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En México, los lácteos forman parte de la alimentación cotidiana. Quesos frescos como la panela y el requesón, así como la crema, que acompaña distintos platillos, y la leche, utilizada en bebidas y preparaciones caseras, están presentes de manera habitual en la mesa. Sin embargo, con el paso del tiempo, en algunas personas estos alimentos comienzan a generar molestias digestivas como inflamación, gases o diarrea, aun cuando antes se consumían sin problema. Este cambio suele generar dudas y, en muchos casos, lleva a eliminar los lácteos sin comprender del todo qué está ocurriendo en el organismo.
Para comprender por qué aparecen estas molestias, primero hay que hablar de la lactosa y de cómo la digiere el organismo. La lactosa es el azúcar natural que se encuentra en los lácteos y, para poder digerirla, el cuerpo utiliza una enzima llamada lactasa. Durante la infancia, ésta se produce en mayor cantidad, pero con el paso de los años, en muchas personas su producción disminuye de forma natural.
Cuando no hay suficiente lactasa, la lactosa no se digiere por completo y continúa su recorrido hacia el intestino grueso. Ahí es utilizada por las bacterias intestinales, lo que genera un proceso de fermentación que produce gases y otros compuestos responsables de síntomas como inflamación, distensión abdominal o diarrea. Estos síntomas suelen aparecer después del consumo de lácteos y desaparecer con el paso de las horas y, generalmente, no se presentan cuando estos alimentos se evitan, lo que confirma que se trata de una intolerancia y no de una enfermedad grave.
Es importante saber que no todos los lácteos provocan las mismas molestias en todas las personas intolerantes a la lactosa. La tolerancia depende del tipo de lácteo, de la cantidad consumida y de la forma en que se incorpora a la alimentación. Por ejemplo, los lácteos fermentados como el yogur natural o el kéfir suelen ser mejor tolerados, ya que parte de la lactosa se ha descompuesto durante su elaboración. Algo similar puede ocurrir con quesos frescos como la panela, que algunas personas toleran mejor que un vaso de leche.
Desde la alimentación, existen estrategias sencillas que pueden ayudar a mejorar la calidad de vida de las personas intolerantes a la lactosa. Hoy en día, en el supermercado existe un sinfín de productos deslactosados, desde leche hasta cremas y yogures, lo que permite seguir consumiendo lácteos en distintos platillos sin perder sabor ni variedad. También puede ser útil elegir bebidas vegetales como lechadas de almendra o coco, que no contienen lactosa. Cuidar el tamaño de las porciones, repartir el consumo de lácteos a lo largo del día y evitar consumirlos en ayuno suelen ser ajustes que marcan una diferencia importante.
Actualmente, se comercializan enzimas con lactasa que pueden ayudar a digerir la lactosa; sin embargo, es importante acudir con un profesional de la salud para recibir indicaciones adecuadas sobre su uso. Eliminar todos los lácteos sin una planeación adecuada no es la mejor opción, ya que estos alimentos aportan nutrimentos importantes como calcio, proteína y vitamina D, y su exclusión sin sustituciones adecuadas puede favorecer deficiencias nutricionales.
Cuando los lácteos ya no se toleran como antes, aprender a elegirlos mejor y a consumirlos de forma consciente permite disminuir molestias digestivas y mantener una alimentación equilibrada, flexible y realista, adaptada a cada etapa de la vida. Si consideras que podrías ser intolerante a la lactosa, lo más recomendable es acudir con un profesional de la salud, quien podrá orientarte y acompañarte en este proceso de manera individual.