¿A poco no se siente como que se enchina el cuero cuando la bandera es izada ante el triunfo de algún victorioso mexicano en justas deportivas o artísticas o de cualquier otra índole positiva?..
También nos entristece cuando recordamos que esa bandera ha estado en los momentos más dramáticos y trágicos de nuestro peregrinar mexicano.
Ya en la escuela primaria los maestros —entonces y ahora— se esmeran en darnos a conocer la bandera, el escudo y el himno nacional. Y los niños lo disfrutamos.
El blanco la pureza de la religión única; el rojo por los españoles que se asentaban ya en territorio mexicano y el verde por la independencia conseguida. Ese era su significado en aquel momento.
Y aunque ha sufrido modificaciones, fue el 17 de agosto de 1968 cuando se promulgó la Ley sobre características y el uso del Escudo, la Bandera y el Himno Nacionales.
Los trabajadores se encuentran en la zona más baja de la mina, donde persiste la acumulación de agua y jales; implementarán bomba eléctrica para acelerar el rescate en las próximas horas
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Es verdad que la bandera mexicana nos une. Nos hace sentir que somos uno y todos, juntos. Es verdad que los colores verde, blanco y rojo “que en sus colores aloja la patria en flor soberana”, junto con nuestro escudo nacional, nos hacen sentir que tenemos una patria —de padre—, nos hacen sentir que tenemos una nación —de haber nacido aquí—, nos hace sentir que “voy derecho y no me quito…” y nos hace ser cursis, valientes, firmes, orgullosos, dignos, soberanos…
… Como cuando estuvo presente la bandera mexicana en 1990 en el Konserthuset Stockholm la vez que Octavio Paz ganó el Premio Nobel como poeta y ensayista y en su discurso de aceptación, situó al mexicano como “un ser histórico, partícipe de la cultura occidental pero marcado por una experiencia única de mestizaje y búsqueda de identidad en el tiempo…” Y así muchas otras veces.
Siiiii… lo dicho, la cursilería asoma su nariz cuando la bandera ondea feliz en el Zócalo de nuestra capital o en las plazas emblemáticas de estados y municipios, escuelas, y como la izamos el 16 de septiembre de cada año, que es cuando se nos sale hasta por las orejas esa bandera mexicana.
Y no es para menos. Se nos ha inculcado el amor a la patria, a través de la bandera nacional y el escudo y el himno desde los primeros años de nuestra vida; ya en la casa, cuando nuestros padres nos llevaban “en brazos” (no había esas carreolas enemigas del amor filial), para ser parte de las fiestas de Independencia o Revolución y ponían en nuestras chiqui-manos una pequeña bandera de papel para exhibirla como parte de nuestro gusto por ser mexicanos hasta las cachas.
Cada lunes, en la ceremonia de honores a la bandera entonamos el himno nacional mientras alguno de los alumnos, casi siempre del grupo de “los aplicados” (grrr), izan la bandera, y nosotros firmes como soldados, firmes como el número uno, firmes como el árbol de encino y de laurel, con la mano firme puesta en el corazón nos sentimos orgullosos…
Es algo extraño, pero sí nos sentimos contentos al ver ese lábaro, ese escudo en el que una águila con el pie izquierdo puesto sobre un nopal que tiene tunas rojas, el que está sobre un montículo y saliendo de un espejo de agua… todo eso que tiene un significado.
Tan sólo sabíamos que en esa bandera está “la patria en flor soberana” como decía el maestro Tito de sexto. Y sin embargo nos querían demostrar que somos una raza y una cultura única y orgullosa, a la manera de La grandeza mexicana, de Bernardo de Balbuena, o la Suave Patria, de López Velarde.
Es que esa bandera mexicana, con todo y nuestra águila real representan el lugar donde nacimos, el lugar donde nacieron nuestros padres y nuestros abuelos y nuestros tatarabuelos y así para atrás, hasta el infinito, hasta aquel día en que nuestros ancestros iniciaron el camino para poblar estar tierras sin nombre y a la que alguna vez, muchos años después, denominaron México. Con todo y su “X” que es asimismo nuestro orgullo.
Porque es cierto. El escudo nacional tiene orígenes prehispánicos. Los mexicas lo portaban en sus estandartes luego de haber llegado a esta laguna en donde se les permitió asentarse, aunque fuera en el agua, pero en donde encontraron la profecía esperada: el águila que, por cierto, en sus escudos de origen, con diversas insignias, estaba esa águila aunque no referían a una serpiente devorada. Eso vino muchos años después como parte del sueño patrio.
