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Héctor Barra es un creador de instrumentos que utiliza diversidad de materiales para crear música / Foto: Andrés Téllez / El Sol del Bajío
SAN MIGUEL DE ALLENDE, Gto.- En una calle tranquila de San Miguel de Allende, sobre Calzada de la Aurora, casi esquina con avenida de La Luz, se esconde un espacio donde la creatividad toma forma de sonido. Es el taller de Héctor Barra, un lugar multifuncional donde la música nace de materiales tan diversos como la madera, el barro, el PVC o la plata. Aquí, Héctor da vida a instrumentos primitivos de distintas partes del mundo, en versiones propias, adaptadas a la realidad y a los recursos que tiene a mano.
“Lo que tenemos es un taller multifuncional”, explica. “Realizamos diferentes técnicas donde fabricamos instrumentos primitivos, algunos precolombinos, pero no necesariamente como se hacían tradicionalmente. Son como me salen a mí, con los materiales que tengo a mi alcance”. Esa flexibilidad lo ha llevado a reemplazar bambú o quiote de maguey por madera o PVC, siempre guiado por el ingenio y las circunstancias.
Las ocarinas han sido parte de su vida desde que era un niño, ya que creó su primera a los cinco años / Foto: Andrés Téllez / El Sol del Bajío
La pasión de Héctor por los oficios y las artes viene de cuna. Su padre, Osvaldo Barra, fue un reconocido pintor muralista, autor de los murales del Palacio de Aguascalientes. “Mi papá trabajaba vitrales, cerámica… Junto con Víctor Sandoval, fundaron un centro de artes y oficios en Aguascalientes. Yo vi cómo se armó todo eso, y desde niño estuve metido en los talleres.” La imagen es vívida: niños moldeando barro bajo la guía de un artista, creando ocarinas desde los cinco años como un juego y un aprendizaje simultáneo.
Héctor estudió metalurgia, lo que amplió su conocimiento técnico y lo preparó para mezclar técnicas con libertad. “Nunca planeé hacer instrumentos, eso se fue dando.” Comenzó vendiendo en San Ángel, Ciudad de México, durante dos décadas, muchas veces acompañado de su padre. Hoy, instalado en San Miguel, sigue dedicado al mismo arte que lo atrapó en la infancia.
Tambores chamánicos son parte de su colección de instrumentos / Foto: Andrés Téllez / El Sol del Bajío
Su taller actual es un reflejo de años de prueba, error y reinvención. “Ahorita hice mi horno casero para cerámica y me estoy enfocando en hacer ocarinas de barro”, cuenta. Pero también fabrica djembés, ashikos, tambores chamánicos, maracas de mimbre y trabaja con metales, especialmente plata. La versatilidad es su norma, la necesidad su musa. “A veces te va forzando la realidad a cambiar de materiales. Las tormentas que ahora hago de PVC, antes las hacía con quiote o bambú. Aquí no conseguía bambú, entonces probé con PVC… y suena impresionante. No sé si mejor o peor, pero suena muy bien y es resistente, sobre todo para los niños.”
Durante la pandemia, su taller se vio en pausa. “Tuve que poner una tienda de abarrotes. Nadie iba a comprarte un tambor a media pandemia”, recuerda con humor. Pero la constancia y la terquedad, como él mismo dice, lo ayudaron a retomar el rumbo. Hoy, los instrumentos que fabrica no solo se venden, sino que fascinan. “Tenemos la gran ventaja de que lo que hacemos no hay aquí en San Miguel. A la gente le parece atractivo, vienen, lo ven, y les gusta. A veces vuelven con más personas, y es gratificante que les guste lo que haces.”
Uno de los más gustados es el globófono, que tiene un sonido muy similar a un saxofón / Foto: Andrés Téllez / El Sol del Bajío
Cada pieza que nace en su taller lleva la marca de lo artesanal, de lo aprendido con las manos y el corazón. Algunos de sus instrumentos más buscados son verdaderas rarezas: el globófono —una flauta de PVC con un globo que suena como saxofón—, “el rayo”, que imita el sonido de una tormenta con alambre y piel, o las tormentas de PVC con resorte. Otros, como las ocarinas o los tambores, son herencia directa de una vida dedicada al arte y al oficio.
Para quien quiera explorar este universo de sonidos, Héctor ofrece un recorrido sonoro por su taller, donde muestra los instrumentos, comparte historias y, sobre todo, invita a crear música. En un rincón donde la necesidad y la creatividad se abrazan, Héctor Barra demuestra que no se necesita mucho para hacer magia… solo las manos, la memoria y la voluntad de seguir creando.