Estaba frente a un auditorio pleno. Él con toda la dignidad de sus 81 años de edad y una larga trayectoria como actor de excelencia. Llegó la tarde del 13 de mayo al centro del foro en un teatro a reventar en Cannes, Francia.
Pero la Segunda Guerra Mundial impidió su continuación y fue hasta 1946 cuando Cannes comenzó su etapa creciente, objetiva y creativa sobre una de las artes más reconocida en el mundo y al que se convoca para ver y calificar el mejor cine del mundo.
Ese invento del hombre que lo mismo lleva alegrías, como tristeza, felicidad como nostalgias, lo mismo lleva lecciones de vida como aberrantes muestras de lo que el hombre es capaz de hacer para su propia destrucción.
“Eso hacía todas las semanas: ver comedias de Abbott, Costello, Laurel y Hardy, todas las comedias de la época”. Por entonces creía que su padre lo llevaba al cine “para pasar rato juntos sin tener que hablar”.
Es el mismo Robert Anthony De Niro quien nació en Nueva York, EUA el 17 de agosto de 1943. Hijo único de Virginia Admiral y Robert De Niro Sr. Y quien fue criado por su madre en Little Italy y en Greenwich Village (el barrio de artistas y todas libertades).
Y lo dicho ahí: De Niro no habla, es parco, cuidadoso, pero cuando lo hace importa.
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Él muy elegante, con smoking oscuro, camisa blanca brillante, corbata de moño negro y muy digno… Al mismo tiempo cargado de terror y de humildad, de incredulidad y de felicidad oculta; todo esto se le percibía en su andar pausado, en su mirada sorprendida, en su movimiento corporal que con suavidad recorría el trecho hasta el punto estelar.
En este 2025 del Festival de Cannes, fue homenajeado por su aportación al arte del cine, su aportación como actor y como un ser humano que dedica su vida a llevar ideas y arte a todo el mundo a través de historias que ocurren en la pantalla del cine; él con toda su inmensidad actoral que no deja el menor asomo de duda.
Fue Robert de Niro, el galardonado este año con la Palma de Oro por su trayectoria. Son sesenta y dos años de andadura desde su primera película con Brian de Palma, el también estudiante de cine: “La fiesta de boda” se llamó aquella incipiente cinta. Sin contar con que desde los diez años comenzó su presencia teatral interpretando al león temeroso en la obra escolar “El mago de Oz”.
El Festival de Cannes, en Francia, es uno de los más prestigiados festivales de cine en el mundo. Comenzó en 1938 cuando cineastas franceses e ingleses intentaron su inauguración a la vista de que el único festival de cinematografía que existía por aquellos años, el de Venecia, había quedado cooptado por los países nazi-fascistas.
El cine, ese arte en el que nos encontramos y encontramos a la vida y la penumbra de nuestras vidas, como también los momentos sublimes del ser humano. En el que encontramos distracción y solaz; el que nos dota de luz para entender nuestra vida y el universo de vidas y hechos.
Y ya se sabe, el cine no es sólo la historia que se cuenta en una película; no es solo el argumento, es el todo que está ahí, a la vista; el arte teatral, dirección, escenografía, luz, planos, música, diálogos, actuación, edición… tanto más: El cine es arte cuando alcanza niveles de excelencia.
Aquel año de 1946, en la primera edición del Festival de Cannes, la película “Roma, ciudad abierta” de Roberto Rossellini, ganó el Gran Premio, que más tarde se convertiría en la Palma de Oro, la cual representa el reconocimiento de quienes hacen cine y saben de cine, para cineastas, en sus distintas disciplinas. Es el cine el que al mismo tiempo que es industria también es el registro de la historia del hombre desde el 28 de diciembre de 1895, en París.
Y ahí, a la mitad del foro, Robert de Niro recoge los frutos de una larga siembra. Con su sola presencia el público se pone de pie y lo recibe para halagarlo, para decirle “¡Gracias!” por todo lo que ha dado como actor en su versatilidad y en su intensidad y hondura. De pie todos ellos frente a quien ha sido el legendario Travis Bickle en la inolvidable “Taxi Driver” (1976)…
¿Se acuerdan de aquel monólogo del taxista solitario: “You talkin’ to me? La frase, que es pronunciada por De Niro-Travis en un momento de introspección y desesperación frente a un espejo, se ha convertido en un símbolo de la soledad y el desprecio que el personaje siente hacia la sociedad.
