México en un abismo: la barbarie devorando vulnerables
Este acto, además de ser un caso de justicia por mano propia, podría ser para muchos un espejo de la desesperación de quienes se sienten abandonados por instituciones ineficaces y por la falta de protección a los derechos elementales como la propiedad privada.
La señora Carlota, de 73 años, se encuentra actualmente sometida a un proceso penal por homicidio.
Otro caso sorprendente es el de una mujer integrante de un colectivo de madres buscadoras de Jalisco, que fue brutalmente asesinada con un balazo en el rostro. La mujer, en silla de ruedas, que no era aún muy mayor, pero lucía envejecida, buscaba a su hermano.
Cabe señalar que la agrupación a la que ella pertenecía fue uno de los colectivos presentes en el descubrimiento del campo de exterminio de Teuchitlán.
El descubrimiento de un centro de exterminio en el Rancho Izaguirre, en Teuchitlán, Jalisco, utilizado por la delincuencia organizada, reveló prácticas inhumanas que recuerdan a los peores episodios de la historia contemporánea.
En este lugar se encontraron hornos crematorios, fosas comunes y una alarmante cantidad de objetos personales de las víctimas, evidenciando la magnitud de las atrocidades cometidas.
En mi artículo anterior, justamente hablé del extremo de la barbarie a la que hemos llegado en México con el campo de exterminio de Teuchitlán.
Estos casos, aunque distintos en naturaleza, comparten un denominador común: la violencia y la impunidad han alcanzado a los sectores más vulnerables de nuestra sociedad.
Cuando las personas vulnerables, tradicionalmente respetadas y protegidas, se convierten en víctimas directas de la violencia o se ven obligadas a tomar medidas extremas para defenderse, es señal de una descomposición social profunda.
La falta de respuesta efectiva por parte de las autoridades, la impunidad y la normalización de la violencia han erosionado los valores fundamentales que deberían sostener a nuestra sociedad.
Tenemos también políticos que no resuelven los grandes problemas nacionales, sino que –como diría Javier Sicilia– tan solo administran el infierno. Y ahí está, además, la población que admira y aplaude, y la otra que mira para otro lado.
¿Qué mayor prueba de descomposición social que los cientos de miles de desaparecidos y los cientos de miles de muertes por homicidio en México?
Camino por la calle, me detengo en una esquina y observo un muro tapizado con carteles de personas desaparecidas en el contexto de la violencia extrema de nuestro país.
Hay que reconocerlo como tal. Es así, en este momento de su historia, el México que nos tocó vivir. Un modesto homenaje para esa madre buscadora es tomar, al menos, consciencia de su existencia y honrar esa vida que alguna vez fue. Se llamaba Sofía Raygoza.














