Análisissábado, 28 de febrero de 2026
En El origen de las especies, de 1859, el científico inglés Charles Darwin sostiene que los seres humanos, los simios y los monos comparten un antepasado común que vivió hace millones de años.
Propone que las especies evolucionan a lo largo del tiempo a partir de ancestros comunes mediante un proceso llamado selección natural. Esta teoría sostiene que los organismos con características hereditarias mejor adaptadas a su entorno tienen más probabilidades de sobrevivir y reproducirse, transmitiendo sus rasgos a las siguientes generaciones. Así que si se confirma la hipótesis darwiniana, entonces los seres humanos tenemos algo de mono o de simio: usted escoja.
En todo caso, el hombre sobresalió porque –según esa teoría científica– desarrolló su capacidad inteligente, su capacidad de razón, pregunta-respuesta y acción para procurar su alimento y elaborar sus instrumentos de vida, hasta nuestros días en los que comemos alimentos gourmet y vestimos ropa de marca (bueno, no todos, otro somos totalmente oferta de dos por uno), o relojes a lo Adán Augusto López.
Así que a lo largo de los siglos el vínculo de los seres humanos con las especies animales es cercano en tanto la convivencia en un solo planeta. Lo vemos en las pinturas rupestres en las que los primitivos dibujaron preferentemente a grandes mamíferos herbívoros y fauna salvaje del Paleolítico, caballos, bisontes, uros (toros salvajes), ciervos, renos y mamuts.
Pero el acercamiento con las especies animales ha desarrollado una enorme cantidad de mitos y de historias que surgen del imaginario colectivo. El hombre comenzó a discernir entre los animales cordiales y los animales enemigos de la especie humana. Así tenemos a los perros cariñosos y amorosos y están, por otro lado, los lobos feroces, con sus fauces sanguinolentas y ojos cargados de amenaza y delirante peligro… Sus enormes colmillos dispuestos a morder y diseccionar…
Por tanto el lobo pasó a ser la especie temida y malvada. Pasó a ser el expulsado de los espacios humanos para sobrevivir aislado en bosques, selvas, llanuras inhóspitas y con sed de venganza…
Y de ahí el mito del “hombre lobo”. Licántropo. Ese ser detestable por el ser humano, pero temido al mismo tiempo. Del “hombre lobo” se han creado infinidad de historias, leyendas, mitos, historias… todas ellas temibles e improbables al mismo tiempo, pero permanentes en el imaginario colectivo en todo el mundo… Y se le presenta aullando desesperado y solitario en una colina a la luz de la luna llena.
En la Epopeya de Gilgamesh, que recuerda al rey Uruk de Mesopotamia, redactada en diversas versiones aunque la más conocida es la del escriba Sin-Liqe-Unnini, en el año 1100 a. C., se menciona como Ishtar transformó en lobo a uno de sus amantes. Esta es, digamos, la primera mención a la existencia de un hombre convertido en lobo, aunque aún sin las actitudes malévolas que más tarde se le fueron atribuyendo.
Pero es eso. A través de los siglos muchas versiones se han vertido sobre este personaje mítico, cuya existencia aterra a comunidades y a seres humanos, aunque pocos puedan certificar su existencia real. Algunos estudiosos del tema han dado la versión de que la licantropía no constituye una manifestación diabólica, sino el resultado de una perturbación mental.
Según la Real Academia de la Lengua, la licantropía en la creencia popular es la transformación de una persona en lobo, o bien es un trastorno mental en que el enfermo se cree transformado en lobo e imita su comportamiento.
Pero también, a lo largo de los años y sobre todo bajo el influjo de corrientes religiosas, a la licantropía se le asocia con actos de brujería, sobre todo una vez instituida la Santa Inquisición en el siglo XV.
Así que al “hombre lobo” se le comenzó a asociar con brujas, hechiceros, chamanes, maldiciones… Surgía la idea del hombre que durante los días es un ser humano normal pero que debido a subterfugios se convierte en licántropo durante la noche de luna llena, cuando hace sus tropelías para retomar su forma normal en cuanto sale el sol.
El mito o leyenda surgió en Europa y recorrió aquel continente por siglos, y aun en fechas recientes, todo estimulado por el imaginario colectivo y alimentado a través de películas, obras de teatro o literatura y pintura en las que se le expone como el terrorífico hombre transformado generador de muerte y sangre, lo que genera pavor adicional.