Es De Niro, el mismo actor quien llenó la pantalla en aquella “New York, New York” (1977) o en “Toro salvaje” (1980), “El rey de la comedia” (1983), “Goodfellas” (1990), “Cape Fear” (1991), “Casino” (1995) y tantas más en adelante.
Es el mismo que ha declarado que quienes lo hicieron enamorarse del cine fueron todos los actores de su generación y que: “De niño admiraba a Marlon Brando. Me gustaban Montgomery Clift, James Dean… Laurence Olivier. Los veía en pantalla todo el tiempo. Eso era todo”.
Y que las películas que le cambiaron la vida fueron “Esplendor en la hierba” de Elia Kazan (1961) o “Centauros del desierto” de John Ford (1956), que vio de adolescente. “Yo era muy joven, entonces otro lugar al que solía ir en Nueva York se llamaba ‘The Laugh Movie’, estaba en la calle 42 y todo lo que ponían eran comedias.
Sus estudios primarios fueron muy irregulares, cambiando de escuela con frecuencia. Él mismo muy inconstante en su aprendizaje, aunque como hijo de artistas y por su propia voluntad fue al Instituto de Música y Arte pero no prosperó hasta que a los 16 años descubrió su vocación de actor y es cuando comienza estudios de arte y actuación en el “Stella Adler Studio of Acting” y en “Actors Studio” de Lee Strasberg.
En adelante, relata él mismo en algunas entrevistas, todo era picar piedra. Y lo dicho, a los veinte años conoce a otro estudiante de cine en el área de dirección-: Brian de Palma, con quien establece una gran amistad y quien le apoya para que ingrese a la industria del cine. Y es De Palma quien presenta al joven actor con algunos directores de cine en Hollywood… Y es cuando conoce a otro gran director que convierte a De Niro en el ícono de ocho de sus películas, Martin Scorsese.
De Niro un actor de intensidades y fuerza. El director Francis Ford Coppola había filmado “El Padrino” (1972) con la que ganó el premio de la Academia a la mejor película. Había visto a De Niro en “Malas Calles”. Es cuando le ofrece el papel del joven Victor Corleone en “El Padrino II” (1974), otra joya de la cinematografía mundial. Su actuación en esta película le valió ganar el Oscar al mejor actor de reparto. En adelante su historia como actor sería aún más firme y decidida:
Trabajó con algunos de los directores de cine más destacados en películas como “1900” de Bernardo Bertolucci (1976); de Elia Kazan en “El último magnate” (1976); la película de Michael Cimino “El cazador” (1978), película que recibió el Óscar.
Pero fueron las películas con Martin Scorsese las que le dieron a De Niro una enorme reputación como actor. Con él interpretó de forma magistral a personajes extremadamente oscuros y hasta desagradables. Muchos actores prefieren no hacer este tipo de papeles que causan escozor en el público. De Niro no tenía ningún inconveniente en hacerlos. De hecho, como actor, los sublimaba.
Recibió una nominación al Óscar por su papel del solitario y violento Travis Bickle en “Taxi Driver” (1976) y ganó el Oscar al mejor actor por su interpretación del boxeador Jake La Motta en “Toro Salvaje” (1980). Para su papel de taxista, De Niro pasó semanas conduciendo un taxi en Nueva York antes de rodar la película; engordó más de 23 kilos para interpretar a La Motta.
Es un actor que cala hondo en cada una de sus actuaciones. Un actor que, como todo en la vida, no siempre obtiene triunfos contundentes y filmó películas que fueron fracasos. Pero es en general un artista que aporta al espectador la sensación de que, cuando actúa, uno está viendo la cara del arte, en cada gesto, en cada movimiento, en cada expresión verbal, en cada desplazamiento, en cada diálogo o acción.
Esa noche, al recibir la Palma de Oro, dijo: “El arte es inclusivo. Une a la gente, como esta noche. El arte busca la verdad. El arte abraza la diversidad. Y por eso el arte es una amenaza; una amenaza, en concreto para los autócratas y los fascistas”. Fue un discurso que mereció que el público asistente a Cannes le aplaudiera de pie por más de tres minutos. Con respeto y admiración.