Hace unos días apareció en librerías la autobiografía del Papa Francisco con el título “Esperanza”. Un título francamente atractivo para quienes vivimos los complicados tiempos que corren. Jorge Mario Bergoglio, hijo y nieto de inmigrantes italianos que llegaron a Argentina, en el siglo XIX, se dio el tiempo de escribir su memoria autobiográfica porque como él declara en la Introducción: “Una autobiografía no es nuestra literatura privada, más bien nuestra bolsa de viaje” y en ese sentido el papa nos comparte las íntimas influencias que dan cuenta de un perfil profundamente humanista, porque tiene sus raíces los esfuerzos de sus antepasados. Nos habla también de influencias que incluyen el cine y otras artes. Me pareció muy interesante su alusión al cine neorrealista italiano, en específico a la cinta de Fellini: “La strada”, de donde cita un diálogo interesante entre los personajes Matto y Gelsomina: “Dios que lo sabe todo, cuando naces y cuando mueres, yo no sé para qué sirve esta piedra, pero para algo tiene que servir, porque si es inútil entonces todo es inútil, también las estrellas y también tú también sirves para algo con lo tonta que eres”.
Su relato autobiográfico va acompañado de fotografías, comienza con las de sus abuelos, de sus padres, de él mismo en sus diferentes etapas, que comienzan cuando niño e ilustra la forma en la que sus familiares y algunos sacerdotes contribuyeron a su educación religiosa. Nos comparte de su afición a jugar al fútbol. Lo interesante es que cada una de estas experiencias le va dando un significado. “El juego y el deporte son una gran oportunidad para aprender y dar lo mejor de nosotros mismos, sacrificándonos si es preciso sobre todo sí se está en un equipo”. Los mismos títulos de sus capítulos son muy significativos. El ocho se titula “La vida es el arte del encuentro”. Ahí nos habla de que la música clásica es “una flor que cultivó desde que era un muchacho y es un regalo heredado de mi madre” Reflexiona en que el fracaso “oculta cierta sabiduría, es la sabiduría de quien se pone de pie de nuevo”. El sentido de la educación es relevante: “En el colegio aprendí casi sin darme cuenta a buscar un sentido de las cosas, a buscar la verdad y aprendí a estudiar, las horas de estudio en silencio forjaban la costumbre de la concentración y un notable dominio de la dispersión” Nos habla de su admiración y estimación por mucho a Borges: Me impresionaban la seriedad y la dignidad con las que vivía la existencia era un hombre muy sabio y muy profundo”. En cuanto a la presencia de Dios, es muy significativo este comentario: “Recuerdo mis pecados y me avergüenzo de ellos, pero incluso cuando los cometía, el Señor nunca me dejó solo. Nunca deja solo a nadie”. Otro título significativo es: “Nadie se salva solo” y nos cuenta su experiencia como Papa: “Yo no puedo vivir sin gente, esa fue una de las razones que me motivó a quedarme en Casa Santa Marta” donde celebra misa todas las mañanas a las 7:00 en la capilla, pero consumo las comidas con los demás huéspedes. “Es mi personalidad”. “Necesito vivir para los demás”. Otro título significativo es “La única manera de volvernos plenamente humanos” donde señala que “la injusticia es la raíz perversa de la pobreza” y reitera que: “no puede hablarse de armas sin hablar de la profunda injusticia que determinan y protegen el privilegio de la minoría en perjuicio de la mayoría”. Recuerda, por ejemplo, la gran tragedia de Hiroshima y también confiesa: “Me equivoqué mucho y mucho pude aprender y con dureza de mis errores”. Escribió una oración personal de la que cito un fragmento: “Creo que los demás son buenos y que debo amarlos sin temor y sin traicionarlos nunca buscando una seguridad para mí”. “Creo en la paciencia de Dios, acogedora como una noche de verano” “Creo en María, mi madre que ama y nunca me dejará solo” Y en los últimos capítulos, recordando una experiencia como confesor de un hombre que no se quedó a recibir la absolución, habla de la soberbia como el defecto más inquietante que hay, lo define como “una auto exaltación que envenena el sentimiento de fraternidad y manifiesta la patética y absurda pretensión de ser Dios”, sus argumentos van a lo profundo porque expresa que “el egoísmo no es sólo anticristiano también es autodestructivo la cortísima visión de un egoísmo sin fantasía ni creatividad hace que se pierda en gestos de rearme en conflictos, en destrucciones ambientales una riqueza inmensamente mayor”. Esta autobiografía, de la que he presentado algunos breves momentos, nos presenta a un ser cálido, humano y reflexivo, lo cual nos invita a tener esperanza en nosotros mismos como parte de esa humanidad llamada a salvarse en unión de los demás.