Testimonios reviven inundación de Irapuato de 1973 a 52 años
La inundación de 1973 transformó a Irapuato, no sólo destruyó viviendas y dejó víctimas, también reveló la capacidad de resiliencia de sus habitantes
La inundación de 1973 transformó a Irapuato, no sólo destruyó viviendas y dejó víctimas, también reveló la capacidad de resiliencia de sus habitantes

Paul Witrago / El Sol de Irapuato
Irapuato, Gto.- El 18 de agosto de 1973, la ciudad de Irapuato vivió una de sus peores tragedias, con la inundación que dejó miles de pesos en aquel entonces de pérdidas materiales y un recuerdo imborrable en la memoria colectiva. Hoy, a 52 años de distancia, testigos de aquel desastre relatan cómo lo vivieron y qué huella dejó en sus vidas.
Trigio recuerda ese suceso con un doble peso, el familiar y el profesional y dijo a El Sol de Irapuato que “la inundación fue un desastre que afectó a toda la ciudad, en mi casa, en la calle Genaro Acosta, el agua alcanzó metro y medio, recuerdo que mis hijos Tigrio y Sergio tuvieron que nadar en el pasillo para rescatar lo que se podía. Mi esposa logró salvar mis negativos fotográficos y parte del equipo, fueron días muy crueles, sin alimento ni manera de trasladarse, la ayuda de vecinos como don Nacho Duarte y Mario Rey fue vital, ellos nos auxiliaron y Mario incluso nos llevó la primera comida”.

También recordó la figura de su hermano Marcolino Witrago, quien él acudió a cubrir el rompimiento de la Presa del Conejo y “me advirtió que no fuera, porque ya era muy peligroso, gracias a ese aviso regresé. Mi hermano quiero resaltar que él dejó un gran legado como reportero gráfico y sus fotografías en El Sol de Irapuato que narraron la magnitud de la tragedia, su figura no se ha borrado con el tiempo, al contrario, creció”.
Hoy, con medio siglo de distancia, el balance es claro, dijo que “la ciudad cambió, muchas casas de adobe se perdieron, pero aqueélo abrió paso a la modernización, Irapuato progresó y estos también se debe, gracias a la fuerza de su gente”.
Para Alicia Pimentel González dijo que “nos pedían un pan en la calle”.


Con apenas 14 años, Alicia Pimentel vivió la tragedia en carne propia junto a su familia. Nosotros vivíamos por el bulevar Díaz Ordaz, cuando el agua empezó a subir corrimos a la azotea aquí recuerdo que alcanzó hasta casi los tres metros, recuerdo que la gente corría como para ponerse a salvo, fueron días muy tristes, con miedo y sin comida, mis hermanos salieron en lanchas a buscar víveres y cuando regresaban con costales de pan, la gente en la calle les pedía un bolillo, lo que fuera para comer, también recuerdo muy bien a señores con traje, trabajadores de bancos, pidiendo un pedazo de pan. Eso nunca se olvida”.

Más que la ayuda oficial, lo que sostuvo a las familias fue la unión agregó que “nos apoyábamos entre todos, compartíamos lo poco que teníamos, la solidaridad entre vecinos fue nuestra verdadera fuerza. Hoy, la comparación entre aquel Irapuato devastado y la ciudad actual dice nada que ver con aquel tiempo, la ciudad se recuperó, salimos adelante, ahora está más bonita y más fuerte, pero la tragedia nos marcó para siempre a muchos quienes la vivimos”.
El 18 de agosto de 1973, una de las peores inundaciones en la historia de Irapuato dejó pérdidas incalculables y cicatrices imborrables.
Este es otro de los relatos de Juan Cervantes, dijo que en ese tiempo él tenía 29 años cuando la tragedia lo sorprendió, recuerda que la mañana parecía normal.

“Ese día iban a inaugurar el edificio de las oficinas gobierno en los Eucaliptos, nos dimos cuenta de que decían que venía el agua, en aquél entonces Yo trabajaba cerca y fui con mis compañeros fuimos varias veces a ver el nivel del agua, pero parecía tranquilo, a eso de las 11:30 ya vimos que no y vimos que realemente se venía fuerte, todos corrimos con nuestras famlias”.
Su primera preocupación fue su padre, que tenía un local de frutas y verduras en Zaragoza y Manuel Doblado. Intentó alcanzarlo en su carro, pero el caos lo obligó a dejarlo y seguir a pie, recién casado, también pensaba en su esposa, con quien vivía en la colonia General Anaya.
La desesperación lo llevó a subirse a camiones que intentaban abrirse paso entre calles anegadas, al llegar a la zona de Granaditas y Xicoténcatl, el agua era ya una corriente peligrosa:
“Me subí a tubos porque el agua iba fortísima, luego, desesperado, me bajé, me mojé la cara para reaccionar y seguí buscando cómo avanzar, en una casa me dejaron subir al techo, desde ahí vi cómo un camión de plataforma con gente arriba fue arrastrado por la corriente”.
Pasó horas atrapado hasta que logró cruzar calles con ayuda de cuerdas y ventanas para aferrarse.
Finalmente llegó a su hogar en Torres Landa, pero ya no quedaba nada. “Nos habíamos casado hacía poco, sólo teníamos un ropero, la cama, un comedor y la estufa, todo se perdió, esta tragedia nos dejó marcados, pero no rendidos”.

Mario González Delgado, el vivió esta tragedia cuando era niño, él recordó que pasó más de 20 horas sobre una azotea junto a otras familias, el agua seguía subiendo en las calles Francisco Sarabia y Niños Héroes y la única fuente segura para beber agua fue la que guardamos en los tinacos.
“Cerramos las llaves para cuidar el agua y de ahí tomábamos, el miedo era grande, el agua no paraba de subir, desde el techo veíamos cómo todo quedaba bajo el agua”.
Lo que más lo marcó fue la falta de apoyo oficial, vio que sus padres no recibieron apoyo. “Nos quedamos sin nada, el gobierno nunca nos dio ayuda, todo se repartía entre los que tenían influencias, nosotros sobrevivimos porque gente de otros ranchos y solidarios nos llevaba frijoles, café o leche. Si no, no sé qué hubiéramos hecho”.
“Perdimos todo, absolutamente todo y tuvimos que empezar de cero. Fue muy duro, pero lo que más dolió fue ver la injusticia, la tragedia nos enseñó que en esos momentos la solidaridad de la gente vale más que cualquier promesa de autoridad”.
DIF brindó atención en zonas preferentes y pabellón incluyente, todos tuvieron alta afluencia durante los eventos