Rosario Horta
León, Gto.- En una mañana soleada, decenas de familias de diferentes colonias de León llegaron a Barrio Arriba para elegir un pan chiquito que fuera de su agrado, con intención de llegar al Templo de San Nicolás Tolentino y bendecir el alimento con fines curativos.
La señora Cecilia Gómez de 70 años de edad, llegó con un canasto en mano desde la colonia Valle Hermoso para bendecir su pan y luego repartirlo a sus hijos y nietos.
Platicó que desde hace 6 años vive la tradición y ahora le inculca a cada uno de los integrantes de su familia a que acudan a esta celebración católica como acto de fe.
El pan bendito se los doy a mis hijos y nietos, otro lo guardamos y cuando sentimos malestar nos lo comemos, esta es nuestra creencia.
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El señor Magdaleno Pérez Tostado tiene 84 años y cree que parte de su fuerza para caminar es gracias a que la fe mueve montañas.
“Yo vengo porque esta devoción me la enseñó mi esposa, cuando me duele algo, me como mi panecito”, manifestó.
Para que la Fiesta del panecito se haga posible, se han implementado cierres en la Aquiles Serdán, desde Amado Nervo a 16 de Septiembre, calle Constancia de 20 de Enero a 27 de Septiembre y la calle Moctezuma de 20 de Enero a Aquiles Serdán.
Así se vive la tradición de San Nicolás Tolentino
Al entrar por la calle Constancia, un aroma peculiar a pan caliente, buñuelos y guisos se desprende en el aire, tras caminar las voces resonantes de los comerciantes resaltan ofertando cuatro panecillos por 20 pesos.
Sobre el camino se observa a los devotos acomodando el pan en canastos, vasijas de barro o tazones de plásticos.
No hay edad para vivir la tradición ya que niñas y niños llegan con devoción así como jóvenes y adultos mayores.
Una vez llegando al Templo de San Nicolás Tolentino ubicado en la calle Aquiles Serdán, los leoneses colocan su fe en harina, trigo y mantequilla.
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La Fiesta de los Panecitos
La celebración rinde homenaje a San Nicolás de Tolentino, un fraile italiano del siglo XIII, según la tradición, cuando enfermó, la Virgen se le apareció en sueños y le indicó que remojara pan en agua para sanarse.
Al seguir ese consejo, recuperó la salud y comenzó a repartir pan entre los enfermos como una forma de agradecimiento.
Según la creencia que su canasta nunca se vaciaba y así fue como nació esta deliciosa tradición en uno de los barrios más emblemáticos de la ciudad.