechó especialmente a través de las actividadesreligiosas. María Isabel cuenta que al principio Rebeca no tenía acercamiento con la iglesia, pero ella comenzó a guiarla: “Ella no llegaba en las cosas de Dios, en la iglesia, y luego yo le empecé a platicarle todo eso... se fue acostumbrando y ya me pasaba a llamar y me decía: ‘nos vamos a la iglesia, la santa misa o alguna actividad religiosa’”, comenta la mujer.
Se ha vuelto amiga hasta de los animales / Thiaré García / El Heraldo de Chiapas
Pero todo cambió cuando Rebeca conoció a un hombre llamado Melquiades, quien según cuenta María Isabel, llegaba a una tienda conocida como “Mi Súper”, en la parte baja del pueblo. Ahí comenzó un nuevo capítulo en la vida de “La Gringa”. “Ella se encontró con ese señor... y como le dio mucho trabajo, porque a ella le gusta escribir puro inglés, empezó a escribirle muchas libretas con palabras en inglés. Ese era su trabajo”.
Este nuevocamino laboral provocó un distanciamiento entre ambas. “Ya no me buscaba, me dejó sola. Empecé a salir yo como siempre sola y ella se quedó con eso de su trabajo. Pero también dije yo, porque es una ayuda para ella… por más que yo le pueda dar mucho, pero no todo”.
Además de vender sus libretas, Rebeca trabajó cuidando a una mujer mayor en Copainalá. “Estuvo cuidando a una abuelita enferma, la cuidó hasta que falleció la señora”, -recordó María Isabel-. “Me dijo: ‘ya murió mi abuelita... ya no está’. Y le dije: ‘¿ahora qué vas a hacer?, ya no vas a tener a quién cuidar’. Porque le pagaban por eso”.
Hace sus propios libros a mano para la enseñanza del inglés / Thiaré García / El Heraldo de Chiapas
Tiempo después, otra vecina le ofreció cuidar a su suegro, pero ese trabajo no se concretó. Desde entonces, Rebeca ha continuado con su actividad de escritura. “Sigue escribiendo sus libretas en inglés, y cuando se lo encargan, va a entregarlas. Esa es su labor”, explicó su madre adoptiva.
Mamá Chave es una de sus madres adoptivas - Thiaré García / El Heraldo de Chiapas
Mamá Chave ha sido su guía espiritual - Thiaré García / El Heraldo de Chiapas
Rebeca ha aprendido a adaptarse y tener una mejor alimentación - Thiaré García / El Heraldo de Chiapas
Le gusta caminar por las montañas para despejar su mente - Thiaré García / El Heraldo de Chiapas
Recordando cómo llegó “La Gringa” a Copainalá, Juárez González narra que todo comenzó por el lazo con Melquiades, un joven originario del lugar que había trabajado en Estados Unidos. “Cuando ella supo que Melquiades ya está por acá en México, entonces ella se quedó allá triste… sus hijos le dijeron: ‘si quiere usted, váyase, nosotros le damos el dinero’. Y así se dejó venir… puro en camiones, transbordando, hasta que llegó por acá”, señala la mujer.
De acuerdo con Acnur en 2024 México se mantuvo entre los 10 países con más solicitudes de asilo en el mundo con casi 80 mil registradas por la Comisión Mexicana de Ayuda a Refugiados (COMAR). La mayoría de las personas solicitantes de asilo provinieron de Honduras, Cuba, Haití, El Salvador y Venezuela. Pero hasta ahora ninguno procedente de Estados Unidos, por lo que el caso de Rebeca sería uno de los primeros, pero no se tiene registro porque ella no ha pedido el asilo por temor.
La atención a principales para estas personas fueron con necesidades específicas de protección como mujeres sobrevivientes de violencia y niñas, niños y adolescentes en situación de riesgo. Siendo esta una de las razones por las que Rebeca salió de su país, aunque en su caso ella es la primera en huir de Estados Unidos, y al contrario del resto de migrantes su sueño es llegar al país norteamericano, a donde “La Gringa de Zacalapa” no quiere regresar.