Los estandartes acompañaron a las tribus prehispánicas en tiempos bélicos. Las usaban como escudo de armas, como señal de organización para que los guerreros siguieran el estandarte y no se confundieran y para mostrar a los aliados quiénes eran ellos, al enfrentar al enemigo.
Sobre todo los mexicas, siempre guerreros, portaban esos lábaros: “… si estando revueltos con nuestros enemigos, alguno errase en el tino de su escuadrón, para esto manda Tlacaelel que se lleve una bandera de cada barrio, alta, con las armas del mismo barrio y que tengan todos cuenta de acudir allí tras aquella bandera y señal, y vayan apellidando el barrio de donde es, para que sean conocidos…”
En su Crónica Mexicana, Fernando Alvarado Tezozomoc, dice: “… encima del xacal estaba la divisa de las armas mexicanas con una pañuela pequeña, de papel pintada, naturalmente peña, tunal grande encima y sobre el tunal una águila tenía su corona de papel, doblada muy bien y dorada y pedrería muy rica en torno a ella a la usanza mexicana… relumbraba la plumería, que daba mucho contento…”
A la llegada de Cortés a lo que hoy es México se impuso el pendón que traían los españoles: Un estandarte con la imagen de la Virgen María, coronada de oro y rodeada de doce estrellas también de oro. En su contraparte estaban las armas de Castilla y León.
Ya en plena lucha por la independencia, al iniciar el movimiento Hidalgo tomó de una iglesia en Atotonilco un estandarte con la imagen de la Virgen de Guadalupe. El estandarte lo entregó a uno de sus jefes militares para que lo portaran durante las batallas que llevarían a cabo, como fue.
Este estandarte se perdió en la batalla de Aculco, aunque luego apareció en manos de los realistas quienes lo entregaron al virrey Venegas. Hoy el estandarte está bajo resguardo del gobierno mexicano y con pruebas de su autenticidad.
Hubo más tarde otras insignias. Como la bandera El doliente Hidalgo, elaborada a su muerte. Una bandera horizontal, con fondo rojizo, una cruz negra que la cruza y en el centro una calavera, cruzada por dos tibias, encima de ella la frase “El doliente Hidalgo”. Fue otra bandera insigne. Más tarde Morelos utilizaría una bandera azul y blanca, a cuadros, de forma horizontal y con el águila real al lado izquierdo.
En febrero de 1821 con el fin de la guerra de independencia y la unión de las fuerzas en pugna, se firmó el Plan de Ayala, vino el abrazo de Acatempan entre Iturbide y Guerrero. Surgía entonces la idea de México. Se manda a hacer una bandera que represente esa unión. Son tres barras diagonales con los tres colores que serán emblemáticos a lo largo de la historia: Verde, blanco y rojo, y una estrella dorada en cada color.
En agosto de 1821 se firman los Tratados de Córdoba. Juan O’Donojú, último virrey tiene la consigna de aceptar, ya, la independencia de México. Iturbide entra triunfal a la Ciudad de México el 27 de septiembre, se crea una junta dictaminadora para dar forma al escudo de armas, sello y pabellón imperiales.
Y así: “… el nopal nacido de una peña que sale de la laguna, y sobre él, parada, en el pie izquierdo, una águila con corona imperial. El pabellón nacional y banderas del ejército deberán ser tricolores, adaptándose perpetuamente los colores verde, blanco y encarnado, en fajas verticales y dibujándose en la blanca una águila coronada…”
Digamos que fue el principio. De entonces a la fecha la bandera mexicana ha mantenido los colores y el escudo nacional: Verde, blanco y rojo, y el águila posada en un nopal devorando una serpiente, ya de frente y alada, o de perfil, como es hoy.
Parece mentira, pero esta bandera ha acompañado a los mexicanos desde sus orígenes y nos ha encaminado por la ruta del nacionalismo bien entendido, el patriotismo sin excesos y el amor a México, como país único y grande, enorme y vasto, con problemas a granel, pero también con la esperanza de que el país siga siendo nuestro, el único y cierto, asiento de nuestra vida, de nuestro futuro y de nuestra trascendencia.