Tzathuastán: la leyenda de la serpiente de siete cabezas que habita el cerro Mactumatzá
La presencia de Tzathuastán era temida por los habitantes de TuxtlaGutiérrez hasta que se encontró con Chalucas
La presencia de Tzathuastán era temida por los habitantes de TuxtlaGutiérrez hasta que se encontró con Chalucas

Thiaré García / El Heraldo de Chiapas
En lo alto del cerro Mactumatzá, una leyenda antigua aún habita la memoria oral de los pueblos zoques que resguardan el alma mística de San Marcos Tuxtla. Se cuenta que ahí, entre la niebla y las cuevas sagradas, vivía Tzathuastán: una serpiente de siete cabezas que surcaba los cielos envuelta en nubes, provocando tornados devastadores a su paso.
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De acuerdo con la tradición, la gigantesca culebra viajaba del Mactumatzá al Huitepec, transportada por un ser llamado Moyó, una bola de fuego que funcionaba como su guía. El Moyó —una especie de duende volador— utilizaba un látigo hecho con piel de serpiente para mantenerse en el aire, y habitaba junto a otros seres encantados en las pozas y cavernas del Cerro Hueco.
La presencia de Tzathuastán era temida por los habitantes de Tuxtla Gutiérrez. Su paso causaba vendavales conocidos como supupi, capaces de arrasar árboles, viviendas y cultivos enteros. El pueblo la conocía como la culebra de agua y viento, una manifestación sobrenatural imposible de detener.
Hasta que un día, el viejo Chalucas, un humilde campesino del capul de San Jacinto, decidió emprender la cacería de la criatura. Armado con su machete y una vara larga, recorrió sin descanso las grutas más profundas del cerro: la cueva de los Wayacú, la del Jaguar Negro, la de las Ondinas (...) hasta que, finalmente, la encontró colgada de un árbol de chicozapote.
Lo que siguió fue una escena que aún hoy se relata con admiración: Chalucas bajó a la serpiente a palos, y ya en tierra, enfrentó la mirada de sus siete cabezas y catorce ojos brillantes. Cuando intentó cortarlas, descubrió que cada cabeza renacía al instante. La criatura estaba encantada.
Fue entonces cuando recordó el brebaje secreto que le habían confiado los Wayacú, los antiguos guardianes del cerro. Lo untó en su machete y atacó de nuevo. Esta vez, las cabezas no retoñaron. La sangre brotaba, la serpiente se retorcía, y tras un combate feroz, finalmente cayó.
La leyenda del viejo Chalucas no solo relata una batalla entre el hombre y lo sobrenatural; encierra también el eco de la lucha ancestral por equilibrar el poder de la naturaleza y la sabiduría indígena. Hoy, esta historia sigue viva en los relatos orales y en las montañas de Tuxtla Gutiérrez, como una de las más emblemáticas expresiones del imaginario zoque.