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Por el bien de todos, es un imperativo aceptar que la brecha digital en nuestro país evidencia que el porcentaje de audiencias marginadas de su derecho a estar informadas —debido a su falta de acceso a medios públicos y redes sociales— es aún demasiado grande. Más de la mitad de los hogares mexicanos vive en la sombra informativa, a expensas de medios corporativos y comerciales que dominan con más del 90% del share del espectro comunicacional en radio y televisión abierta.
En la narrativa oficial, la “mañanera” se ha erigido como el pilar de la comunicación directa entre la Presidenta y el pueblo. Se posiciona como el espacio de rendición de cuentas y transparencia. Y lo es, pero solo para una parte de la población. Desde su instalación en la época en que el presidente Andrés Manuel López Obrador era Jefe de Gobierno, se logró un nivel de eficacia comunicativa gubernamental que, aunque no esté al alcance de más de la mitad de los mexicanos, sigue siendo relevante frente a la dominancia narrativa de la derecha, difundida a través de medios abiertos y corporativos con casi el 100% de alcance nacional.
Sin embargo, para la mayoría de los mexicanos, este diálogo entre gobierno y gobernados es inaccesible. Las cifras oficiales son contundentes: solo el 43% de los hogares en México cuenta con acceso fijo a internet. Más de la mitad de las familias —las que habitan en comunidades rurales, zonas marginadas o sobreviven con economías de subsistencia— quedan automáticamente excluidas del canal principal de transmisión de las conferencias matutinas.
Para ellas, la opción es el internet móvil, una solución insuficiente y onerosa. El consumo de datos necesario para seguir una transmisión de casi dos horas representa un costo prohibitivo. ¿Debe un ciudadano elegir entre estar informado por su gobierno y completar la despensa? Esta no es una pregunta retórica; es la disyuntiva diaria para millones de personas.
Ante este muro digital, podría argüirse que existen las opciones de televisión abierta. Pero ahí otro dato que revela la magnitud del problema: la televisión y radio abiertas está dominada por el oligopolio comunicacional. Los medios públicos y el Canal 11 apenas abarca menos del.10% del share de audiencia total. Una cifra marginal que evidencia la nula penetración de los medios públicos en el imaginario colectivo. No se trata de una elección del ciudadano, sino de una ausencia estructural de cobertura y una falta de sintonía con los intereses y hábitos reales de la población.
La suma es simple, pero sus implicaciones son graves: internet inaccesible para más de la mitad de los hogares y una señal de televisión pública que llega a una fracción mínima de la audiencia. El resultado es que la “mañanera del pueblo” no es, en absoluto, para el pueblo en su conjunto. Es un espacio restringido a quienes tienen la conectividad y los medios para acceder, lo que crea una asimetría informativa que hiere el principio de igualdad.
El problema, lejos de ser un detalle técnico, es de una gravedad democrática profunda. Si la comunicación gubernamental más importante del día no logra traspasar las barreras de la brecha digital y la baja audiencia de sus propios canales, ¿cómo puede hablarse de transparencia y rendición de cuentas efectivas? La información, aunque no lo queramos, se convierte en un privilegio de clase, un lujo para quienes están del lado correcto de la línea digital.
Es imperativo, por tanto, que la Presidencia de la República tome nota de esta realidad. No basta con abrir el micrófono si no se aseguran los altavoces. La voluntad de informar debe acompañarse de una estrategia realista e incluyente que garantice que el mensaje llegue a todos los rincones del país, no solo a los conectados. De lo contrario, la “mañanera” corre el riesgo de ser, más que la voz del pueblo, un eco en una burbuja que se aleja cada día más de la compleja y diversa realidad mexicana. La otra mitad de México espera ser escuchada, pero primero, necesita poder oír.