(En La Metamorfosis (1915) de Franz Kafka se nos presenta a su personaje Gregorio Samsa, quien una mañana, de forma sorpresiva y absurda, se convierte en un ‘monstruoso insecto, un escarabajo. Aunque en este caso es un efecto no biológico, sino metafórico, existencial y social.)
En México existe el Nahual. En la cosmovisión mexicana es un ser humano que puede transformarse en animal. Es de origen prehispánico. Nahualli viene del náhuatl y quiere decir “oculto”, representa una figura ambivalente que combina la magia, el chamanismo y el folclore. Es un brujo que transita entre el mundo natural y el sobrenatural.
En Oaxaca se sabe del Nahual como un hombre común y corriente que de forma oculta hace actos de brujería y que en las noches de luna llena se convierte en coyote –en los Valles Centrales no hay lobos–. Otras leyendas, allá mismo, refieren a que ese hombre se convierte en una enorme serpiente durante las noches de luna llena. Esa transformación es parte de sus poderes sobrenaturales pero también es un castigo divino. Aquí se asocia esa licantropía con la maldad en contraposición con la bondad del hombre.
En todo caso el Nahual es parte de la mitología mexicana. Ya se le tome en serio, en broma e, incluso en la música, como ocurre en El perro negro, de Café Tacuba: “Por la calle, una sombra, se dibuja el eco frio donde va, ese perro, perro negro, entre el humo que aparece por el bar. No se encuentra, con la parca, porque se hizo un trato para gobernar, ese perro apareciera, ese perro apareciera de Nahual.”
Cosa diferente ocurre en el poema de Rubén Darío, en cuyo argumento San Francisco de Asís rescata de la ferocidad al lobo que asola a la población. Lo lleva a vivir en comunidad. Le pide que deje de hacer sus tropelías y sus desmanes que aterrorizan a todos. Si. Pero no. Al final de cuentas esos seres humanos son los malos; maltratan al animal, lo apalean, lo desafían… y ese lobo que quiso ser bueno regresa a su morada original:
“… Me apalearon y me echaron fuera. Y su risa fue como un agua hirviente, y entre mis entrañas revivió la fiera, y me sentí lobo malo de repente; más siempre mejor que esa mala gente (…) Déjame en el monte, déjame en el risco, déjame existir en mi libertad, vete a tu convento, hermano Francisco, sigue tu camino y tu santidad.”
Así, la cercanía o incluso asociación del hombre con los animales es frecuente en la mitología y fantasía humana. Casi siempre temerosa de esa maldad y crueldad. Pero queda claro que las especies son distintas y cada una de ellas cumple una función específica en su naturaleza, ya animal o ya humana. Cosas diferentes siempre.
Y todo este recorrido musical-poético-licántropo-hombre-animal-lobo, escarabajo, serpiente, viene al caso porque de pronto aparece en el entorno juvenil de hoy una nueva moda o forma de llamar la atención, como son los Therians. (Thēríon, griego: “bestia” o “animal salvaje”)
Su presencia viene de los años 90 en foros de internet, aunque hoy mismo se ha retomado la idea y se ha fortalecido a través de plataformas como Tik Tok, con enorme impulso en Argentina, Perú y México.
Son jóvenes que dicen identificarse con algún animal de su preferencia (casi siempre lobos, perros, zorros…) “por razones de autoexpresión –dicen–, búsqueda de identidad personal, espiritualidad o un sentimiento de no encajar en la concepción tradicional de la humanidad.”
Y se disfrazan de su animal preferido, y actúan como el propio animal. Claro, están en su derecho. Es su libertad.
Aunque, sin duda es una extraña forma de expresión y de búsqueda de identidad que aumenta cada día, pero que tiene una detente, la mismísima naturaleza humana, el desarrollo personal, las alternativas diarias de vida y el futuro que nada tiene que ver con lo animal y sí mucho con lo humano.
El amor. El sexo. La libertad. La vida en sociedad y su propio sentido humano… La moda Therians, no es mito, ni leyenda y durará “lo que duran dos peces de hielo en un whisky on de rocks”.