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Esta edición incluye un mapa de los pensamientos de sus protagonistas / Foto: Cortesía/Cátedra
En una entrevista grabada en 1977 para el programa de la televisión española “A fondo”, el escritor Juan Rulfo —de quien se cumplieron 40 años de fallecido el pasado 7 de enero— fue cuestionado sobre su obra maestra “Pedro Páramo” (1955). El entrevistador afirmó que la obra del jalisciense era de una ambiciosa complejidad narrativa al grado que se podría calificar como “casi un planteamiento maquiavélico”.
A esto, Rulfo contestó sin dudar: “Sí. Está roto el tiempo y el espacio. Y es que se trabajó con muertos”. Entonces el autor hizo una pausa para luego dibujar una sonrisa orgullosa: “Eso facilitó el no poderlos ubicar en ningún momento sino poderles dar esos traslados: hacerlos desaparecer en el momento preciso y hacerlos aparecer después”.
De este modo la novela, desde su publicación hasta nuestros días ha llamado la atención por su ambigüedad que principalmente se debe a su marcada fragmentación, la cual representa un reto para los lectores que por primera vez se acercan a la novela.
¿Pero por qué sucede así, si el argumento del libro es en apariencia sencillo? “Juan Preciado” regresa Comala para buscar a su padre “Un tal Pedro Páramo”, para luego caer en la desesperación y el miedo. Aquí valdría hacer un “spoiler alert” para aquellos que gusten experiencias literarias “extremas”.
Una vez hecha la advertencia, seguimos. Según el investigador José Carlos González Boixo, editor de la edición de “Pedro Páramo” para el sello Cátedra, esto se puede entender en parte si uno se detiene a estudiar de forma literal cómo está escrita, y trasmina “la frontera entre la vida y la muerte”.
“Lo menos relevante es que el lector se encuentre con personajes muertos que actúan como si estuvieran vivos —desde la época clásica la literatura ha recreado el mundo de la muerte—, sino que lo que le inquieta es la dificultad para situar a los personajes a un lado u otro de la frontera”, la cual, a decir del investigador, hace al lector identificarse con la desesperación de “Juan Preciado” al no saber quién está vivo y quién está muerto.
González Boixo apunta que el libro no se divide en capítulos sino en fragmentos, los cuales en total son 69, en los que las historias se entrelazan con constantes saltos cronológicos. Estos se dividen en dos grandes niveles que el lector intuye conforme avanza la novela dividida en también en dos partes: A. Fragmentos del diálogo entre “Juan Preciado” y sus interlocutores y B. Fragmentos de la historia de “Pedro Páramo”.
El nivel A, aunque lineal en principio, permite a “Juan Preciado” y al lector obtener información de “Pedro Páramo” y su tiempo a través de diálogos y monólogos, pero no de forma cronológica. El nivel B, También desajustado cronológicamente se divide en “unidades”, que narran momentos cruciales de los tiempos de “Pedro Páramo”, como su niñez y la muerte de su hijo ilegítimo, pero reconocido: “Miguel Páramo”.
Además de esto, según G. Boixo, Rulfo recurrió a “interpolaciones”, que son inserciones de pensamientos y recuerdos de personajes específicos de los cuales identificó tres: El más evidente es el de la mente de “Juan Preciado” que aparece en cursivas, pero también están los propios pensamientos de “Pedro Páramo” y de “Susana San Juan”, el amor imposible de “Pedro”.
No avanzamos más porque el estudio hecho por González Boixo es amplio y detallado, al grado que ofrece un pequeño mapa visual de los fragmentos, señalados por unidad y niveles narrativos; así como la señalación precisa de algunas “interpolaciones” que hay en el texto y otros análisis interpretativos igual de iluminadores. En definitiva, una cartografía indispensable y útil para quien busca entrar a Comala sin morir más de la cuenta en el intento.