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Análisisdomingo, 15 de marzo de 2026

La invención del amor

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A Iñaki y Amaya

Hay palabras que parecen tan antiguas como el fuego y, sin embargo, cada generación debe volver a inventarlas. Amor es una de ellas. La pronunciamos con una familiaridad que es casi un gesto reflejo, pero su significado cambia con el tiempo, con las formas de vida, con los miedos de cada época.

El amor, que suele presentarse como lo más íntimo, es también uno de los fenómenos más profundamente sociales. En él se cruzan la historia, el poder, la economía, la educación sentimental de una época y hasta las tecnologías que median nuestros encuentros.

El amor no es sólo un sentimiento privado; tiene una dimensión casi política. Dos personas que se reconocen libremente alteran el orden de lo dado.

Amar en el siglo XXI implica navegar entre deseos auténticos y guiones sociales.

En ese escenario aparece otro fenómeno curioso: el miedo a la cursilería. La cultura contemporánea teme el sentimentalismo. Expresar ternura sin ironía parece ingenuo. Muchos prefieren protegerse detrás del humor, del sarcasmo o del desapego.

Pero el amor, cuando ocurre, siempre atraviesa esa defensa.

Tal vez por eso sigue siendo necesario hablar de él. No porque el amor resuelva los problemas del mundo —no lo hace— sino porque revela algo esencial sobre cómo imaginamos la convivencia humana.

Una sociedad que teme amar es una sociedad que teme confiar. Y una sociedad sin confianza termina por fragmentarse.

El amor parece una experiencia privada, casi secreta. Sin embargo, en él se reflejan las tensiones más profundas de una sociedad: el deseo de libertad, el miedo a la dependencia, la búsqueda de sentido en medio de un mundo incierto.

Hablar de amor, entonces, no es un gesto sentimental. Es una forma de pensar la historia.

Las opiniones vertidas en este artículo son responsabilidad de quien las emite y no de esta casa editorial. Aquí se respeta la libertad de expresión

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