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La preocupación por Occidente no es nueva: a finales del siglo XIX, el filósofo alemán Oswald Spengler, siguiendo la visión cíclica de Giambattista Vico, sistematizó una poderosa y visionaria línea de interpretación, no exenta de realismo pesimista, desde la cual la cultura “fáustica” entró a su fase final.
Ocaso evidente desde el momento en que ya no vivía un pueblo en la “urbe mundial”, sino una masa que no comprendía ni creía en las tradiciones occidentales, de ahí su ataque a éstas y a la cultura en pleno. Su recomendación: analizar este proceso desde una perspectiva intemporal para comprender lo que significaba esa “gran crisis actual” que se vivía en aquel ya lejano 1912.
Planteamientos cuyo impacto influirá más tarde en intelectuales como el historiador británico Arnold J. Toynbee quien, tras revisar 26 civilizaciones en su auge y caída en “Estudios de la historia” (1934-1961), concluye que el declive se produjo ante todo por la “pérdida de la espiritualidad” y el surgimiento de tiranías en manos de minorías despóticas incapacitadas para responder a los desafíos futuros (challenge and response), como en el caso de la substitución de las “religiones superiores” (cristianismo, judaísmo, budismo) por el culto de las masas hacia la deificación del Estado a través del nacionalismo (nazismo, fascismo, stalinismo).
Medio siglo después, Samuel Huntington publica en 1993 el artículo “El choque de las civilizaciones”, decantándose hacia un elemento por demás revelador: la identidad cultural. Concepto de orden geopolítico que lo conduce a interpretar que todo choque civilizatorio es, en el fondo, un choque de identidades culturales, cuya expresión más amplia es la civilización. Así, cuando la identidad cultural se convierte en factor dominante de la política mundial, para Occidente implica un enfrentamiento creciente con las civilizaciones no occidentales al rechazar éstas de manera frontal sus ideales y valores. Los conflictos entonces por venir se focalizan en “las líneas de separación” entre las distintas civilizaciones, “líneas sangrientas” de fractura intercivilizatoria, que se vuelven fronteras de batalla del futuro.
Por otra parte, Huntington se aproxima a Toynbee y sostiene que el fundamento de las grandes civilizaciones son las grandes religiones; cree que todo auge civilizatorio ha ido a la par de uno religioso, pudiendo provocar el declive de uno el del otro. Además, observa que hay una tendencia clara: el mundo se está haciendo “más moderno y menos occidental”, en la medida que aquello que es universal para Occidente, para el resto del mundo es imperialismo, provocando que Occidente esté perdiendo terreno: material, humano y, sobre todo, religioso e ideológicamente desde hace más de un siglo, tal y como lo advirtió el propio Nietzsche y, más tarde, Spengler y Toynbee.
Y es que Occidente no sólo ha visto reducida su demografía originaria; en su interior se ha producido un profundo proceso de suplantación de su identidad cultural, paralela a un exceso de “universalismo ideológico”, que ha desembocado en un conveniente y cómodo relativismo altamente riesgoso, al ser puerta por la que han ingresado emisarios provenientes de otras identidades culturales que han transitado desde una “tímida” presencia hasta una violenta y dictatorial imposición. Fenómeno que ha contribuido a agudizar la actual convulsión civilizatoria, siendo su tensión más compleja la existente entre las civilizaciones occidental e islámica, sobre todo en su vertiente más radical.
Ahora bien, iniciamos reflexionando sobre el concepto “cultura”, pero ¿qué es civilización? Más allá de su connotación jurídica histórico-romana -que nos puede remitir a todo lo vinculado con una ciudad y con su vida ciudadana-, recientemente hubo un filósofo británico que ahondó en el tema: Sir Roger Scruton. Para él, una civilización es un todo integral, una forma de conexión interpersonal a través del idioma, costumbres y vida cotidiana, comprendido su desarrollo artístico y concepción de belleza.
Una integralidad que, en el caso de Occidente, se encuentra afincada en la cosmovisión grecorromana, en la religiosidad judeo-cristiana, en la caleidoscópica cultura medieval y renacentista. Una civilización que, lejos de estar anquilosada, desde su óptica es la que ofrece una mayor posibilidad de redescubrimiento y expansión al ser el hombre su centro esencial de estudio.
¿Dónde entonces encontrar la debilidad de Occidente de acuerdo con Scruton? El británico es demoledor, prácticamente en su seno mismo: en el enfoque de una “izquierda” totalitaria y de unas élites “progresistas” que terminaron dinamitando a su propia cultura y corrompiendo a su propia identidad y, al deslegitimar los valores occidentales -apoyándose en el adoctrinamiento escolar, neocensura y deconstrucción intelectual-, han terminado por pulverizar las instituciones tradicionales que garantizaban y tutelaban la secular libertad individual y social, pavimentando el camino hacia el derrumbe de su propia civilización.