Localdomingo, 9 de noviembre de 2025
Pancho Villa estuvo en Irapuato. Tres historias dan testimonio de ello
Tocó la suerte a un hacendado, que se hacía entender a señas y para ello se auxiliaba de uno de sus hijos.
Irapuato de Mis Recuerdos

Historia 1. De los relatos de don Pablo Arévalo Hernández, Dorado de Villa, reclutado en San Clemente Romita en 1912.
En una de sus primeras visitas a Irapuato, Villa estuvo en el cuartel de lo que fue la antigua alcaldía, contiguo al templo de San José (Escuela Aguiluchos de Chapultepec). No estaba lejana la masacre de Zacatecas y la gente temerosa se acercaba lo mismo a ofrecer granos, animales y comida, que dinero para no ver afectadas sus propiedades.
Tocó la suerte a un hacendado, que se hacía entender a señas y para ello se auxiliaba de uno de sus hijos. “Mi padre no oye ni habla”, replicó el muchacho; a gritos, Rodolfo Fierro trataba de hacer entender al señor que debía de pagar como todos los demás para respetarle la vida y la propiedad y más de una hora pasaron en la infructuosa comunicación, uno a gritos y el otro a hacer señas de no entender lo que se le decía. Villa, impávido, bebiendo una malteada de fresa, su favorita, le dijo a Fierro: “déjalo ir”. Fierro hizo los ademanes de que se fueran y el par empezó su retirada.

Villa sacó un peso de plata de su bolsillo y lo lanzó a las espaldas de padre e hijo; al tintineo de la moneda al caer al piso, el padre, el que decía estar sordo y no entender, volteó y se apresuró a recoger la moneda, sólo para encontrarse con los ojos entrecerrados de Villa y su sonrisa llena de sarcasmo. “Fierro... Fusílame a estos cabribes”, rugió Villa; “no hace falta”, respondió Fierro, disparando dos veces a las cabezas de padre e hijo y quedaron en el patio del cuartel. Y de ahí Villa y Fierro partieron a la plaza de toros de la Estación, donde se ofreció una corrida de toros en su honor.
(Anécdota de don Pablo Arévalo Hernández, Dorado de Villa; año de 1912).
Historia 2. De Don Santiago Rosales, quien vio morir a su madre y dos hermanos por el maíz con aserrín.
“En 1914 llegaron los Huertistas (federales) y empezó a correr la voz que iban a dar comida; hacía tres días que nadie comía en Irapuato y mucha gente fue a la estación de trenes y sí, dieron maíz molido, pero revuelto con aserrín y la gente empezó a morir después de comer.
A los dos días llegó Francisco Villa y salieron los federales y la gente del pueblo le contó lo que hicieron los pelones. Villa ordenó abrir los vagones de comida de la tropa, de sus dorados y él en persona, con sus generales, empezó a repartir maíz molido y se oyó el murmullo. Villa escudriño con sus ojos y preguntó: “¿Qué sucede?”. Le informaron lo del maíz con aserrín y llamó a varias de las adelitas y soldaderas. “Háganme unas tortillas y un chile”, gruñó más que ordenar y así lo hicieron y dio la orden a sus generales de comer de las tortillas junto con él y así lo hicieron y la gente se empezó entonces a formar en torno a sus trenes”.
(Anécdota de don Santiago Rosales, transcrita de su viva voz en 1977, narrada 63 años después de vivir la amarga experiencia).
Historia 3
En 1911, en sus primeras visitas de Villa a Irapuato, éste fue invitado con sus principales oficiales a comer a la casa que estuvo en pie en las esquinas de Hidalgo y Galeana, donde al día de hoy se instala la señora de los taquitos dorados.
Ya estando sentado y departiendo, uno de sus guardias se propasó con una de las sirvientas de la casa, tirando ésta la comida de la charola que llevaba. Villa montó en cólera y se paro de la mesa; le siguió su segundo, Rodolfo Fierro, llamaron al guardia a la puerta de la casa y salieron con el ofensor de la sirvienta; se oyeron 12 balazos. Villa y Fierro lo mataron en la hoy calle Galeana por la ofensa a la sirvienta y regresaron a comer como si nada.
Historia 4
Una de las historias registradas más perturbadoras. En una comida dentro de la Casa Albarrán, (Casa de las Diligencias), en las esquinas de la Calle Guerrero y Ocampo, una mujer entró preguntando por la suerte de su esposo, apersonándose en la mesa donde comía Villa. Tanto insistió que éste se paró de la mesa y preguntó a Rodolfo Fierro por el marido de la mujer. Fierro le indicó que ya lo habían matado.
La mujer empezó a golpear a Villa con todas sus fuerzas gritándole “¡asesino!”. Villa la jaló del brazo y la llevó fuera de la casa al patio de las diligencias de la casona, sacó su pistola, le disparó a la mujer en la cabeza y regresó a la mesa a comer. El cuerpo de la mujer fue arrastrado a las esquinas de Guerrero y Ocampo. Estuvo un rato tirado a media calle, hasta que pasó un tranvía de carga por Guerrero y en él venía el cuerpo del marido de esta mujer. Algunos vecinos hicieron la parada al tranvía y subieron el cuerpo de la infortunada junto al de su esposo.
Ese también era Villa y no sólo los testimonios de personas cuyos abuelos presenciaron el evento, algunos dicen que está llena de claroscuros, pero la historia lo muestra con más oscuridad que claridad, con mucha más popularidad y fantasía que logros.
Unas pocas notas de su paso por Irapuato en los años de 1912, 1914 y 1915.