Yo, como tú, fui joven y ahora que los años han pasado me doy cuenta que no hay juventud ni vejez, pues nunca he visto al viejo o al justo desamparado, ¿tal vez? le he visto en silencio escondiendo tormentas de emociones, sonriendo aunque sus pesares existan marcando su resiliencia, haciendo y no diciendo lo que hará, sin miedos, pues sabe que el miedo no detiene a la muerte pero si le detiene para vivir.
El justo sabe que no hay vientos perfectos como tampoco hay días perfectos y la música que el silencio llega con los años y el mundo sigue indiferente a los que en vida mueren, por eso vive agradecido, agradecido con los que le recuerdan el camino y le dan el empujón que hace falta para seguir el camino, agradecido con los que le esperan cuando pierde el norte. Agradecido con los que le sujetan cuando cae, con quienes le secan las lágrimas y le hacen nacer sonrisas. Por eso yo también, agradezco a los que me miran y ayudan. A los que aguantan mi impaciencia. A los que caminan a mi lado en las buenas y las malas, a quienes me hacen pensar y me piden que, de vez en cuando, frene esa máquina incesante que tengo en la cabeza que no para nunca. Agradezco a quienes se ríen cuando me equivoco y me buscan y me encuentran y siempre intuyen dónde estoy sin importarles si me pierdo en un viaje interior.
Agradecida porque en este muy significativo próximo cumpleaños pude realizar un nuevo viaje gracias a la bondad de quienes me aman, así que hoy, de nuevo, estoy en el bello París en reconstrucción constante donde después de las Olimpiadas realizadas aquí, se reutilizará la madera que se usó, para construir todo aquello que dio bienvenida a propios y extraños, poder ver de nuevo la Torre Eiffel, siempre impone aunque estén realizando trabajos alrededor de ella, lo que impide estar cerca o debajo de ella, el arco del triunfo con todo el legado patriótico que representa, la avenida de Campos Elíseos con sus bellas y lujosas tiendas, comerte un croissant de “a de veras” y una deliciosa crepa de nutela en los puestos callejeros, o decidir en un día comer y cenar los famosos “escargots” vulgares pero deliciosos caracoles, que aquí no son los panteoneros de mi México querido, tomar un pastis con la comida o antes de, bebida etílica común entre los franceses sin importar la hora para hacerlo, caminar hasta el famoso Café de Flore y degustar un delicioso café o chocolate con un no menos delicioso postre de mil hojas, son motivos para estar agradecidos, lograr ver de nuevo la reconstruida Iglesia de Notre Damme a pesar de la cola para entrar y seguir hasta el Sagrado Corazón en el barrio famoso de Monmartre, subir las escaleras y encontrar que ahí está nuestra maravillosa Virgen de Guadalupe que yo recuerdo antaño estaba en Notre Damme, son cosas que llenan el alma, salir y encontrarte con una vista de “Tout” Paris desde esas alturas, sentarte a escuchar a un joven músico alegrando a los visitantes con música moderna, es algo que no cuesta y no tiene precio, bajar para como cada vez que vengo, sentarme, por supuesto a comer mis caracoles en el RESTAURANT Rostart con muchos años encima, donde los dueños te reciben con sonrisa y atienden como si en verdad te recordaran, es siempre agradable, regresar en calidad de “ bulto” a tu hotel después de caminar kilómetros y kilómetros y sentarte a platicar con dos nuevas amigas de Torreón ahora avecindadas en Mazatlán, otrora bello, te da la sensación de estar en tu tierra, en fin, el viaje continúa y yo con él, y dura lo que tenga que durar así que mientras tanto seguiré compartiendo mis aventuras esperando les hagan vivir un momento de lo que veo y vivo deseando me envíen sus comentarios en angeldesofia@yahoo.com.mx Agradeciéndoles.