Análisismartes, 31 de diciembre de 2024
Florencio Cabrera C.
“La felicidad es querer lo que uno hace, no hacer lo que uno quiere”. Jean-Paul Sartre.
Feliz año nuevo, un adjetivo, un sustantivo y un adjetivo, tres palabras que encierran inmensa riqueza donde cada una representa un mundo de sustancia anímica. Frase que escuchamos y decimos en casa, en la reunión, en la calle y en el ciber chat, frase que muchas veces es adorno de un saludo sin trascender el mensaje de ventura que envuelve el deseo vehemente de salud y prosperidad.
¿Es algo nuevo para festejar lo que Nicolás Copérnico descubrió como el término y el principio de un giro más de la tierra alrededor del sol? La milenaria cultura china conmemora el año nuevo como lo concibió Nietzsche que comenté en este espacio hace un año, todo se repite porque la realidad no tiene principio ni fin ni otro sentido que el de ser ella misma una y otra vez. Para nuestra forma y ser de pensar y para la cultura cristiana, el tiempo tiende a ser lineal con un comienzo y un final que armoniza con la ciencia al establecer que nuestro sol, de quien depende la vida antes que todo en nuestro planeta (que se calcula cursa en la mitad de su vida) y la energía en los demás del sistema solar, tendrá término al agotar el hidrógeno (el combustible) del núcleo estimado en 4 mil 500 millones de años, por lo que, una cosa es el concepto filosófico del tiempo y otra es lo que enseñan las matemáticas, la física y la química.
La otra palabra de la frase de buenos deseos es impalpable, más filosófica: ser feliz, la eterna lucha por dar significado a nuestra existencia, pues ¿cuál es propósito de la vida del hombre si no es la felicidad? El tropiezo es encontrar una definición universal debido al carácter subjetivo de la palabra y a las distintas ramas desde donde se aborda como la teología o la ética; la política o el hedonismo que establece el placer como fin y fundamento de la vida. Cada cabeza es un mundo y cada persona la entiende de acuerdo a sus acciones y decisiones que se alinean con ella. El meollo es descubrir la naturaleza del mundo y comprender el lugar y el papel de cada uno desempeñamos en él. Es el agrado de reconocer la vida como una oportunidad de disfrutar el mundo que nos rodea. Para Aristóteles la felicidad es el fin último de la vida, el propósito más elevado y el bien mayor que guía las acciones humanas, felicidad que se alcanza cuando se hace el bien y se es justo, propósito que se entiende como una meta por alcanzar.
Según esta postura, la meta no está donde tenemos plantados los pies, está allá, al final de una carrera. Lo que creo es que la felicidad está en el camino que se recorre, en saber disfrutar de lo que se presenta en el trascurso de la existencia, está en cada paso que se da, en cada cosa pequeña o grande con la que se encuentra en la calzada de la vida. Está en aceptar que el sufrimiento es inevitable y que la felicidad está al alcance de nuestra mano. No está al final del camino sino aquí, en el presente desde que los sentidos y la razón se manifiestan después del nacimiento hasta la muerte.
La meta es para superar y mejorar lo que se tiene, lo que se descubre, aspirar en lograr algo, dominar las adversidades que invariablemente se presentan, vencer en la lucha contra el crimen, contra la enfermedad, la pobreza, la discriminación, la intimidación.
Al final de cuentas la vida se nos ha dado para crecer, para aprender, para disfrutar y para amar. Atreverse a ser uno mismo, atreverse a vivir los sueños, atreverse a ser feliz y cada año nuevo es una nueva oportunidad de renovarlo. Feliz y venturoso año 2025 a todos mis lectores.
PS El fallecimiento del expresidente de EE UU con quien tuve trato personal en varias ocasiones, deja un hueco de filantropía difícil de llenar.
flokay33@gmail.com