Hojas de papel volando / Mujer de luz resplandeciente…
Ocurrió el 25 de marzo de 1911. Se incendio la fábrica Triangle Shirtwaist en Nueva York. Mató a 146 personas, de ellas 123 eran mujeres, costureras, la mayoría jóvenes inmigrantes.
Digamos que esta tragedia se sumaría a las muchas en las que las mujeres trabajadoras vivían en condiciones laborales injustas, desiguales, abusivas…
El 8 de marzo de ese mismo año se llevaron a cabo marchas, mítines, manifestaciones masivas exigiendo derechos laborales. De forma progresiva el movimiento alcanzó lo político y lo económico.
Participaron empleadas, obreras, incluso amas de casa rusas que provocaron revueltas para pedir el fin de la guerra y poder tener alimentos, lo que se conjuntó con la exigencia de justicia laboral. Justicia para la mujer; igualdad.
Pero con estos movimientos y otros anteriores, en el siglo XIX, comenzó el largo camino que habrían de transitar para exigir y conseguir que se les tratara con respeto, dignidad, igualdad, justicia. Hombre y mujer con derechos y responsabilidades similares.
Así que por acuerdo de la Asamblea General de las Naciones Unidas, se declaró a 1975 Año Internacional de la Mujer, y de ahí en adelante cada 8 de marzo.
En su respuesta Sor Juana reivindica el derecho de la mujer a la educación, a la participación en asuntos en los que la condición femenina no es obstáculo para su desempeño, creatividad y crecimiento: “Poner belleza en mis pensamientos y no mis pensamientos en la belleza”.
Ella es mujer de trabajo, esa misma que se conmemora este 8 de marzo en todo el mundo.
Lo son también las obreras de cada día, la joven costurera que cose y cose y cose ropa que nunca será suya, la vendedora eventual de gelatinas, la vendedora de tamales que dan sabor y alimento a gente de trabajo, gente de muy temprano cada día.
Las hay mujeres de la noche. Las que exponen su cuerpo y su alma por ganar el sustento para ellas, para su familia… sus hijos. Mujeres que caminan y caminan sin conocer la meta, el fin, la salida…
Pero también están las de la cordialidad, las de la mano tendida, las de la sonrisa en el trabajo febril y en la ayuda.
Sí, es la mujer trabajadora. Es el homenaje a la mujer que tiene dos dedos de frente, un corazón enorme y una fuerza inimaginable para defenderse cuando hombres quieren aprovecharse de su condición femenina y les exigen lo inexigible.
La mujer. El eterno femenino. El eterno amor que mira a la vida con esa luz que, dijera Navarrete de Oaxaca, con esa luz que hace brillar la cara de los cielos.
















