En algunos rincones de internet —los mismos donde se discuten reglas rígidas de masculinidad— existe incluso un ranking para las mujeres. La manosfera lo llama high value woman: la mujer considerada digna de matrimonio, estabilidad y respetabilidad.
Me pregunto si algo de eso está ocurriendo con Belinda y Emma Watson frente a los ojos de todos.
En vísperas del 8M encontré un comentario que ilustra perfectamente esta lógica de jerarquías femeninas: el conductor Hugo Maldonado —quien aparece con Martha Figueroa en Así se hacen los chismes— dijo que el empresario mexicano Gonzalo Hevia Baillères “avanzó como 17 niveles” al salir con la protagonista de Harry Potter, después de haber terminado su relación con la princesa del pop en México.
El chisme con Beli ya venía marcado por el escándalo con Cristian Nodal, Ángela Aguilar y la cantante argentina Cazzu, una historia que también daría para el mismo análisis. Al final, Nodal terminó casándose con la imagen clásica de la “niña de familia”, en una boda donde incluso el padre la entregó en el altar.
La canción para Nodal llegará algún día, pero mientras tanto, conviene revisar cada frase de “Heterocromía” para entender por qué terminaron Beli y Gonzalo… y tal vez advertirle a Emma Watson que —¡aguas!— tenga cuidado.
Se ha especulado que Hevia Baillères habría filtrado las fotos de su supuesto noviazgo con Watson como respuesta a Beli por la canción “Heterocromía” que hace referencia a su ruptura con el heredero de El Palacio de Hierro: “Tú eres old money, te dicen “Bunny” / Y tu palacio me lo paso por el booty”.
La alusión más evidente es a la condición genética del exnovio de Belinda por tener los iris de distinto color, lo que se conoce como heterocromía. Y la indirecta es todo menos sutil: “Después de esta canción / Vas a querer tener (ambos) ojos del mismo color / cabrón”.
En 2025, la letra no recibió tanta atención, a pesar de que incluso hace referencia a la sustancia conocida como GHB, a veces llamada “éxtasis líquido”: “¿Qué sería de ti sin tu GHB?”. La canción se viralizó más bien porque incluía un fragmento de “Los Aristogatos”, que en grabaciones posteriores se retiró para evitar que Disney absorbiera la mayor parte de las regalías.
Shakira lo hizo con “BZRP Music Sessions #53”. Miley Cyrus con “Flowers”. Y ambas canciones tienen algo en común: detrás del éxito global hay una ruptura muy pública.
Las razones fueron distintas. En el caso de Shakira, la infidelidad de Gerard Piqué con Clara Chía. En el de Cyrus, el final de su matrimonio con Liam Hemsworth. Pero ambas canciones dejaron a sus “ex” con una especie de letra escarlata.
No sé si se trata de feminismo pop, de empoderamiento o simplemente de catarsis con millones de reproducciones. Lo cierto es que, mientras las canciones se vuelven virales, los “ex” suelen reconstruir su vida amorosa con un perfil muy específico.
Piqué terminó con una joven discreta de familia acomodada. Hemsworth con la modelo australiana Gabriella Brooks.
Rankear a las mujeres también es machismo
Comparar a Belinda y a Emma sólo remite a un pésimo guión cultural: cambiar a una mujer indómita por otra que encaje mejor en el molde de la respetabilidad. Si Hevia Baillères lo hizo de manera premeditada, habla muy mal de él y de quienes alimentan ese tipo de jerarquías.
En realidad, no tendría por qué haber “más” o “menos” nivel entre una artista latinoamericana del pop —por cierto, muy exitosa— y una actriz conocida internacionalmente como activista e intelectual. Las dos tienen el mismo valor. Son personas.
Ojalá Emma Watson sea muy feliz si decide seguir con Gonzalo Hevia Baillères. Y si no, tampoco pasa nada. En realidad, a la mayoría de nosotros ni nos afecta ni nos corresponde opinar sobre la vida privada de personas que viven en otro universo mediático.
Lo preocupante no es el destino amoroso de las celebridades, sino los guiones culturales que estas historias refuerzan. Esa idea de que los hombres “suben de nivel” dependiendo de la mujer con la que salen, o que unas mujeres valen más que otras según su perfil social.
Si algo vale la pena cuestionar —sobre todo en vísperas del 8M— es ese ranking invisible con el que todavía se califica a las mujeres, porque las nuevas generaciones también aprenden de estas narrativas virales. Y quizá la tarea no sea repetirlas, sino enseñarles a reconocerlas y desmontarlas.