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El reciente descubrimiento de un campo de exterminio en Teuchitlán, Jalisco, es un punto de quiebre de la sociedad mexicana y ha puesto de manifiesto, una vez más, la brutalidad con la que operan las organizaciones criminales en el país.
El rancho Izaguirre, localizado en Teuchitlán, ha sido identificado como un centro de entrenamiento y exterminio de la delincuencia organizada. En este lugar se encontraron pozos crematorios, fosas comunes y una preocupante cantidad de objetos personales, incluyendo varios centenares de zapatos, prendas de vestir y otros artículos que pertenecían a personas desaparecidas. Estos hallazgos evidencian la magnitud de las atrocidades cometidas en el sitio que revelan prácticas inhumanas y que recuerdan, en especial esos zapatos, los peores episodios de la historia contemporánea.
El descubrimiento fue realizado por el colectivo Guerreros Buscadores de Jalisco, que fue alertado por una llamada anónima y que, al acudir al lugar, encontraron evidencias que las autoridades locales y federales habían pasado por alto en operativos anteriores.
Desde hace tiempo, hemos visto en los medios de comunicación un modo de operar preocupante consistente en ofertas de trabajo para jóvenes provenientes de distintos lugares del país que se dirigen a la ciudad de Guadalajara y que, una vez ahí, al llegar a su central de autobuses, se pierde la pista de ellos.
El periodista Héctor de Mauleón relata el testimonio de uno de los jóvenes sobrevivientes de Teuchitlán, el cual explica que eran esclavizados para ser entrenados y matar. Algunos eran obligados, a manera de castigo, a pelear entre sí hasta que morían.
Asimismo, debían cavar pozos para incinerar cuerpos. Hay cuadernos que registraban el número de personas que había ahí momento a momento. También se han encontrado cartas tristes de los jóvenes esclavizados dirigidas a sus seres queridos que nunca volvieron a ver.
Este hecho debería ser una conmoción nacional y debería hacer caer a cualquier gobierno, tanto estatal como federal. Pero no será así, pues como ya lo he dicho en otras ocasiones: 1) el entorno de inseguridad y violencia nos ha transformado –a nosotros los mexicanos– en personas profundamente individualistas e indiferentes; ante la impotencia y el hartazgo, es triste pero inevitable que nos interesemos solo por nosotros y nuestras amilias (lo cual derrumba, por cierto, el mito de la solidaridad del mexicano); 2) la soberbia de nuestros gobiernos actuales, sus omisiones y complicidades con la delincuencia organizada y sus abrazos no balazos no han logrado sino hacer florecer formas cada vez más atroces de barbarie: ahí están los frutos al dejar hacer a los delincuentes; 3) el populismo de nuestros gobernantes y el apoyo ferviente por parte de una enorme porción del electorado suponen un problema moral que la gente no advierte aún: la ineptitud y terribles resultados de los gobernantes populistas mezclados con la simpatía del electorado, despoja a ese mismo electorado de la postura crítica y exigente, y lo deja más bien aletargado.
Las promesas no cumplidas, los engaños y la arrogancia del gobierno, así como esta indiferencia de la sociedad mexicana ante estos y otros hechos (por ejemplo, los 700 mil muertos durante una pandemia gestionada de forma criminal y los cerca de 200 mil muertos por homicidio durante el gobierno de AMLO) me parece, repito, una indiferencia social que revela una ruptura moral de nuestro país. Violencia normalizada, indiferencia internalizada.
No anticipo una indignación nacional en el horizonte. Los políticos que explotaban políticamente hechos como estos ahora están en el poder. Todos aquellos ciudadanos (de izquierda, conservadores, liberales y progresistas) que apoyan a esos mismos políticos, en sus propios asuntos. Mientras quedará esa imagen de madres buscadoras, y no el Estado mexicano, cavando y extrayendo en Teuchitlán macabramente restos óseos. Mientras quedará la imagen de esos jóvenes tontos que cantan y admiran a los narcos, que se suman, unos, incluso voluntariamente a sus filas y caen como moscas frente al ejército o frente a otros grupos criminales, en el contexto de una sociedad que glorifica esa narcocultura; y otros jóvenes tristes que, engañados por la oferta de un trabajo honrado, fueron desaparecidos en Guadalajara y tantos otros rincones de México, en lo que fue la noche más oscura para ellos, pero también para este país.
Mientras, quedará la imagen de un Estado mexicano y de un gobierno federal que, no obstante sus servicios de inteligencia y todo el poder de su fuerza militar, llegó al extremo de permitir por acción u omisión la existencia atroz de algo tal como un campo de exterminio.
‘Campo de exterminio’ no es una exageración retórica. Sí, era también un campo de adiestramiento, pero también un campo de muerte. ¿Era un espacio dedicado, entre otras cosas, a exterminar o acabar con la vida de personas? Sí. ¿Las muertes se llevaban a cabo de forma sistemática? Sí. Pues era un campo de muerte.
Este carácter sistemático lo convierte, jurídicamente, en un crimen de lesa humanidad. No es que los otros cientos de miles de homicidios y desaparecidos, entre ellos, los 43 jóvenes de Ayotzinapa, o las incontables víctimas en miles de fosas comunes sean menos graves. No. Es que esto agrega un nuevo nivel de profundidad al deterioro del Estado mexicano y de su sociedad. Este es, y debe ser, un parteaguas… pues si bien existen muchos otros Teuchitlanes en México, este el primero del que tomamos consciencia. Este es, y debe ser, un llamado a la consciencia.
Debemos reconocerlo como tal, como un crimen de lesa humanidad. Y debe perseguirse jurídicamente como tal. México forma parte tratado internacional conocido como el Estatuto de Roma que estableció la Corte Penal Internacional. Su artículo 7 señala que los crímenes de lesa humanidad son aquellos delitos que se comenten de forma generalizada o sistemática en contra la población civil. Por razones de espacio, solo pondré unos ejemplos: delitos como el homicidio, la esclavitud o la violación, cuando son cometidos de forma sistemática, constituyen un crimen de lesa humanidad.
El mismo gobierno mexicano que quiso perseguir de traición a la patria a quienes secuestraron y llevaron clandestinamente a Estados Unidos a un famoso narcotraficante (como si dijera: con ‘nuestros narcos’ no se metan; o como si dijera: son ‘mis’ narcos), ese mismo gobierno debería perseguir este delito como lo que es: un crimen de lesa humanidad.
Porque eso es. Pero nadie hará caso. ‘La gente está feliz, feliz, feliz’, dicen los políticos. ‘Las cosas van bien’, ‘el peso mexicano está fuerte’. A estos políticos cínicos, omisos y cómplices del narco (que los dejó operar, crecer y les ofreció abrazos), solo les falta decir que a los jóvenes les espera un futuro prometedor.