Jonathan Minila reúne en los cuentos de su libro reciente, “Breve interrupción del diluvio”, historias de un terror cotidiano que a veces no percibimos
Desde París hasta el Estadio Azteca, colectivos, artistas y activistas han convertido el arte urbano, las intervenciones simbólicas y los actos públicos en una forma de crítica contra los costos sociales, ambientales y territoriales que dejan los Mundiales
Durante milenios la humanidad ha mirado al cielo fascinada por la Luna y el universo más allá de ella, lo que dio lugar a un sinfín de obras de arte al respecto
El libro reseña el surgimiento de este género a mediados de los 50 / Cortesía: Taurus
Recientemente el dueto argentino Ca7riel & Paco Amoroso lanzó su nuevo álbum “PAPOTA”. Sus notas resonaron rápidamente en redes sociales, tiktokers y youtubers destacaron su crítica a la industria musical contemporánea que burdamente trata de moldear artistas para convertirlos en modelos mainstream.
El álbum llegó acompañado de un cortometraje en el que, en clave de sátira, narran su ascenso tras el éxito internacional de su presentación trap-hopera-jazzera-experimental-popera-latinoamericana en una emisión del Tiny Desk de la NPR (National Public Radio, de Estados Unidos), programa de gran proyección mundial, hoy equiparable o mayor a lo que fueron en su momento los Unplugged de MTV.
Spoiler Alert. En el video los músicos argentinos son seducidos por un productor cazador de talentos que les promete convertirlos en los nuevos ganadores de premios latinoamericanos de música en Estados Unidos, a cambio de que hablen inglés, tengan unos cuerpos de físicoculturistas, prohibiéndoles su capacidad creativa y libertad como personas.
Este modelo de negocio no es nuevo. De hecho, fue el origen de la música pop, la cual se dice surgió en Detroit, durante la segunda mitad de la década de los 50 del siglo pasado, según documenta el sociólogo francés Frédéric Martel en su libro “Cultura Mainstream. Cómo nacen los fenómenos de masas” (Taurus, 2010).
Ahí se lee que uno de sus creadores fue el productor Berry Gordy (1998) quien se inició en el negocio de la música queriendo abrir una pequeña tienda de jazz, justo en el momento en el que los jóvenes negros de Detroit ya no estaban escuchando tanto ese género sino el rhythm and blues, de Elvis Presley.
Gordy creó la casa discográfica Motown, que coincidió con un cambio en la forma de composición, negociación y distribución de la música y separó la composición de la ejecución de canciones. Mientras se creaba una fábrica de letristas y compositores en serie, los productores “creaban” a los artistas negros que las interpretarían.
Aquí hay un punto que al sociólogo Martel le resulta significativo: se trata de música hecha por la comunidad afroamericana para gusto de los blancos. El éxito de Motown terminó por moldear tantos artistas para gusto de otros, que los mismos artistas comenzaron a preguntarse qué tan auténticos e identitarios eran.
Gordy ayudó a impulsar las carreras de pioneros del pop, como Marvin Gaye, Stevie Wonder y los Jackson Five, antes de que se llamara así. Motown fue tan exitosa que para 1970 se había convertido en el único sello independiente en tener más de 100 títulos en los éxitos de la revista “Billboard”, que el año pasado cumplió medio siglo.
Sólo 20 años duró esa gloria musical; los motines de la comunidad afroamericana hicieron huir a un gran número de los blancos de aquella zona, hasta la fecha considerada “de peligro”. De esa disgregación surgieron diásporas y cruces, uno de ellos, documenta Martel, fue el álbum “Of the wall”, que Michael Jackson coescribió con Stevie Wonder y Paul McCartney, producido por Quincy Jones, quien declaró que fue ahí donde surgió la música pop, en un momento de mucha mayor libertad de creación e interpretación, con la autonomía de los artistas que a su vez cantaban.