Aventuras del detective Dick Dongú: Una noche en el bar “El Capricho”
Una extraña aventura de Dick Dongú, el más feúcho y flaco detective avecindado en la muy noble y leal ciudad de Celaya
Por: José Ralmav
Redacción / El Sol Del Bajío
—Muchachos, como apenas hace un mes mi querida Celaya cumplió años de su fundación, échense el corrido “Los Combates de Celaya”.
—Con mucho gusto, maestro Vélez—dijo don Filemón.
Y de inmediato los mariachis, con el más puro estilo autóctono, empezaron a cantar —“En mil novecientos quince, jueves santo en la mañana, salió Villa del Parral, a combatir en Celaya”.
Al terminar de cantar el antiquísimo Corrido, aclamado por todos los habitantes del bar en aquella Noche de Muertos, Gumaro Pérez les dijo a los músicos:
—Para seguir con nuestro homenaje a esta tierra de las cajetas, aviéntense muchachos con esa canción que dice: —“Una carta escrita en oro, te mandé desde Celaya...
—Don File, ahorita acabo de componer tres cuartetos dedicados a Celaya, léalos con atención, póngales música y que los cante su magnífico grupo.
Don Filemón agarró la servilleta, leyó rápido lo escrito y poniéndose de acuerdo con sus seis subalternos empezaron a cantar lo siguiente:
—“En las ramas de un mezquite
cantaba una guacamaya,
y en su cántico decía
¡no te olvides de Celaya!”
—“Sigue, sigue caminante
entre el calor y el frío,
vente a mi tierra bendita:
¡puerta de oro del Bajío!”
—“Vuela, vuela palomita
y aunque bien o mal te vaya,
carga bien sobre tus alas
mi gran amor por Celaya”.
—Señores, nos tenemos que retirar...nuestro rancho está lejos. Son trescientos pesos por las tres canciones.
Con acento compungido contestó Gumaro:
—Señores mariachis, mi amigo y yo andamos un poco quebrados, lo único que podemos pagarles por su gran actuación es con unos cuantos refresquitos.
—Estas tres lindas canciones bien valen seiscientos pesos.
Entonces Aurelio Fontanés, levantándose, añadió:
—¡No, amigo Dongú, para mí valen mil doscientas brocas!—y dicho y hecho entregó otros seiscientos pesos a don Filemón.
Al retirarse los “Agraristas” el Churro entregó a Gumaro dos servilletas diciendo a la concurrencia:
En seguida con su potente voz de declamador Gumaro recitó los ingeniosos versos, provocando la hilaridad de los presentes.
Unos minutos después, repentinamente, los cuatro focos se apagaron y en medio de las profundas tinieblas el feucho Dongú tuvo una visión: vio entrar por el corredor al salón del bar a un tipo idéntico a Aurelio:
—¡Aníbal...hermano!—gritó su amigo.
El aparecido empuñaba en su mano derecha una daga toledana; tomándola por la punta caminó hasta situarse frente al gordo Barromeo y levantando el brazo lanzóla sobre el dueño de la cantina:
En otra visión el investigador vio al mal poeta Luis Pastor declamar unos versos de Amado Nervo a una amiga, acreditándose como su autor: la bella dama lo premió con un beso.
El escuálido Dick Dongú se puso de pie y así le respondió al juez Eustaquio de Mendoza:
—Honorable juez, todo acusado merece un defensor y con vuestra venia yo me ofrezco para defender a quienes vos acusáis injustamente.
—Os escucho, feísimo defensor—contestó Mendoza, de mala gana.
El juez Eustaquio de Mendoza, despechado, quedóse unos minutos pensativo; pero luego reaccionó con violencia: se paró y corriendo hacia el centro del salón señaló a todos los habitantes del bar y rugió:
—¡Honorable juez, ordenad a vuestros hombres abandonar este lugar: si no me obededecéis os degollaré!
De Mendoza sintió la muerte en las palabras del feo detective y gritó:
—¡Soldados, abandonad esta habitación, corred hacia el corredor!
—¡Hasta la calle!—rectificó Dick.
—¡Hasta la calle!
—¡Hermano, regresa...regresa!
Al momento se presentó la figura espectral de Aníbal y Dongú así le habló:
—Amigo, necesitamos regresar a nuestro tiempo y en tus manos está nuestra salvación. Debes perdonar a Juan Barromeo, tú sabes bien que él te quitó la vida por un mero accidente; además, si lo perdonas, libre de rencores tu alma descansará en paz.
Dongú alzó su vaso y exclamó:
—Amigo Aurelio, brindad conmigo por este feliz retorno a nuestro mundo. Respecto al jalón de cabellos que vos sufristéis fue una travesura de vuestro hermano, quien ahora descansa en paz.
—Amigo Dongú, estáis hablando en forma antigua—replicó Fontanés
—Vos también—sonrió el sabueso de la feucha cara apurando de un golpe su vaso de brandy.























