Cada trienio, el país asiste a un espectáculo digno de una comedia de enredos. Se abre el telón y un nuevo grupo de burócratas, convencidos de que el mundo del gobierno gira a su alrededor, toma posesión de las dependencias como si fueran castillos. Olvidan que existen técnicos, gente con experiencia, con el perfil adecuado para aréas especificas e icluso funcionarios basificados, héroes anónimos que han dedicado años a descifrar los laberintos de la burocracia y son, en realidad, los verdaderos artífices del funcionamiento gubernamental.
Pero, ¿quién necesita talento y experiencia cuando la lealtad ciega de un grupo de acólitos es suficiente? Estos advenedizos, armados con un manual de "Cómo no hacer las cosas", desplazan a quienes realmente podrían ayudarles. ¿Qué sentido tiene valorar la experiencia cuando se puede llenar el espacio con un círculo de confianza que aplaude fervientemente las ocurrencias del jefe?
Así, cada cambio administrativo repite el mismo ciclo: la instalación de grupos de poder que ignoran a los verdaderamente capacitados. Los nuevos funcionarios, con su entusiasmo desmedido y nula experiencia, toman decisiones que parecen extraídas de un manual de gestión de crisis... de cómo crear más crisis.
La burocracia se engorda a pasos agigantados, volviéndose obesa e ineficiente. Cada administración suma su cuota de ineficacia, añadiendo niveles de jerarquía a un sistema ya laberíntico. El gobierno se convierte en una ballena varada, atrapada en las redes de su propia incompetencia.
Este ciclo no es solo un problema de gestión; es una celebración del cinismo institucional. Lo que importa no es el servicio al ciudadano, sino mantener cuotas de poder y cuidar la imagen del nuevo gobierno. ¿Quién necesita eficiencia cuando se puede tener un desfile de incompetencia que se transforma en una obra de arte del absurdo?
Así estamos, atrapados en una rueda burocrática que premia la lealtad sobre la competencia. Aplaudimos la llegada de nuevos “expertos” que, en lugar de aprender de quienes han estado en el campo de batalla, se empeñan en reinventar la rueda. Mientras tanto, el ciudadano de a pie sigue esperando que alguien sepa gestionar adecuadamente su gobierno. Pero no se preocupen, siempre habrá un nuevo trienio para seguir riendo de este teatro del absurdo. ¡Que siga la función!
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